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histonotas

miércoles, 14 de diciembre de 2011

JULIO CESAR – PROBLEMAS MATRIMONIALES


Protagonistas (en el momento de la acción):

Cayo Julio Cesar: 37 años. Muy buen mozo, aunque con una incipiente calvicie que lo preocupa. Muy inteligente, enormemente ambicioso y totalmente inescrupuloso. Todas las condiciones para dedicarse a la política, lo que hizo desde su primera juventud. De familia patricia, aunque empobrecida. Sus pasiones son, además de la carrera por el poder, el lujo y las mujeres. Todas actividades que le requieren importantes sumas de dinero, que no posee. En consecuencia, se endeuda, ya que en Roma el soborno es la base de la política.

A la fecha (año 63 AC), luego de haber desempeñado el cargo de edil curul (cargo municipal reservado a los patricios, primer escalón de la carrera pública) y luego cuestor en España (lo que le permitió agenciarse con algo de dinero ilegal, una gota en el océano) fue nombrado, enorme soborno mediante, sumo pontífice (Pontifex Maximus), cargo religioso que le aportó una pátina de dignidad y autoridad. El cargo trae aparejado, además del mantenimiento a expensas del estado, la residencia en la domus publica, en la Vía Sacra.

Pompeya Sila: 25 años aproximadamente. Hermosa y estúpida. Nieta del feroz dictador Sila, enemigo de Cesar, casada con éste desde hace cinco años. No merece más comentarios.

Publio Clodio: se supone que unos 30 años. Agitador
político, totalmente pervertido. Desde niño era incestuoso con sus hermanas. Le encantaba destacarse por actos revoltosos, insólitos, amorales, escandalosos y así. Gran ascendiente entre la plebe. Un asco de tipo. Tan patricio que se cambió el nombre para no parecerlo.

Acontecimientos: Ese año se decidió celebrar en diciembre la fiesta de la Bona Dea en residencia oficial de Cesar, recientemente nombrado Pontifex Maximus.

Bona Dea era la Diosa Buena, tan antigua como la propia Roma. Tenía nombre, pero nunca se pronunciaba, pues era demasiado sagrado. Lo que ella significaba para las mujeres romanas ningún hombre podía entenderlo. Su culto quedaba completamente fuera de la religión oficial del Estado, y no estaba relacionado con ningún hombre ni ningún grupo de hombres. Las vírgenes vestales cuidaban de ella, pues no tenía sacerdotisas propias.

A principios de diciembre, Bona Dea se retiraba a dormir, pero no públicamente, porque lo que ella soñaba en invierno era su secreto. Los ritos estaban abiertos sólo a las mujeres romanas de más alta cuna. En dicha noche ningún hombre ni niño varón podía permanecer en la domus publica, incluidos los esclavos.

Fueron arribando las mujeres a la domus publica. Las recibían las anfitrionas, Aurelia, madre de Cesar, noble, digna y severa matrona, y Pompeya, esposa del pontífice.

Debido al extremo secreto impuesto, no se conocen los detalles del culto, pero trascendieron indicios que sugieren rituales báquicos, consumo de respetables cantidades de vino, rituales orgiásticos de matiz oriental, flagelaciones y oraciones antiquísimas.

En ese escenario de clausura se le ocurrió introducirse a Publio Clodio. No se supo con claridad por qué; sea, como se afirmó sin pruebas, que Clodio y Pompeya eran amantes y les pareció excitante reunir el adulterio con el sacrilegio; sea que la violación de la sagrada ceremonia resultó tentación irresistible para Clodio, afecto a ese tipo de acciones extravagantes, lo cierto es que Clodio se disfrazó cuidadosamente de mujer (era especialmente aficionado a ello) y, con la complicidad de una esclava, se introdujo en la mansión. No pudo allí comportarse con discreción, sino que entró a deambular confiado en su disfraz, aprovechando para satisfacer su curiosidad sobre los misterios.

En su rondar se encontró con una esclava de la casa que, atraída por su lujosa apriencia femenina, como dice púdicamente Plutarco, “lo provocó a juguetear”. Clodio, desconcertado, la rechazó bruscamente con un grito. Espantada por la voz, la esclava dio la alarma y, entre corridas, desmayos, clamores de ayuda y una indescriptible confusión Clodio consiguió huir, siendo reconocido a medias a través de su disfraz.

Aurelia tomó enérgicamente las riendas: disolvió la reunión, mandó a sus casas a las participantes, interrogó a Pompeya y a las esclavas, hizo avisar a Cesar (que, por supuesto, no estaba en casa) y a las vírgenes vestales para purificar el recinto y restableció un poco el orden.

El suceso consternó a toda Roma. El sacrilegio, se presumía, atraería sobre la ciudad la maldición de la diosa, convocando a toda clase de calamidades. El culpable, Clodio, había actuado, según la vox populi, para seducir a la mujer de Cesar, ¡nada menos que del sumo pontífice! La connivencia de Pompeya Sila no estaba demostrada, pero la madre de Cesar, Aurelia y su hermana, Julia, la condenaban en base a declaraciones de esclavas.

Cesar repudió inmediatamente a su esposa, pero en el juicio que se celebró al poco tiempo no acusó a Clodio, alegando ignorancia. Se le preguntó entonces por qué, si no encontraba culpable a Clodio, se había divorciado, a lo que Cesar dio una respuesta que se volvió famosa: “Porque la mujer de Cesar no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo”. Unos dicen que César dio esta respuesta porque realmente pensaba de aquel modo, y otros, que quiso con ella congraciarse con el pueblo, al que veía empeñado en salvar a Clodio.

Tengo una hipótesis diferente. Cesar, con su carácter de futuro dictador, no debía jamás quedar en ridículo como marido engañado. Negó, en consecuencia, el adulterio, pero tampoco podía convivir con una mujer sospechada de adulterio, lo que lo haría blanco de burlas. Se divorció, entonces, para salvar la “dignidad”

Sea como fuere, Cesar cayó de pie: se libró de una mujer más que sospechosa y conquistó el agradecimiento de Clodio, que no olvidó el favor, y del populacho, que adoraba a Clodio y quedó reconocido a Cesar.

El proceso se arrastró por varios meses, y fue más escandaloso que el mismo sacrilegio. Las amenazas de la plebe reunida frente al tribunal, el descarado soborno y los falsos testimonios contrastaron contra la aplastante evidencia en contra del acusado. Clodio apenas consiguió salvarse. Veinticinco de los del jurado votaron contra Clodio y treinta y uno por su absolución.

Con este ejemplo de justicia romana, lamentablemente aplicable a nuestros días (¿Qué tal, Strauss Kahn?) me despido hasta fin de año. Temo que el 31 de diciembre no estaré en condiciones de publicar algo coherente, pero en esos días prometo hacerlo. Felices fiestas.

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lunes, 14 de noviembre de 2011

SEXO PECADOR EN ESPAÑA – SIGLO XIII


¡Vaya tema en el que me metí! Voy a tratar de, por lo menos, emplear términos eufemísticos, dejando las expresiones malsonantes sólo en las citas, a las que respeto textualmente.

Empecemos por lo clásico: la prostitución.

Definiciones: El término prostitución proviene del término latino, prostituere, que significa literalmente "exhibir para la venta", con lo que quedan eliminadas de la categoría las aficionadas o “amateurs”.

Las prostitutas, así como hoy ocultan sus negocios haciéndolos pasar por casas de masajes o los anuncian con luces rojas, en la Edad Media (ss.XII - XIII) los disimulaban como si se tratara de tabernas, colgando en su puerta un ramo. Por esa razón, las comadres empezaron a llamarlas “rameras”, una palabra que les sonaba más púdica que “prostituta”.

Como en todas las épocas, sus atractivos no eran precisamente los de una púdica matrona, pero viene a cuento enumerar los cánones de belleza de la época, expresados nada menos que por un clérigo con sospechas de amancebado, el arcipreste de Hita.

“ Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillo no teñidos de alheña;
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancheta de caderas, ésta es talla de dueña.
Ojos grandes, hermosos, expresivos, lucientes
y con largas pestañas, bien claras y rientes;
las orejas pequeñas, delgadas; para mientes
si tiene el cuello alto, así gusta a las gentes.
La nariz afilada, los dientes menudillos,
iguales y muy blancos, un poco apartadillos,
las encías bermejas, los dientes agudillos,
los labios de su boca bermejos, angostillos
La su boca pequeña, así, de buena guisa
su cara sea blanca, sin vello, clara y lisa,
conviene que la veas primero sin camisa
pues la forma del cuerpo te dirá: ¡esto aguisa!
Si tiene los sobacos un poquillo mojados (¡ajj!!!!)
y tiene chicas piernas y largos los costados,
ancheta de caderas, pies chicos, arqueados,
¡tal mujer no se encuentra en todos los mercados!”

O también, según un romance:

“las teticas agudicas,
que el brial quieran hender”
















El oficio se ejercía predominantemente en las ciudades, en calles o casas especializadas, en albergues y tabernas, y también en los baños públicos. En la Edad Media habían sobrevivido los baños, heredados de las termas romanas y de los baños árabes, y cada ciudad tenía uno o más establecimientos con agua fría, caliente y de vapor; y el hecho de que esos baños fueran mixtos y que los clientes de ambos sexos solieran bañarse desnudos, hizo que poco a poco la jerarquía eclesiástica consiguiera prohibir su uso y hasta su existencia. Como resultado, los contemporáneos del siglo XVI ya no se lavarán, sustituirán el uso del agua y del jabón por el de los perfumes, destinados a ocultar otros olores.

Contrariamente a siglos anteriores y posteriores, en el siglo XIII no se perseguía con severidad a la prostitución; se consideraba que el hombre debe actuar según se lo pida su naturaleza. Los teólogos distinguían entre pecados carnales y pecados espirituales, declarando a estos últimos como más peligrosos. La 'fornicación simple' (diversión entre solteros) era permitida, más no la 'fornicación cualificada" (rapto, homosexualidad, adulterio, incesto, entre otros). La fornicación simple era permitida con la condición de que se efectuase con mujeres libres de vínculo, solteras -y mejor si eran extranjeras- a quienes se marcaba con una cinta para poder diferenciarlas de las mujeres honorables, y evitar así enojosas confusiones.

Por otra parte, ya lo había afirmado San Agustín: "Expulsad las cortesanas y enseguida las pasiones lo confundirán todo, ya que llevan una vida impura, pero las leyes del orden les asignan un lugar, por más vil que sea" (claro que San Agustín era un santo bastante tolerante, que escribió: “Señor, hacedme casto, pero aún no”). También se afirmaba galantemente que "la mujer pública es en la sociedad lo que la sentina en el mar y la cloaca en el palacio. Quita esa cloaca y todo el palacio quedará infectado".

Esta relativa tolerancia estimuló el “comercio”, floreciendo los intermediarios que lucraban con la prostitución. Alfonso X el Sabio, con su manía legisladora, clasificó así a estos individuos en sus Partidas:


“Y son cinco maneras de alcahuetes, la primera es de los bellacos malos que guardan las putas que están públicamente en la putería, tomando su parte de los que ellas ganan, la segunda es de los que andan por trujamanes que de ellos reciben; la tercera es cuando los hombres crían en sus casas cautivas u otras mozas a sabiendas porque hagan maldad de sus cuerpos, tomando de ellas lo que así ganaren, la cuarta es cuando algún hombre es tan vil que él mismo alcahuetea a su mujer; la quinta es si alguno consiente que alguna mujer casada u otra de buen lugar haga fornicio en su casa por algo que le den, aunque no ande él por trujamán entre ellos. Y nace muy gran daño de estos tales pues, por la maldad de ellos, muchas mujeres que son buenas se vuelven malas, y aun las que hubiesen comenzado a errar, hácense por el bullicio de ellos peores.“

La definición, como se ve, abarca desde el “chulo” o “cafisho” de hoy hasta el posadero comprensivo, pasando por el “cabrón” clásico.

Los que la pasaban comparativamente peor eran los homosexuales, denigrados y perseguidos literalmente a muerte. El omnipresente Alfonso el Sabio los fulmina en las Partidas:

“Sodomitico dizen al pecado en que caen los omes yaziendo unos con otros contra natura, e costubre natural. E porque de tal pecado nacen muchos males en la tierra, do se faze, e es cosa q[ue] pesa mucho a Dios con el [...] Queremos aquí dezir apartadamente deste [...] e quien lo puede acusar, e ante quien. Et que pena merescen los fazedores e los consentidores.

Lei I. Onde tomo este nome el pecado que dize sodomitico, e quantos males vienen del. Sodoma, e Gomorra fueron dos ciudades antiguas pobladad de muy male gente, e tanta fue la maldad de los omes que bivian en ellas q[ue] porq[ue] usavan aq[eu]l pecado q[ue] es contra natura, los aborrecio nuestro señor dios, de guisa que sumio ambas las ciudades con toda la gente que hi moraba [...] E de aq[ue]lla ciudad Sodoma, onde Dios fizo esta maravilla tomo este nombe este pecado, que llaman sodomitico [...] E debese guardar todo ome deste yerro, proque nacen del muchos males, e denuesta, e deffama así mismo el q[ue] lo faze [...] por tales yerros embia nuestro señor Dios sobre la tierra, hambre e pestilencia, e tormentos, e otros males muchos que non podria contar


Lei II. Quien pude acusar a los que hazen el pecado sodomitico, e ante quien, e que pena merecen aver los sacedores del, e los consentidores. Cada uno del pueblo puede acusar a los omes que hiziessen pecado contra natura, e este acusamiento puede ser hecho delante del judgador do hiziessen tal yerro. E si le fuere provado deve morir: también el que lo haze, como el que lo consiente [...] fueras ende, si alguno dellos lo oviere a hazer por fuerça, o fuesse menor de catorze años [...] non deve recebir pena, porque los que son forçados no son en culpa, otro si los menores non entienden que es tan gra[ve] yerro como es aquel que hazen. Esta misma pena deve aver todo ome, o toda muger, que yoguiere con bestia, deven de mas matar la bestia para amortiguar la remembrança del hecho”


En el Fuero Juzgo se los trata aún más expeditivamente: “Establecemos en esta ley que cualquier hombre, lego o religioso, de linaje grande o pequeño, que fuere probado que hiciese el pecado contra natura, el príncipe o el rey los mande castrar de inmediato.” Este castigo, añadirá el Fuero Real, se hará en público, y el condenado quedará colgado de las piernas hasta que muera.

No cabe duda que hemos progresado: hoy se casan ante oficial público, con flores, lluvia de arroz y beso nupcial ante la TV.

Los dejo con esta nota optimista. Y advierto que, por motivos de viaje, la próxima entrega será a mediados de diciembre. Un abrazo



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lunes, 31 de octubre de 2011

CATON EL REACCIONARIO


Existen sujetos tozudos, pero a mi entender Catón se lleva la palma. Supongo que desde su nacimiento en Tusculum, a 25 km de Roma, en el año 234 AC fue un chico de carácter difícil.
Eran tiempos de transición, en los que Roma todavía conservaba las características austeras y bélicas que le permitieron anexarse toda Italia, pero ya despuntaban las costumbres que a la larga ocasionaron su decadencia. Sobre todo en el campo (y la familia Catón vivía en la campiña) aún se dedicaban al trabajo de la tierra como sus antepasados, alternándolo con la milicia. Esclavos, pocos, por lo que desde niños se deslomaban con la azada y de adolescentes hacían de soldados de tiempo parcial. Con esta vida no les quedaba tiempo ni energía para vicios, y crecían fuertes, sanos y brutos. También frugales, ahorrativos (avaros, vamos) y bastante analfabetos.

La cultura se limitaba a hacer rendir la tierra y a los esclavos, mantener sujetas a las mujeres y atemorizar a los pueblos vecinos, para conquistar más tierra para trabajar y hacerla rendir, etcétera. Esas eran las antiguas virtudes romanas en las que el pequeño Catón fue educado y a las que adhería firmemente.

Este joven fornido, rubio y de ojos azules (cosa rara para un romano) comenzó haciéndose una fama como negociador en los pleitos de la comarca. Agresivo, honrado, mordaz, orador vehemente, adquirió experiencia en manejar asuntos civiles y administrativos.

Ingresó al ejército a los diecisiete años. Valiente y, sobre todo, frugal y aguantador, ardiente en el ataque, insultaba a gritos, enfurecido, a sus adversarios.

Y así hubiera quedado, como un destacado abogado de provincias y ciudadano ejemplar si no hubiese recibido la indispensable ayuda o “palanca” de un vecino, noble y con influencias. Valerio Flaco apreció sus virtudes y lo instó a trasladarse a Roma. Bajo su patronazgo, comenzó Catón la clásica carrera política. Fue sucesivamente tribuno, cuestor y, ya con el franco apoyo de Valerio, se hizo de una fama y fue elegido para las más altas magistraturas, como cónsul y finalmente censor.

Como censor encontró el cargo que más se adecuaba a su carácter. Era el censor el encargado de velar por la moral pública, comprobar que los funcionarios se mantuvieran honorables y de acuerdo a las famosas “virtudes romanas” ya mencionadas, y eventualmente castigar con multas o sanciones más graves a quienes no hicieran caso de sus reprimendas. El empleo justo para el cascarrabias de Catón. Cierto es que muchos de los censores electos hacían poco caso de sus atribuciones, se limitaban a sentarse cómodamente en el senado y no se metían con nadie. Vivir y dejar vivir. Censores simpáticos y poco molestos. Catón, no. Malhumorado como era, ya antes de llegar a censor comenzó a atacar al ilustre general y héroe de guerra, Escipión.

Escipion el Africano
No podían darse figuras más opuestas. Escipión, noble (Catón era plebeyo), culto (Catón desconfiaba de la cultura), despilfarrador (Catón era avaro), admirador de La cultura griega (Catón la aborrecía; opinaba que arruinaba el carácter). Lo cierto es que Escipión, actuando como general, había permitido a sus tropas ciertas licencias y ¡horror! había repartido dinero para que se divirtieran. El estricto moralista de Catón estalló en santa ira y siguió, machacando y machacando, hasta que se envió una comisión investigadora al dandy de Escipión. Un enemigo de por vida.

Muchas fueron las oportunidades en que Catón mostró lo que era. En una ocasión dijo por ejemplo en pleno senado: que “en toda su vida, de tres cosas solamente había tenido que arrepentirse: primera, de haber confiado un secreto a su mujer; segunda, de haberse embarcado para un viaje que pudiera haber hecho por tierra, y tercera, de haber pasado un día sin hacer nada”. Simpático, el muchacho.

En tiempos de crisis, se había dictado una ley que restringía el derroche femenino. Estaban prohibidas las joyas auténticas, los adornos de oro, vestidos costosos y viajes en litera para trayectos cortos (taxi para 10 cuadras, por ejemplo). Las mujeres soportaron durante un tiempo, pero al fin se rebelaron. Marchas de protesta, interpelaciones a los senadores en plena calle, un escándalo total para exigir la derogación de la ley. Veamos la opinión de Catón en el senado, según nos la transmite Tito Livio:

“¿Qué forma es ésta de precipitaros fuera de vuestras casas, bloquear las calles e interpelar a unos hombres que no conocéis? Cada una de vosotras podría haber formulado esta demanda en su casa, ante su marido
¿Corresponde a una mujer saber si una ley es buena o no?... ¿Qué no intentarán luego si consiguen esa victoria? ¿Y por qué esta revuelta? ¿Acaso para suplicar que rescaten a sus padres, maridos o hijos, prisioneros en Cartago? No, es para brillar con oro y púrpura y para pasear en sus carros; para que no haya límite a nuestros gastos ni a la profusión de lujo".
"Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de su propia casa, no hubiéramos llegado a este punto. Ahora, henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en familia, nos la está destruyendo también en el Foro. Recordad lo que nos costaba sujetar a las mujeres y frenar sus licencias cuando las leyes nos permitían hacerlo. E imaginad qué sucederá de ahora en adelante, si esas leyes son revocadas y las mujeres quedan puestas, hasta legalmente, en pie de igualdad con nosotros. Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestros iguales. Al final veremos esto: los hombres de todo el mundo, que en todo el mundo gobiernan a las mujeres, están gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por las mujeres: los romanos."
Pese a esta diatriba (que más de uno suscribiría hoy día con entusiasmo), la odiada ley fue derogada. Las mujeres, para celebrar su éxito desfilaron en procesión por las calles de la capital luciendo las joyas y los vestidos más voluptuosos posibles, los cuales eran por fin legales

Finalmente, el famoso asunto Cartago. Desde que Roma tomó preponderancia, existió una sorda competencia con Cartago por el dominio del mediterráneo. Cartago era, desde siempre, una fuerte potencia naval situada incómodamente cerca de Roma. Ésta pretendía el monopolio del comercio, y cuando se hizo fuerte militarmente emprendió una seria campaña propagandística contra su rival. Los cartagineses eran crueles, su gobierno despótico y traicionero, sus dioses aborrecibles y constituían una amenaza para Roma. Todo o gran parte inventado, como preparación para una guerra “justa”.
No se atribuyeron a Cartago armas de destrucción masiva ni bacteriológicas porque eso estaba reservado a siglos posteriores. El resultado fue previsible; guerra. Fueron dos, en realidad, y se las conoce como guerras púnicas. Ambas las ganó Roma, imponiendo a los vencidos unas condiciones durísimas. Prácticamente Cartago quedaba anulada, sin naves, sin murallas ni ejército.

Pero Catón no estaba satisfecho. Portavoz del militarismo imperialista más extremo, insistía en que se debía acabar con la existencia de Cartago. Todos sus discursos en el senado, cualquiera fuese el tema de que tratasen, los terminaba con la frase: "Ceterum censeo Carthaginem esse delendam" (Además, opino que Cartago debe ser destruida).

Logró su propósito: hubo una tercera guerra púnica, Cartago fue arrasada, su población trasladada y su emplazamiento arado y sembrado con sal para consagrarlo a los dioses infernales. Catón, feliz.

Catón contrajo matrimonio con una aristócrata romana con quien tuvo un único hijo. No obstante, y pese a su estricta moral que lo llevó a degradar a un magistrado por haber besado a su esposa en presencia de una hija, a la muerte de su primera esposa Catón se volvió un viudo alegre y, a pesar de encontrarse en una edad muy avanzada, tomó una nueva esposa de entre sus esclavas con edad casadera. La elegida por el anciano fue una joven de gran belleza, con la que tuvo un hijo (¡bravo, vejete!). El hijo de su primer matrimonio retiró a su padre la palabra.

Con este final de comedia me despido hasta el 15 de noviembre. Hasta entonces.


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