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histonotas

domingo, 18 de septiembre de 2011

CONSTANTINO Y JULIANO – DEL CRISTIANISMO AL PAGANISMO Y VUELTA



Todos conocemos cómo fue el nacimiento del cristianismo. La Pasión, la Ascensión, la dispersión de los discípulos, y sobre todo Pablo con su enorme labor organizativa y catequística. Inevitablemente, la prédica tenía que llegar a Roma, la Nueva York de la época. Allí terminaron (y murieron, según la tradición) san Pedro y san Pablo. Ya en los tiempos de Nerón, es decir treinta años después de la muerte de Jesús, existían grupos de cristianos en Roma, tanto es así que Nerón hizo condenar y supliciar a cierto número de cristianos por el incendio de Roma con el solo objeto de desviar las sospechas de la gente contra su propia persona. Fue la suya una maniobra de diversión que no se apoyaba en ningún resentimiento serio del pueblo y del Estado contra aquella comunidad religiosa que, por lo demás, era de las más pacificas y poco conocidas y que, como todas las demás, gozaba en Roma de amplia tolerancia


Los conflictos comenzaron cuando se incrementó el número de cristianos y los romanos comenzaron a notar su presencia. Como una medida para ellos lógica, las autoridades exigieron que los cristianos adoraran a los emperadores endiosados, cosa a lo que éstos se negaron con horror. Esto los colocó al margen de la ciudadanía y prácticamente considerados como subversivos. Los ciudadanos empezaron a sentir desconfianzas que hábiles propagandistas explotaban debidamente, como más tarde se ha hecho contra los judíos. Se empezó a decir que hacían exorcismos y magias, que bebían sangre romana, que veneraban a un asno, que traían mal de ojo. Profesar la nueva fe se convirtió en delito capital. Por el año 200 comenzaron las persecuciones en serio, y se hicieron sistemáticas durante todo ese siglo. Por supuesto, los cristianos contraatacaron a través de sus predicadores, calificando a Roma de nueva Babilonia y negando la autoridad del Cesar.
Semejante enfrentamiento dio fuerza a los cristianos, multiplicó su número y los prestigió por su valor y costumbres rectas y honradas.

Así llegamos a comienzos del siglo IV. La desorganización del imperio era tal que llegaron a existir siete emperadores simultáneos, cada uno con un adjunto. Para no complicarlos con este galimatías, diremos que Flavio Valerio Aurelio Constantino, por supuesto al frente de su ejército, fue eliminando por el combate, el simple asesinato o la suerte a toda esa maraña de emperadores y se vio como único dueño del imperio. Su mando duró 31 años, los que aprovechó para ordenar el caos existente. Entre otras cosas, trasladó la capital del imperio de Roma a Bizancio, a la que llamó Nueva Roma (qué original) y que más tarde se llamó Constantinopla (más originalidad). Aparte de su obra como gobernante, lo que nos interesa es su simpatía por el cristianismo.

No sabemos exactamente a qué se debió su convencimiento. Se aduce que su madre era cristiana, aunque los historiadores religiosos relatan un pintoresco episodio. Se dice que antes de una de sus batallas por la conquista del imperio frente a Majencio, su oponente de turno, vio en el cielo una cruz frente al sol. Tras esto, tuvo un sueño en el que se le ordenaba poner un nuevo símbolo en su estandarte, con la inscripción «In hoc signo vinces» («Con
este signo vencerás»). Mandándolo pintar de inmediato en los escudos de su ejército, venció a Majencio. Agradecido por la carnicería producida con la ayuda de la cruz, Constantino comenzó a mirar con buenos ojos esto del cristianismo. No se bautizó, sin embargo, hasta su lecho de muerte, y llevó una vida bastante poco cristiana. Por ejemplo, no dudó en asesinar a su mujer y a su hijo por una cuestión de celos pero, cosa fundamental, levantó las interdicciones que trababan a los cristianos, y a través del edicto de Milán declaró al cristianismo religión lícita, con lo que restablecía a los seguidores en sus derechos de ciudadanos. Ahora llegó el turno para los cristianos de saciar su resentimiento de larga data. De perseguidos pasaron a perseguidores, dándose casos de verdadera ferocidad.

No contento con eso, Constantino se entremetió en asuntos de la incipiente iglesia católica, de los que no entendía un pito, aunque convocó y supervisó un concilio en Nicea, donde prácticamente se definió la esencia y los
dogmas de la religión católica como hoy la conocemos. Hacía falta, porque las herejías hacían estragos.

A su muerte se produjo el consiguiente caos sucesorio. Aunque los aspirantes a emperadores eran ahora católicos, no tuvieron escrúpulos en asesinarse empeñosamente y en cantidad, no respetando a familias ni parientes. De este desastre quedó como único sobreviviente Flavio Claudio Juliano, que asumió como Juliano. Había tenido una juventud retirada (por eso se salvó de la degollina), dedicándose a los estudios de filosofía griega y aficionándose grandemente a los poetas clásicos. Parece ser que era en general una buena persona, mesurado y libre de los acostumbrados arrebatos de crueldad. Un filósofo, en suma.

Probablemente impactado por los asesinatos mafiosos cometidos por sus cristianos parientes, e influido por los ideales clásicos, le tomó ojeriza no tanto al cristianismo como a los cristianos, viéndolos fanáticos, sectarios y violentos. Volvió a desposeerlos de sus derechos, los combatió por medio de persecuciones (incruentas, eso sí), les quitó los subsidios que había otorgado Constantino; en una palabra les hizo la vida imposible. El error de Juliano fue el de querer dar marcha atrás al reloj de la historia. Los cristianos ya estaban suficientemente
consolidados y organizados, en parte gracias a Constantino, como para soportar sin grandes problemas estos ataques.

Un ejemplo de la relativa impotencia de Juliano lo constituyó su intento de reconstruir el templo de Salomón en Jerusalén. El templo había sido construido por Salomón y destruido por el romano Tito en el año 70 DC. Sus ruinas constituían un objeto de veneración para los judíos, y Jesús había profetizado que no quedaría piedra sobre piedra del templo y no se levantaría jamás. Tanto como para burlarse de los cristianos desautorizando las palabras de Jesús, Juliano ordenó reconstruir el templo.

Y aquí comienzan las fábulas: según el historiador pagano Amiano Marcelino terribles bolas de fuego salieron de las proximidades de los cimientos y quemaron a los obreros; según el cristiano Ambrosio, aquellos que estaban quitando los escombros entre los restos del templo fueron quemados por un fuego divino. Cien años más tarde, el también cristiano Teodoreto menciona el fuego que salió de los cimientos y que quemó a los obreros, pero no se contenta con esto, y habla también de la tierra retirada durante el día que volvía a su lugar por sí misma durante la noche, de vientos violentos y de un gran terremoto que precedió a la salida del fuego de la tierra, de la caída de un pórtico bajo el cual algunos trabajadores estaban durmiendo y de la aparición en el cielo de una cruz luminosa y de cruces negras en los vestidos de los judíos. Aquí presumo la mano “piadosa” de algunos interpoladores.

Por supuesto, Juliano desistió de sus proyectos edilicios y se dedicó a lo que sabía hacer: la guerra. Partió contra los persas y le iba bastante bien hasta que un día de mucho calor se le ocurrió la peregrina idea de sacarse la coraza. Prontamente fue alcanzado en la espalda por la jabalina de un soldado al servicio de los persas. La tradición histórica posterior no tuvo inconveniente en aceptar la versión de que el soldado que dio muerte al Emperador era cristiano.

Y así murió Juliano, con el hígado atravesado. Por supuesto, los “historiadores” posteriores echaron a rodar la leyenda de que, antes de morir, Juliano arrancó la lanza de su cuerpo y la arrojó hacia el cielo, exclamando “¡Venciste, galileo!” Ya esto pasa de increíble y roza lo ridículo.

Posteriormente a Juliano se retomó el apoyo a los cristianos, hasta que el emperador Teodosio, en el año 380, declaró al cristianismo católico la única religión imperial legítima.

Como la historia la escriben los vencedores, a Constantino y a Teodoro se le otorgó el título de “el grande” y a Juliano el de “el apóstata” y así pasaron a la posteridad.

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martes, 30 de agosto de 2011

LOCUSTA – VENENOS AL SERVICIO DEL ESTADO


Este personaje casi desconocido se presentó por casualidad como tema de mis relatos. Por una asociación de ideas me vino sólo el nombre a mi memoria, con la sensación de que encerraba una historia curiosa, aunque no podía precisar sus andanzas. Recurrí infructuosamente a la enciclopedia Larousse y terminé cayendo en Internet, como en tantos otros casos. No me defraudó. Tuve que expurgar todo lo evidentemente inverosímil y añadido yendo a los historiadores más o menos contemporáneos y aquí está, doña Locusta la envenenadora.

Claudio
A mediados del siglo I DC el ambiente en Roma estaba bastante cargado. Envenenado, digamos, en todos los sentidos de la palabra. El emperador reinante, Claudio, un estúpido complicado,su cuarta y última esposa, Agripina (hermana incestuosa de Calígula), Británico (hijo de un matrimonio anterior de Claudio) y Nerón (hijo de un matrimonio anterior de Agripina) constituían una familia absolutamente disfuncional, donde la violencia mal disimulada, la ambición morbosa y el asesinato eran la norma.

Agripina

Muchos de los conflictos o intrigas de la corte se resolvían expeditivamente por puñal o veneno, con lo que la demanda de tóxicos y bebedizos era constante, y su preparación un arte.

Y aquí hace su aparición nuestra protagonista, de nombre Locusta, de origen esclava y de profesión conocedora y proveedora de venenos. Por los azares de su quehacer se encontraba temporariamente bajo custodia en un recinto militar, y allí la descubrió Agripina.

Neron
La emperatriz se encontraba ante un problema: su esposo Claudio estaba durando demasiado. Ella quería gobernar sola y dejar el imperio para su
hijito Nerón, salteándose las leyes de sucesión, que favorecían a Brfitánico, el verdadero hijo de Claudio.

Era sabido que a Claudio le encantaban las setas. Agripina, entonces, hizo preparar un sabroso plato de setas, rociándolo generosamente con una de las “especialidades” de Locusta. Como broche, tuvieron la complicidad del probador oficial, a quien indicaron qué setas no estaban envenenadas, para que las probara frente a Claudio sin despertar sospechas. Otro implicado fue el médico del emperador, que tendría que certificar la defunción por muerte natural.

Todo en marcha. Claudio se sirvió gustosamente de la mortífera vianda, pero posiblemente Locusta no estaba en uno de sus mejores días, porque Claudio sólo fue víctima de “flojera de vientre” o sea una poco imperial diarrea, y dio muestras de mejoría. Cundió entonces la desesperación en los conjurados ¿y si el emperador sobrevivía? Aquí se demostró la ventaja de tener plan B. Extrajo Locusta de sus reservas un veneno potentísimo y Agripina hizo intervenir a Jenofonte, médico imperial el cual, con la excusa de provocarle el vómito para limpiar el estómago, le tocó la garganta con una pluma envenenada. Hasta más ver, Claudio.

No entraré en detalles de cómo Agripina mantuvo apartado a Británico y presentó a Nerón como sucesor legítimo. Lo cierto es que éste asumió el poder y es conocido cómo lo ejerció. Locusta, por supuesto, quedó reservada para futuras operaciones.

A Nerón le encantó la facilidad con que se habían quitado a Claudio de en medio. Tanto es así que apuntó hacia su próximo objetivo. Tanto Británico como muchos cortesanos estaban bastante intrigados por el ascenso de Nerón ¿Qué había sucedido con los derechos de Británico? Final previsible: desempolvaron a Locusta y a trabajar nuevamente.

Primer brebaje: sólo ocasionó una diarrea a Británico. Nerón, ahora al mando de las operaciones, era expeditivo. Nada de plumas envenenadas de emergencia. Hagamos ensayos (método científico, que le dicen).

Como incentivo, azotó a Locusta por inepta. Luego la obligó a preparar en su palacio y delante de él mismo el veneno más activo y rápido que le fuese posible. Lo ensayó en un cabrito, el cual vivió todavía cinco horas; en vista de ello lo hizo fortalecer y concentrar más, tras lo cual se lo

Britannicus

dio a un cochinillo, que murió en el acto. Mandó entonces llevar el veneno al comedor y darlo a Británico, que comía a su mesa. El joven, apenas probó el veneno cayó revolcándose, diciendo Nerón que se trataba de un ataque de epilepsia, enfermedad que padecía. A la mañana siguiente le hizo sepultar con prisa y sin ninguna ceremonia, en medio de una lluvia torrencial.
En cuanto a Locusta, recibió en premio por su servicio, la impunidad, considerables bienes y hasta discípulos. Fue honrada con un cargo oficial, algo así como “por nombramiento, proveedora oficial de la Casa Julio-Claudiana”


Los autores antiguos atribuyen muchos envenenamientos debidos a los productos de Locusta. Se habla de unos 400, como cifra estimada. El mismo Nerón, cuando años después se le dieron vuelta las cosas y tuvo que huir para evitar ser despedazado, según creía, hizo que Locusta le diese veneno, lo encerró en una caja de oro y marchó a la disparada. En sus correrías, le robaron hasta la caja de los venenos, teniendo que recurrir a un prosaico puñal para quitarse la vida.

Pero tras la caída de Nerón se acabó la suerte de Locusta, ya que el sucesor Galba la acusó de múltiples asesinatos. El castigo fue particularmente salvaje; según Apuleyo, el nuevo emperador ordenó que fuera atada y violada públicamente por una jirafa (un jirafo, claro) amaestrada, para luego ser despedazada por los leones. Personalmente me parece excesivo e injusto. Después de todo, Locusta sólo suministraba los venenos. Lo que hacían con ellos no era cosa suya. Es como si aplicaran el método jirafa al señor Kalashnikov, inventor del mortífero fusil AK47.

Lamento no poder incluir ninguna efigie fidedigna de la señora Locusta. Por motivos comprensibles, no sabemos si era alta, baja, hermosa, fea, bizca u otros datos. Lo único que se sabe de ella es lo que les he contado. Lástima.

Hasta mediados de setiembre. Saludos


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lunes, 15 de agosto de 2011

EL INCREÍBLE SAN SIMEON Y SU COLUMNA


En el año 390 cerca de Tarso, en la actual Siria, nació Simeón. De niño fue pastor de ovejas hasta que un día en la iglesia se entusiasmó al oír el sermón de la montaña de las bienaventuranzas: "dichosos serán los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos, dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios". Decidido a llevar una vida acorde con ellas resolvió ingresar en un monasterio.

Primera digresión. En esa época de iglesia primitiva, muy distinta de la actual, se había puesto en boga (y duró por muchos siglos, hasta el Renacimiento) la idea de que el cuerpo era intrínsecamente malo, y era santo y meritorio castigar la carne para purificar el alma. Todavía hay algunos chalados que creen en esta teología neurópata.

Al monasterio, pues. Pero a hacer méritos. El niño Simeón, a los quince años, buscando un atajo al Cielo, se purificó a su manera. Como era muy difícil conseguir libros para rezar, se aprendió de memoria los 150 salmos de la Biblia, para rezarlos todos cada semana, 21 cada día.

Se le considera el inventor del cilicio, o sea de una cuerda hiriente que algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer méritos. Se ató a la cintura un bejuco espinoso y no se lo quitaba ni de día ni de noche. Esto para lograr dominar sus tentaciones (debía de tener muchas, a esa edad). Terminó en la enfermería, porque la cuerda se le había incrustado. El abad (que debía de tener un poco de sentido común) se lo sacó de encima con el consejo de no exagerar.

Lleno de santo entusiasmo, Simeón se metió en una cisterna seca. Se propuso, imitando a Jesús, pasarse los cuarenta días de cuaresma sin comer ni beber. Lo hizo (el ser humano sólo puede vivir alrededor de siete días sin beber. Simeón pasó cuarenta, lo que es un bulo o un milagro). Se cuenta que, en vista del éxito obtenido, repitió la hazaña durante todas las cuaresmas de su vida. Un milagro por año.

Paso siguiente: a una caverna. Pero, para hacerlo más difícil, se hizo atar con cadenas a la pared. Aparentemente, pensó que el sistema le aseguraba la entrada al Paraíso, vaya a saber por qué. Por suerte, el obispo se enterò y le permitió lo de la cueva, pero nada de cadenas.

Empezó a hacerse popular. De lugares lejanos acudía la gente para aconsejarse, llevarse trozos de su manto como reliquia, o simplemente contemplarlo mientras rezaba o daba consejos.

Tanta popularidad le dificultaba hacer méritos, de modo que se hizo construir una columna de 3 metros, con una especie de barandilla en la cúspide, trepó y allí se quedó al aire y al viento, rezando en paz.

Inútil. Más gente aún que venía a ver e importunar al santo de la columna. Harto, hizo elevar la columna a 7 metros, una cuerda para que le alcanzaran el pan y el agua que apenas probaba y allá subió.

Nada. Sus admiradores utilizaban escaleras para acercarse, tocarlo, hablarle y molestarle en general.

¿Entonces? Diecisiete metros, a ver si se animan. Y ya lo tenemos a Simeón a esa estupenda altura, aparentemente libre de vértigo, subiendo la poquísima comida con la soga y bajando sus heces…vaya a saber cómo. Posiblemente sea el inventor del “¡agua va!”. Allí vivió (si eso es vivir) 37 años, hasta su muerte.

Columna se dice "Stilos" en griego, por eso lo llamaron "Simeón el estilita".

No comía sino una vez por semana. La mayor parte del día y la noche la pasaba rezando. Unos ratos de pie, otros de rodillas y otros tocando el piso de su columna con la frente. Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza.

La gente seguía viniendo cada vez en mayor cantidad. Se había convertido en una atracción turística. Le pedían consejos, le sometían pleitos, y él les predicaba, corregía sus costumbres y oraba con ellos. Todo a gritos, imagino, para hacerse oír a 17 metros de altura. Para los casos confidenciales, supongo que se habilitaría la escalera.

Asesinos empedernidos se arrepintieron a oírlo. Escépticos burlones lo insultaban a gritos para distraerlo, y se dice que el emperador Marciano se vino disfrazado desde Constantinopla para escucharlo (!!!).

Murió el 5 de enero del año 459, a los 69 años. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. En su sepulcro se obraron muchos milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia. Aún se conservan los restos del mismo y de lo que se dice es la base de la columna.

El historiador católico de donde saqué estos datos nos advierte que no se trata en modo alguno de cuentos o leyendas, ya que la vida de san Simeón el Estilita la escribió Teodoreto, quien era monje en aquel tiempo y luego fue obispo cercano al lugar de los hechos. Toda una garantía, sobre todo para quien sepa quién diablos era Teodoreto.

Lo cierto es que, ya sea todo un cuento piadoso o hay parte de verdad, el ejemplo de Simeón cundió. A partir de entonces aparecieron otros estilitas; se puso de moda vivir sobre columnas. Hay noticias de hasta doce estilitas, con historias más o menos verosímiles. Hasta hay un Simeón posterior, llamado el Joven, también estilita, y ¡en la iglesia ortodoxa se registra un Simeón Estilita III!
Frente a historias inverosímiles como la de este santo (y hay muchas) les dejo un increíble link de San Onofre
http://www.ortodoxia.com/contenido/nuestra_fe/santos_es.php?santo=150

¿Qué debe hacer un creyente? ¿Aplicar literalmente lo de “creyente” y recurrir a los serviciales milagros para explicar lo inexplicable? ¿Reconocer a regañadientes que la Santa Madre Iglesia es una fábrica de embustes “para la edificación de los fieles”? ¿El fin justifica los medios? (¡Vade retro, Satanás!)

Personalmente, metiéndome a catequista, pienso que no constituye pecado mortal (tal vez venial, que se arregla con unos días de purgatorio) considerar estas historias como piadosas fábulas o leyendas. Queda abierta la discusión para mentes menos escépticas que la mía.

Finalmente, pido disculpas por haber faltado a la cita del 30 de septiembre. Mi disco duro decidió dar por rescindido el contrato que lo ligaba a la computadora y dio por terminados sus servicios en forma abrupta e inconsulta. Solucionado el tema, nos encontraremos nuevamente el 31 de agosto. Vale.


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