
Los egipcios tuvieron más éxito con sus pirámides. Hacer una pirámide parece muy sencillo; basta apilar piedras del tamaño y forma adecuada e inevitablemente se obtiene una pirámide, pero el diseño de las piedras para que quede una pirámide presentable no es moco de pavo. Tampoco es cuestión de apilar cubos y cortar lo que sobra. Si nos detenemos a pensar, los arquitectos egipcios tuvieron que desarrollar una rudimentaria trigonometría, y aplicar el teorema de Pitágoras miles de años antes de que el griego lo demostrara.
Pasaron los siglos y nuevas construcciones monumentales requirieron conocimientos hoy inexplicables. La descripción del Templo de Salomón es asombrosa; los griegos descubrieron que las columnas tienen mayor resistencia si poseen un ligero engrosamiento en su parte central (éntasis), cosa que sólo se demostró recientemente con la teoría matemática de las estructuras, y así repetidamente.
¿Cómo se transmitían esas técnicas? Al no existir escuelas públicas, los conocimientos pasaban de maestro a discípulo, con lo que inevitablemente se formaba un ámbito cerrado, que a falta de patentes protegía sus descubrimientos con el secreto. Esta agremiación, si así puede llamarse, se mantuvo en Roma (acueductos, carreteras, puentes, templos). Es significativo que “pontífice” signifique “constructor de puente”, aunque tal vez se aluda a un puente espiritual entre el hombre y los dioses.
Con la Edad media hicieron su aparición los castillos, algunos de ellos imponentes y complejas moles defensivas. Famosos fueron los maestros de obras de la Orden del Temple, que se incorporaron (se dice) a los gremios de constructores luego de la disolución de la Orden.
A estos arquitectos se los denominó en Francia masones (albañiles). Mantenían secretos sus conocimientos, disponían de signos de reconocimiento y ceremonias de admisión y según su grado de conocimientos se reconocían como aprendices, compañeros y maestros.
No se sabe muy bien por qué los masones, luego de su apogeo glorioso con la invención del estilo gótico, comenzaron a perder el aura. La cosa venía bien, con sus reuniones en locales llamados loggias, sus ayudas mutuas e intercambio de técnicas vedadas al vulgo, pero luego del renacimiento, con sus cumbres (Leonardo, Miguel Angel, Brunelleschi y otros) la masonería comenzó a decaer. Lo cierto es que a partir de fines del siglo XVII comenzó a pudrirse todo.
Por ese entonces entraron en escena grupos políticos, filosóficos o ambas cosas que se arrogaron el carácter de masones. Todavía se discute si esos señores, que no habían tocado un ladrillo en toda su vida, fueron admitidos en las logias existentes como aceptados masones, con mayor o menor resistencia de los auténticos constructores, o bien formaron sus propias logias y se autodenominaron masones “especulativos” relegando a las antiguas logias a la categoría de “masonería operativa”. `
En pocos años brotaron las logias como hongos, ofreciendo variedad de matices. Las había católicas, protestantes, deístas, aristocráticas, revolucionarias, místicas... eso sí, se apresuraron a atribuirse orígenes remotos. Como se decían herederos de las logias de constructores, remontaban sus fundaciones a Hiram, presunto arquitecto del templo de Salomón, a Moisés, Noé, Adán (!!!), a los constructores de pirámides y, cuándo no, a los templarios. Para dar un poco de sensatez a la cosa, actualmente los masones especulativos atribuyen un significado alegórico a su pretensión de constructores. El templo que se debe edificar lo es en el sentido simbólico, ya que se trata del propio ser humano, que debe llevarse a su máxima perfección labrándolo como a un templo.
Durante la Ilustración, eminentes pensadores ingresaron a la masonería. Voltaire, Goethe, Montesquieu, sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía, y construir un mundo mejor. Con esto se enfrentaron a la Iglesia y a la Monarquía, y su influencia en las Revoluciones Francesa y Norteamericana fue considerable. Posteriormente, con el objeto de debilitar a España, fomentaron la creación de logias sudamericanas a las que pertenecieron hombres de acción como Miranda, Bolívar, San Martín, Benito Juárez, José Martí y muchos otros protagonistas de la Independencia.
Con la Iglesia no pudieron. Sucesivos papas tronaron contra la masonería, desde ya condenándola como obra del demonio y excomulgando a todos los masones (aún rige esta sanción) y atribuyéndole un sinfín de conspiraciones (curiosamente, aún no culparon a los masones de la proliferación de la pedofilia eclesiástica y los turbios manejos financieros del Vaticano).

Pese a todo, hay quien sospecha aún hoy influencias masónicas ocultas, benéficas o no. Con referencia a su defensa de la libertad, dignidad humana, fraternidad y derechos humanos, si hay alguna actividad secreta debe ser sumamente ineficaz, dada la cantidad decepcionante de tiranías, genocidios y guerras étnicas de que gozamos orgullosamente en todo el mundo.
Hasta fines de junio entonces y, masones o no, confiemos en el futuro de la humanidad. Total, no lo veremos.
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