En la tan zarandeada edad media las misas negras eran la frutilla del postre en los aquelarres o reuniones de brujas, enaltecidas por la presencia en vivo del propio demonio que para la ocasión se calzaba el disfraz completo de chivo o bien el alternativo de gato negro. Por supuesto, bruja o simple espectador que pescaban en esos menesteres era carne de barbacoa.... Y a propósito, vale la pena subrayar que los participantes en estas ceremonias también estaban fuertemente penetrados de su sentido, y tenían tal convencimiento de que por estos procedimientos se habían asegurado la inmortalidad, que morían sin temor ni remordimientos
Con el tiempo la actitud oficial se volvió algo más tolerante. La época de mayor difusión de las misas negras se alcanzó en el siglo XVII. Durante el reinado de Luis XIV este tipo de ceremonias se hizo popular entre la nobleza, que lo veía como algo exótico. En esta época se celebraron las misas negras que más han trascendido, y las mejor documentadas son las que realizaban Catherine Deshayes (llamada la Voisin), el Abad Guiborg y Madame de Montespan. Se cuenta que esta concurría a dichas reuniones para conseguir el favor del rey y desbancar a amantes vigentes. Por lo visto le dio resultado, porque reemplazó a Luisa de La Vallière y llegó a ser favorita del rey durante doce años.
Hacia finales de su vigencia (1679), y como consecuencia de la investigación de los crímenes de Madame de Brinvilliers salió a luz este asunto de las misas organizadas por la Voisin. Las ramificaciones eran vastas y alcanzaban a miembros de la Corte, por lo que Luis XIV creó, en imitación de Inglaterra, un tribunal especial, la Cámara Estrellada, para juzgar exclusivamente casos de brujería y envenenamiento (y para “taparlos” en caso necesario).
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Madame de Montespan |
Por venir al caso, transcribiremos la declaración (sospecho que bastante novelada) de la hija de la Voisin, Margueritte Deshayes, quien ha dicho que ha visto celebrar este tipo de misas sobre el vientre, por Guibourg, en casa de su madre; que ella ayudaba a preparar las cosas necesarias para esto: un colchón, dos taburetes en cuyas extremidades estaban los candelabros con los cirios negros. El abad salía después de esto y la Voisin hacía entrar a la mujer sobre la cual debía celebrarse la misa.
"He estado presente en esta especie de misa y he visto que la granja estaba cubierta en su interior por lienzos negros. El altar allí levantado también era negro. Una gran cruz blanca, con los brazos invertidos, se alzaba sobre un tabernáculo de plata. El abate Guibourg, cubierto con un amplio manto negro y una capucha que ocultaba su rostro, empujó la puerta y avanzó seguido de Madame de Montespan, que llevaba puesto un antifaz.
De una maleta que llevaba consigo, el abate sacó unos cirios negros de forma serpenteante, que decía habían sido hechos con grasa de ahorcados que le proporcionaba el verdugo de París. Luego sacó unas hostias negras y las puso en un cáliz. Terminadas estas operaciones, Guibourg se despojó de su manto y apareció vestido con los hábitos de aquel culto que iban a profanar una vez más. La Montespan le observaba en silencio, mirando de vez en cuando a la puerta de la cabaña con marcada impaciencia. Al fin entró la joven a quien estaba esperando, la cual llevaba en brazos una pañoleta con una criatura. Era mademoiselle des Œillets (dama de confianza de la Montespan y amante ocasional de Luis XIV. Este hombre no perdonaba una).
Siento haberme retrasado – les dijo- pero hasta hace muy poco no conseguí el crío. Tiene sólo dos meses y hace una semana que fue bautizado.
Está bien – dijo Guibourg- Colóquese al lado del altar y espere.
Al mismo tiempo, Madame de Montespan se quitó el manto de terciopelo que conservaba puesto. Desanudó el cinturón dorado que ceñía al talle los velos blancos y casi transparentes con que iba vestida y bajo los cuales estaba completamente desnuda. Después, la Montespan se despojó de aquellos velos. Sin pronunciar palabra, Madame de Montespan avanzó hacia el altar, se tendió sobre éste en la forma ritual: la cabeza sobre una almohada y las piernas colgando, muy abiertas, frente a la cruz y al abate Guibourg.
Con mano experta, el renegado le quitó las peinetas que sujetaban los lienzos negros hasta rozar el suelo. Después, entre los opulentos senos colocó el cáliz de plata y sobre el vientre, precisamente sobre el pubis, puso un crucifijo. Guibourg se arrodilló con las manos juntas, cerca del cuerpo desnudo y, durante algunos minutos, imploró en silencio la ayuda de las potencias infernales. Cuando el cura renegado se levantó, tomó en sus manos una de las hostias negras, sosteniéndola entre el pulgar y el índice de su mano derecha. La alzó luego a la temblante luz de los negros cirios, mientras su mano izquierda acariciaba los senos de la Montespan, de cuya garganta se escapaban algunos gemidos de voluptuosa impaciencia.
La mayor de las profanaciones la realizó entonces el. Renegado utilizando el sexo de la Montespan como receptáculo de la hostia negra. Acto seguido, se arrodilló entre las piernas colgantes, que se cerraron aprisionando su cabeza. La Montespan gimió con fuerza. Como un arco, su cuerpo se tendió y ya su cintura no rozó siquiera el altar profano. Esto hizo que basculara la copa de plata y cayera en el suelo el crucifijo, mientras ella increpaba al renegado, pidiéndole a gritos que se apresurara.
¡Astaroth! ¡Asmodeo! ¡Satan!... ¡Dueños de los infiernos! ¡Yo os conjuro fervientemente para que aceptéis el sacrificio de este niño que os ofrezco...!
Mademoiselle des Œillets ya sabía lo que debía hacer y tendió hacia aquel hombre el cuerpecillo del niño que lloraba con desesperación. Guibourg se armó de un largo y afilado cuchillo y gritó:
¡Oh Astaroth! ¡Oh Asmodeo! ¡Oh Satan! Yo solicito de vuestra gracia y de vuestros poderes la muerte para Mademoiselle de Lavalliere y que la condesa de Roma, por la cual se ofrece desnuda esta mujer, entre en la gracia de la Corte.
Lentamente, el cuchillo descendió hacia el cuello del bebé sostenido por Mademoiselle des Œillets, en el que se hundió salpicando el cuerpo de la Montespan y la estola del innoble sacerdote, el cual llenó luego la copa de plata.
Guibourg arrojó al suelo el pequeño cadáver y, metiendo sus manos en la sangre, se puso a bañar el vientre y el sexo de la Montespan, antes de alzar su casulla y repetir aquel acto consigo mismo. El acto terminó con una serie de oraciones invertidas, blasfematorias y obscenas, después de lo cual los tres personajes se entregaron a toda clase de contactos carnales, llegando a los más depravados."
En los años siguientes comenzó la decadencia para las misas negras. En la actualidad existen algunos grupos que las realizan regularmente para adorar al Diablo, aunque no es más que una excusa para hacer escapadas sexuales.
Para finalizar, el colmo: encontré en Internet un link especializado en misas negras y satanismo. Por si están interesados (es bastante asqueroso y pueril; no creo que el Diablo lo visite) ahí va:
http://inssatan.com/frameset.php?url=/intro.html
Es imperdible el tablón de pedidos (sí, ahora se puede pedir a Satanás por Internet. Imagino que habrá algún delivery)
La próxima entrada, como siempre, será el 30 de septiembre. Hasta entonces.
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