Subscribe in a reader

histonotas

viernes, 15 de julio de 2011

CLODIA – SEXO Y CORRUPCIÓN EN ROMA.

CLODIA – SEXO Y CORRUPCIÓN EN ROMA.


No se apresuren. No estoy refiriéndome a Berlusconi. Esto ocurrió mucho antes, pero se le asemeja bastante.

La sociedad romana, por los años de Julio César, allá por el 60 AC, estaba presentando resquebrajaduras, comienzo de su derrumbe junto con el Imperio. Se elogiaban aún las virtudes ciudadanas de probidad, seriedad, integridad, fidelidad y esas cosas, pero cada vez eran menos respetadas. Eso sí, la vida era más alegre, pero así les fue.

Tenemos un caso típico: es este personaje. Aristócrata, de familia nobilísima, ligada a la fundación de Roma, con dinero y bienes a granel, cultísima, por supuesto con un gran roce social, pero loca de la cintura para abajo.

Empecemos con su nombre. Claudia Pulquer Tercia. Claudia Pulquer era el apellido o nombre de familia. Después se lo cambió (ella y los hermanos) por Clodia, porque el verdadero era demasiado patricio y al hermano le convino políticamente pasar al partido popular. En cuanto a Tercia, no era un nombre, sino un número. Los romanos, tremendos machistas, sólo otorgaban nombre propio a los hijos varones (el hermano de Clodia se llamaba Publio Clodio Pulquer, un nombre completo). A las nenas las llamaban (y eso cuando se tomaban la molestia) Prima, Secunda, Tercia, etc. a medida que llegaban. De lo que se deduce que nuestra Clodia tenía dos hermanas. Sólo se tienen datos de una de ellas, que se casó con Lúculo, general, cónsul, senador, etc. Hubo más hermanos varones, pero Publio Clodio se hizo un lugar por disoluto, alborotador, agitador político y muchas cosas más, entre ellas amante de sus hermanas (todas) y particularmente enamorado de Clodia Tercia, de quien era correspondido con entusiasmo.

Publio Clodio
Nada sabemos de la infancia y adolescencia de Clodia. Es de suponer que anduvo ocupada entreteniendo al hermanito, de la mano de quien comenzó a dedicarse a la política combativa. La eterna lucha era entre aristócratas conservadores y populares revolucionarios. La historia tiende a repetirse monótonamente. Por nacimiento y fortuna, Clodia y familia deberían alistarse entre los aristócratas, pero los hermanitos eran rebeldes en todo, y en cuanto pudieron se pasaron a los populares. Tenían el alma militante y revolucionaria. Consecuentemente, se cambiaron el apellido, dejando el Claudio y adoptando el Clodio. Poco más hicieron. No renunciaron ni a un sextercio de sus fortunas, y siguieron viviendo como magnates. Tanto fue así que Clodia (ya omito lo de Tercia) casó con Quinto Cecilio Metelo Celer, un conservador aburrido lleno de dinero y honores, cónsul él y luego gobernador de la Galia.

Tal vez como medida de protesta proletaria comenzó a tener amantes, a beber y a jugar, a veces las tres cosas al mismo tiempo. También tuvo hijos, claro, como buena matrona romana. Se cuenta que un “amigo” le preguntó cómo era que, con tantos amantes, los hijos hubieran salido sorprendentemente parecidos al padre. Claudia respondió: “yo hago como los buenos capitanes de navío. Hago subir a los tripulantes sólo después que está la carga en la bodega”. Ingeniosa, por cierto.

Cansado de que le usaran los cuernos como perchero para togas y de discutir a gritos y en público con su mujer (eso sí, en correcto latín), el bueno de Metello Celer se murió. Clodia cambió nuevamente de nombre y se llamó Clodia Metello. Curiosamente, dada la fama de Clodia, se sospechó un envenenamiento, pero las cosas quedaron en sospechas. Se echó tierra al asunto.

La viuda alegre se desbarrancó por completo. Según Cicerón, se acostó con la mitad de Roma (la otra mitad eran ancianos). No les hizo asco a esclavos, gladiadores, artesanos, lo que viniera. Otro amigo de juergas le preguntó cuántos amantes había tenido, a lo que Clodia escribió púdicamente con el dedo en la arena “SPQR” o sea “el senado y el pueblo romano”. No hay duda de que tenía ingenio, y le faltaba vergüenza.

Y en este momento Clodia hizo su único aporte involuntario a la humanidad, y lo que justificó su vida corrompida: tomó como amante
Gayo  Valerio Catulo
a Gayo Valerio Cátulo, joven poeta recién llegado a Roma, diez años menor que ella, inocente y romántico. Inevitablemente, el poeta se enamoró como el adolescente que era, idealizó a Clodia, a quien creyó una diosa o una criatura celestial, y generó una producción intensiva de poemas celebrando a su amor. Clodia se sintió halagada al comienzo (los versos eran excelentes) pero al poco tiempo, según su costumbre, se empalagó y plantó a Cátulo sin remordimientos ni anestesia. Otra caterva de versos, ahora dramáticos y lacrimosos, luego maldicientes, pero todos sublimes. Gracias, Clodia.

Cátulo tardó en recuperarse a duras penas. Posteriormente en sus poemas también se refleja, una relación homosexual con un joven de nombre Juventio, para variar. Murió a los 30 años de edad según algunos, según otros a los 33.

Sobre Clodia cayó la justicia divina. Su siguiente amante, Celio Rufo, amigo (¿?) de Catulo le aplicó su misma técnica, y la abandonó al poco tiempo sin despedirse. Clodia no estaba acostumbrada a ese tratamiento (se estaba poniendo mayorcita, además) y lo tomó muy a mal. Acusó a Celio ante la justicia por intento de envenenamiento y, subsidiariamente, por no haberle devuelto un préstamo (parece que Clodia ya no estaba muy en sus cabales).

Muy juiciosamente, Celio recurrió a la asesoría legal de Cicerón, el mejor orador y abogado de Roma, además de furibundo enemigo político de Publio Clodio, el hermano y amante de la querellante.

La defensa de Cicerón fue apabullante. Consistió casi exclusivamente en descalificar a la acusadora por su pésima fama, vicios, prostitución y otras yerbas. Para deleite del público el orador expresó en rotundo latín lo que toda Roma sabía de Clodia. Se conserva el alegato (discurso “pro Celio”). El acusado resultó absuelto y se le impuso una multa a la acusadora.

Dicen las malas lenguas que a Cicerón no le quedaba otra alternativa que atacar a Claudia, dado que aparentemente había habido un escarceo sentimental entre ellos, y la esposa de Cicerón la temible bruja Terencia, que lo tenía dominado, le exigió una prueba de lealtad. Años después, habiéndose divorciado de su amada cónyuge, Cicerón estuvo en tratos con Clodia para comprarle una casa., lo que resulta bastante inexplicable. Pero todo eso es chismerío, que no deja de tener su encanto.

Después de este papelón se pierde el rastro de Clodia. No se la menciona más, ni tampoco se conoce la fecha de su muerte.

Como de costumbre, existe una corriente revisionista que exculpa a Clodia. Se argumenta que todo lo que se conoce de ella son los escritos de Cicerón (enemigo político) y los poemas del despechado Cátulo. Todo un enigma.

Nos veremos a fines de julio. Un saludo afectuoso.



¡cliquea aquí para leer todo!

martes, 28 de junio de 2011

ARTURO – EL FIN DE LA CABALLERIA

Quedamos con Arturo recién casado, y ya empiezan los problemas. Cito a Malory, (Le Morte D'Arthur, comienzos del siglo XV):

“Inmediatamente después de la boda de Arturo y Ginebra, el rey tuvo que dejar la corte y en su ausencia el rey Meleagant (Melvas) se llevó a la reina hasta su feudo, del cual, según decían, ningún viajero regresaba jamás... Nadie osó llegar hasta ella excepto Lanzarote, que emprendió su camino a través de un país desconocido hasta que llegó cerca del refugio que Meleagant había hecho edificar para la reina. Entonces cruzó el puente de las espadas y sufrió por ello graves heridas, pero rescató a la reina y más tarde, en presencia del rey Arturo y de la corte, luchó con Meleagant y le mató”

Ya aparece aquí Lanzarote, joven caballero de la Tabla Redonda que ulteriormente crearía serios problemas a Arturo. El rey creyó (o fingió creer) las historias que le contó Ginebra acerca de su pureza y fidelidad durante el rapto y el rescate, y la restableció en trono y lecho, como si nada. No sería la última pifia de Arturo.

Más o menos por esa época sucedió la aparición del Grial y su posterior búsqueda. Aprovechan los narradores para relatar infinidad de aventuras de los caballeros de la Tabla Redonda en esta empresa, muy del gusto de la gente de la época pero plagadas de detalles fantásticos, gigantes, dragones, hadas buenas y de las otras, duelos individuales, reflexiones morales y religiosas, tanto es así que la historia de la búsqueda del Grial parece el manual del perfecto caballero cristiano. Por eso hay quien sospecha una influencia directa de los monjes de la orden del Cister en su redacción. La omito aquí por su extensión y complejidad. Algo de ella resumo en la entrada "El Grial - De los celtas a Dan Brown"


Volvamos a Lanzarote. Descuella entre los seguidores de Arturo, tanto que se gana el renombre de “el mejor caballero del mundo” Pese a su lealtad y admiración hacia Arturo, es mayor su admiración hacia Ginebra. Lanzarote nunca perdió un encuentro cuerpo a cuerpo, y este tampoco. Ginebra cae vencida, muy a su gusto. Se habla de un “loco amor” en contraposición al amor cortés casi platónico habitual y aceptado en esa época, lo que significa que de platónico no tenía nada, y estaban apasionados hasta las entretelas. Otra alternativa (hipótesis mía, ni mencionada en las leyendas) es que Ginebra fuese algo ligera de cascos, o Arturo un plomazo. Empezó con el “rapto”, siguió con Lanzarote...

Entre suspiros y citas, y fogosos encuentros cuando Lanzarote no estaba metido en alguna aventura, herido o prisionero, la cosa duró varios años. Arturo en babia. El optimista de Lanzarote se metió en la búsqueda del Grial, olvidando las condiciones del concurso. Vamos, que de puro y virgen no tenía nada. A fuerza de buen caballero alcanzó a ver al Grial, pero cuando quiso acercarse...nada, lo expulsaron por adúltero, a pesar de jurar arrepentimiento y prometer no volver a las andadas.

Defraudado, vuelve a Camelot y, por supuesto, a las andadas. No importa que Morgana, la hermanastra bruja, maligna e incestuosa de Arturo, muestre “ingenuamente” a éste los dibujos realizados en las paredes de su celda por Lanzarote cuando estuvo prisionero y hechizado en poder de la encantadora, dibujos que ilustran detalladamente su relación con Ginebra, no importa que algunos caballeros enemigos de Lanzarote adviertan repetidamente que la reina adornaba la real cabeza de Arturo. Éste, ciego y obstinado, no veía lo que no quería ver. A la postre, tendieron una trampa. Crearon las condiciones para que la pareja se sintiera confiada y, asegurándose que los amantes estuvieran encerrados en la habitación de Ginebra en plena cabalgata amorosa, se amontonaron frente a la puerta e intentaron derribarla.
Lanzarote apenas tuvo tiempo de colocarse a las apuradas los calzoncillos, las bragas, la túnica o lo que fuera que se usara en esa época, manotear una espada y salir repartiendo mandobles. Liquidó a un par de descuidados y salió de atropellada.
Al fin despertó Arturo. Supongo que habrá dicho: ¡Oh! ¡Cuernos! o algo así y, decidido por una vez, mandó encarcelar a Ginebra. (Años hace que tendría que haberlo hecho).

La condena fue inevitable, y la pena indiscutible: muerte en la hoguera.
Y aquí la tenemos a la dulce Ginebra, ya con más de cincuenta añitos,
parada sobre la pira esperando la cerilla. Aparece Lanzarote y sus adictos, al galope y lanza en ristre, y se llevan a Ginebra con poste y todo, hasta encerrarse en un castillo inexpugnable.

Comienza la lucha fatal prevista por Merlín. Arturo cerca el castillo, hay batallas como para fascinar a la audiencia hasta que Lanzarote, que paradójicamente amaba y admiraba a Arturo, en un rapto de caballerosidad ofreciera devolver a Ginebra, con tal de que no se la sancionara, asegurando que “si la amara con loco amor, tal como se le acusa, no la devolvería y se la quedaría para sí”. Este argumento no lo creyó nadie, pero Arturo fingió quedar convencido y se volvió con Ginebra aún en buen uso, después de todo. Lanzarote se exilió en Francia, donde tenía posesiones.

Pero este no es un final digno de una epopeya. Como resultado de la reyerta habían quedado varios difuntos a manos de Lanzarote, y los deudos clamaban venganza. Tanto le llenaron la cabeza a Arturo que el rey emprendió una campaña punitiva en tierras de Francia. Ya había estado allí luchando contra los romanos imperiales (el anacronismo no asustó a los formadores de epopeyas), donde venció siempre, ocupó Francia, Alemania, Italia y se hizo coronar emperador por el papa. Ni Hitler hizo otro tanto.

El caso es que esta vez partió contra Lanzarote. Dejó como regente en Inglaterra (¡enorme insensato!) nada menos que a Mordred (ya recordarán: era su hijo habido de relaciones incestuosas con Morgana), más maligno que la peste y lleno de turbios proyectos.

Nuevas narraciones de batallas y lances individuales, a Arturo le van matando a sus principales campeones y la situación se empantana.

Mordred, mientras tanto, difunde la falsa noticia de la muerte de Arturo, compra voluntades, se proclama rey y aspira a la mano de Ginebra (que a esta altura ya debía andar por los sesenta años largos). La supuesta viuda se refugia en un convento y envía mensajeros a Arturo, a quien presume vivo. Recibe Arturo los mensajes, hace rápidamente las paces y vuelve para poner orden en casa.

Más luchas y batalla decisiva en Salesbieres (Salisbury). Gran matanza y encuentro final entre Arturo y Mordred. Muere éste y queda Arturo fatalmente herido.

Acompañado de uno de los últimos caballeros de la Tabla Redonda que quedaron vivos, el rey se hace llevar a las orillas de un lago y pide que devuelvan la espada Excalibur a las aguas. Se alza una mano, toma la espada y se hunde con ella.
Mientras Arturo agoniza, aparece una barca tripulada por hadas que embarcan a Arturo y se alejan hacia la mágica isla de Avalon. Una leyenda posterior predice que Arturo, quien no ha muerto, ha de volver para auxiliar a Inglaterra cuando se encuentre en su mayor peligro.

Arbitrariamente concluyo aquí. La leyenda es interminable, relatando el fin de Lanzarote y Ginebra, la muerte de los hijos de Mordred y un sinfín de incidentes imposibles de condensar. Espero haber brindado al menos un básico esbozo del ciclo de Arturo. En otra oportunidad hablaré de Merlín, su vida, milagros, amores y humillante muerte.

Nos volveremos a encontrar, espero, a mediados de julio

¡cliquea aquí para leer todo!

martes, 14 de junio de 2011

ARTURO REY


Ya lo tenemos al adolescente Arturo coronado como rey, pero con grandes problemas para afianzar su reinado. Con un pequeño núcleo de reyes aliados más o menos autónomos se empeñó en una incesante serie de batallas en varios frentes, ya sea contra reyes que no admitían su supremacía como contra los siempre agresivos sajones, pictos, anglos y demás indeseables. Contaba a su favor con la inestimable ayuda de Merlín, una mezcla de primer ministro, consejero, ingeniero, mago y vidente. En alguna ocasión esta joya de colaborador intervino con su magia para definir una batalla complicada, pero siempre su sola presencia infundía valor y confianza a las tropas.

Todas estas batallas son detallada y extensamente relatadas (y exageradas) por los cronistas o recopiladores de hechos y leyendas. Las omito, pese a su belleza, en bien de la brevedad.
Entre batalla y batalla Arturo se permitía algunas licencias. Fue así que en uno de sus castillos se encontró con una bella dama en plan de provocativa, y Arturo no eludía ningún desafío. Procedió con decisión y firmeza y sin anticonceptivos, lo que le generó una situación embarazosa, y a la dama más aún. Aquí los cronistas se tornan confusos. Algunos dicen que la “seducida” fue Morgana, y otros aluden a Morgause. Coinciden en que ambas eran expertas en brujería, aunque una de ellas era maligna (la que tuvo el affaire con Arturo) mientras que la otra era leal. Cosa importante: ambas eran hermanas, e hijas de Igraine y Gorlois (ver mi post anterior) lo que las convertía en hermanastras de Arturo, y a éste en incestuoso. En su descargo, diremos que no tenía idea de con quién se estaba acostando. Por supuesto, Morgana actuó con deliberada mala fe para complicarle la vida a Arturo, a sabiendas del parenteso y todo eso.

Para no complicar, postulemos que la “colaboradora” fue Morgana, quien gracias a su ciencia mágica sabía los problemas que le iba a traer a Arturo. Esta vez Merlín falló miserablemente, porque advirtió a Arturo cuando la cosa ya estaba consumada. Le dijo que era una porquería, que se había acostado con la propia hermana, que la había dejado embarazada y que el hijo que nacería le iba a ocasionar la muerte. Todo de sopetón y sin anestesia. Arturo encajó, hizo el signo contra la mala suerte y volvió a la guerra, que era lo más urgente.

Adelantándonos a los hechos, digamos que a los correspondientes nueve meses nació el retoño, a quien Morgana llamó Mordred, y que Arturo se enteró por el bocón de Merlín, sin darle demasiada importancia. Hay quien dice que Arturo ordenó matar a todos los niños de la provincia nacidos en los últimos meses, pero aquí se nota la interpolación de la fábula de Herodes.


 Entre tantas batallas, desafíos individuales y lances de honor, en uno de ellos se le partió a Arturo la espada extraída de la piedra, y nuevamente debió intervenir Merlín. Llevó a Arturo junto a un hermoso lago, en medio del cual sobresalía un brazo vestido con brocado blanco que sostenía una hermosa espada en la mano. Al mismo tiempo, se acercó a Arturo una hermosa dama, quien le ordenó que subiera a una barca allí atracada, se acercara al brazo con la espada y tomara la misma, sin olvidar la vaina. Así lo hizo Arturo, se hizo de espada y vaina y el brazo se sumergió en el lago.

Aclaró como siempre Merlín diciendo que la dama que se había acercado era la Dama del Lago, y que la espada, que tenía por nombre Excalibur, era un don de las hadas del lago, forjada en la mágica isla de Avalon. La vaina era de tal virtud que protegía a su dueño de heridas graves y de pérdida de sangre, lo que la hacía más valiosa que la espada.

A todo esto, el país ya estaba satisfactoriamente pacificado, por lo que Arturo consideró oportuno establecerse. Con la ayuda (cuándo no) de Merlín esta vez en su calidad de agrimensor e ingeniero, eligió un lugar de fácil defensa y proyectó un fuerte castillo, alrededor del cual crecería una ciudad. El nombre de ese castillo y ciudad fue Camelot, y se convirtió en la corte de Arturo y capital de su reino. Ya con vivienda propia, Arturo estaba listo para el casamiento, y lo hizo con Ginebra, bella e inteligente joven, hija del rey Lodegrance.

El regalo de bodas del nuevo suegro fue un poco de compromiso: se sacó de encima una mesa redonda que le había regalado Uther Pendragon hacía tiempo y que realmente era un trasto: tenía capacidad para ciento cincuenta ocupantes y se supone que ya estaba algo usada. Para mejorar la cosa, el rey Lodegrance agregó las correspondientes sillas y cien caballeros como primeros ocupantes. ¿Qué podía decir Arturo? Agradeció, dijo que justamente estaba necesitando una mesa de ceremonias, y encargó a Merlín que eligiera los cincuenta mejores caballeros de su reino para completar el elenco. Eran épocas duras; Merlín sólo consiguió veintiocho dignos de tal honor. Se grabaron en oro los nombres de los ciento veintiocho en los respaldos y se fueron llenando las vacantes con el tiempo.

Quedó un solo asiento vacío por orden de Arturo: sería destinado al mejor caballero del mundo, que a su vez fuera casto, puro, inocente y libre de pecado. Si se sentara alguno sin reunir esos requisitos, quedaría fulminado en el acto. Se lo llamó el Asiento Peligroso. Por motivos obvios, los caballeros del reino se mostraron renuentes de ocupar tal asiento, hasta que luego de muchos años lo ocupó Galahad (o Galaz). Pero esa es otra historia.

En adelante, Arturo y sus ciento y pico de caballeros de la Mesa redonda solían sentarse alrededor en ocasiones especiales para relatar sus hazañas en defensa de las doncellas y oprimidos (de aquí la manía de don Quijote) o simplemente para meditar.

En el día de Pentecostés se produjo un acontecimiento sobrenatural: estando en meditación apareció un grial (algunos lo llamaron graal) envuelto en resplandores y se paseó alrededor de la mesa suspendido en el aire para luego desvanecerse. Los caballeros atónitos se sintieron confortados y alimentados en grado sumo en alma y cuerpo. Inmediatamente Arturo incitó a aquellos de sus caballeros que se considerasen dignos a recorrer el mundo en busca del grial, para conquistarlo y traerlo a Camelot.

Así se originó la más prodigiosa aventura de los caballeros de la Tabla Redonda, conocida como la búsqueda del grial. Esa epopeya, y los acontecimientos que se sucedieron hasta la muerte de Arturo, será tema de la próxima entrada, a fines de junio.

Habrán notado cómo, desde el nacimiento de Arturo en los años 400, la leyenda evolucionó hasta los caballeros y su demanda del grial, en pleno siglo de la caballería (aproximadamente por el 1200). Al tronco original se fueron agregando actualizaciones cronológicas con cada relator para adecuarse al público, lo que generó los anacronismos evidentes.

Me despido hasta la próxima. Un saludo a todos.

¡cliquea aquí para leer todo!