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histonotas: 1/09/08 - 1/10/08

martes, 30 de septiembre de 2008

CARLOS EL HECHIZADO

Esta es la historia de un pobre infeliz contra quien se encarnizó en primer lugar la naturaleza, luego la ignorancia, seguida del fanatismo y la estupidez de sus semejantes. Se llamaba Carlos, y era rey de España.

Empecemos por el papá. Felipe IV, a quien llamaban el rey planeta (no sé por qué), merecería haberse llamado el rey estatua. Consideraba por debajo de su dignidad bajar la vista, por lo que hablaba y caminaba mirando siempre al frente y arriba. Con esa forma de caminar, ante cualquier obstáculo corría riesgo de dar con su real cuerpo al suelo.
Leamos lo que dice de él un viajero francés:

“Usa de tanta gravedad, que anda y se conduce con el aire de una estatua animada. Los que se acercan aseguran que, cuando le han hablado, no le han visto jamás cambiar de asiento o de postura; que los recibía, los escuchaba y les respondía con el mismo semblante, no habiendo en su cuerpo nada movible salvo los labios y la lengua.” Mucha gravedad, sin duda. Estaba grave.

Parece ser que abandonaba su posición majestuosa en cuanto se acercaba a una mujer bonita. Ahí dejaba de ser una estatua animada y entraba en acción. Lo hizo con 50 amantes conocidas, con una producción de al menos 20 bastardos. Por lo visto, su gravedad le impedía tomar precauciones. Eso sí, todo un caballero, a sus ex amantes las metía a monjas para que no anduvieran divulgando cosas privadas. Ocupado en esos menesteres, fue un pésimo gobernante, pero tuvo la suerte de ser contemporáneo de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Velázquez y otros. Gracias a eso se lo recuerda como un gran rey.

En el tema matrimonio estaba, como todos los reyes, obsesionado por tener un hijo varón. Legítimo, se entiende; de los otros tenía a montones, pero no heredaban. Se casó, vino el varón (mas seis mujeres), pero duró poco (la mortalidad era tremenda en esa época). Como también había muerto su esposa, se volvió a casar. Si hubiese sabido el resultado, se hubiera quedado viudo. Vuelta a poner en marcha la producción: dos nenas (una de ellas es la hermosa infanta que protagoniza el cuadro Las Meninas) y tres varones. De estos se murieron dos y quedó el peor.


Y ahora vamos al personaje que nos ocupa. Todos los que conocieron a Carlos, el futuro rey, desde su nacimiento sólo sintieron asco por él y, si eran de buen corazón, también lástima. Nació raquítico, feo a más no poder, cabezón (hidrocefálico) y mentalmente deficiente. Tan lamentable era su aspecto que no se lo mostraba en la corte, ni se le dio ninguna educación porque, además del déficit mental, todos le pronosticaban corta vida, por lo que no valía el esfuerzo. Lo que el niño hacía con ganas era mamar. Catorce robustas nodrizas se encargaron de su alimentación láctea hasta los cuatro años de edad, fecha en que murió su padre (con qué tranquilidad de espíritu habrá fallecido sabiendo que dejaba esa joya de heredero). Echaron entonces a las nodrizas porque avergonzaba un rey de España mamón a esa edad.

En cuanto al resto de sus cualidades, todas en el mismo nivel. Como no se podía mantener en pie, encargaron al sastre unos gruesos cordones parar sostenerle mientras recibía a los embajadores extranjeros. Aprendió a andar a los seis años, a hablar a los diez, hasta los doce no supo leer y no se vio capaz de escribir –aunque fuese solo su firma: "Yo, el Rey"– hasta los quince años.
A medida que fue creciendo, no mejoraba física ni mentalmente. "Asusta de feo", apuntó un embajador en una carta a su soberano. Enclenque, de piel macilenta, ojos huidizos y nariz ganchuda que casi tocaba el labio. Heredó el prognatismo y el belfo caído de la familia. Nunca pudo masticar en condiciones, lo que, unido a sus delicadas digestiones, le condenaron a padecer vómitos continuos y una diarrea crónica. Para visualizar el cuadro, los pintores nos han dejado retratos que, es de suponer, lo favorecen, con lo que puede imaginarse el original

Desde los cuatro años, en que falleció su padre, hasta los quince, fue considerado menor de edad, ejerciendo su madre la regencia; una mujer beata, ignorante de las tareas de gobierno, autoritaria y apoyado en sucesivos favoritos.

Carlos, en su menguada inteligencia, tenía conciencia de que debía dejar descendencia (infortunadamente, nadie se animó a contradecirlo), de modo que se planteó el tema del casamiento. La “afortunada” elegida fue María Luisa de Orleáns, joven y hermosa sobrina de Luis XIV. Es de presumir que la chica estaba prevenida, porque no mostró mucho entusiasmo con el enlace, al contrario de Carlos, que ya era Carlos II, enamorado de su esposa hasta donde le daban sus capacidades.

Lo que era de suponer: pasaba el tiempo, y de hijos nada. Comenzaron los rumores culpando, por supuesto, a la reina. Mientras tanto, la pobre aludida dale con peregrinaciones, dietas y amuletos, sin resultado. Falleció, cargando, por supuesto, con la fama de infertilidad.

A partir de la muerte de su primera esposa, la salud de Carlos (tenía entonces 28 años) comenzó a empeorar. El embajador de Inglaterra escribió:"Padecía con frecuencia unos temblores que los médicos llaman convulsivos, los cuales comprendíéndole todo el cuerpo, le dejaban sumamente fatigado. A esto hay que unirle que a ratos sentía un interior desfallecimiento como si se fuera a desmayar".

Pese a todo, a casarse de nuevo. Esta vez eligieron a Mariana de Neoburgo, una señorita más bien fea, de mal carácter, con linaje de segunda, pero con una importante cualidad: su madre había tenido veintitrés hijos. Pasaron los meses, la nueva reina tampoco paría, y empezaron las verificaciones científicas. Primero: ¿se había consumado el matrimonio? A revisar a la reina: no era virgen. Por ese lado, todo estaba en orden. ¿Sería culpa del rey? Imposible (¡había que ser obsecuente!)

Los madrileños, que no necesitan mucho acicate, sacaron una copla:

“Tres vírgenes tiene Madrid: la de Atocha, la Almudena, y la Reina Nuestra Señora.”
Como se ve, ya le habían tomado el pulso a la cosa. No creían en las revisaciones.

La ciencia no daba solución. Se recurrió entonces a la religión (o a la superstición que pasaba por religión). ¿No es sabido que Satanás tiene, con el permiso de Dios, potestad para perjudicar a los humanos? ¿No estaría el rey bajo algún hechizo? Bastaba con mirarle a la cara.

Fray Froilán, confesor del rey, tuvo una brillante idea. Sabía que había un grupo de monjas que se decía estaban endemoniadas, y que por su boca hablaba el mismísimo diablo. ¡Se le podría intimar al diablo a través de ellas para que revelase el hechizo del rey y su remedio! Hay que decir en salvaguarda del clero que cuando fray Froilán fue a pedir permiso a su obispo éste lo echó con cajas destempladas. Desobedeciendo a su obispo, el tozudo fraile recurrió al sacerdote que custodiaba a las monjas endemoniadas para que se prendiera sobre el pecho un papel con los nombres de Carlos y de su esposa, y preguntase al diablo si alguna de aquellas personas estaba posesa. Ni corto ni perezoso, el cura puso la mano de una de las pretendidas posesas sobre el altar y conjuró al diablo a responder:La posesa, con una voz de ultratumba, respondió:
"El hechizado es el rey Carlos. El hechizo le vino a los catorce años, y le vino con una bebida, que al tomarla destruyó en él la materia de la generación y la capacidad de administrar el reino."
El remedio que propuso el sacerdote para acabar con el maleficio fue que el rey tomase en ayunas un vaso de aceite bendito. El rey, a espaldas del obispo, fue informado de ello y accedió a tomar el remedio prescrito. Ya mencionamos la debilidad de la mollera real
Como la cosa no parecía mejorar, se le exigió al diablo nuevas consultas.

"Precediendo juramento del demonio por el Santísimo Sacramento, le pregunté en qué había dado el hechizo al rey. Respondió: en chocolate a 3 de abril de 1765. Preguntéle de qué se había confeccionado. Respondió: de los miembros de un hombre muerto. Pregunté: ¿Cómo? Respondió: de los sesos de la cabeza para quitarle el gobierno; de las entrañas para quitarle la salud y de los riñones para corromperle el semen e impedirle la generación. Los remedios de que necesita el Rey, prosiguió Lucifer, son aquellos mismos que la iglesia tiene aprobados. Lo primero darle el aceite bendito en ayunas. Lo segundo ungirle con el mismo aceite todo el cuerpo y cabeza. Lo tercero darle una purga en la forma que previenen los exorcismos y apartarle de la reina... ni verla, ni verle."

Ante la falta de resultados (el pobre rey, untado de aceite y purgado, seguía sin poder preñar a la reina, y además ahora padecía de impresionantes cólicos) se volvió a consultar repetidamente al diablo, hasta que éste perdió, la paciencia, que siempre la tuvo escasa, cortó la línea directa y se negó a hacer más declaraciones, asegurando que Carlos estaba sano y que cambiaran su médico, que le mudaran los colchones y la ropa de la cama y le sacaran de Madrid. Por una vez dijo la verdad.

Enterado el pueblo de estos manejos, como siempre ocurre, le colgó al pobre Carlos el mote de “el hechizado”, que aún conserva.

Al correrse la voz aparecieron más endemoniados y videntes que se decían enviados por el diablo para diagnosticar al rey. Se lo sometió a prácticas semiexorcizantes que, por supuesto, no consiguieron otra cosa que a su débil salud física se añadiera una nueva debilidad mental, pues por la noche cuando se despertaba y vagaba por los oscuros pasillos de palacio, el infeliz monarca ya sólo veía demonios y horribles figuras que, como espantosas gárgolas, le aterrorizaban.

A todo esto, quien se iba al diablo era el reino, que, en medio de guerras perdidas, crisis económicas, inflación desbordante y concesiones diplomáticas a Francia, estaba sumido en el más absoluto desgobierno. Hubo noches en que en la despensa de Palacio sólo había huevos para comer. Se sucedían los favoritos (el rey era incapaz de gobernar) disputaban la reina con la madre del rey, ambas autoritarias, y las flotas de Indias no alcanzaban ni a cubrir las deudas más apremiantes.

Se hundía vergonzosamente la dinastía de los Austria, fundada 200 años antes por el temido Carlos I, dueña de un imperio que terminó por arruinarla.

El último Carlos de los Austria falleció en noviembre de 1700, sin sucesión. Pese a su testamento, que fue prolijamente ignorado, hubo necesidad de una guerra para dar un nuevo rey a España. Este fue Felipe V, nieto de Luis XIV (figuraba en todas este hombre) con quien se inició la dinastía de los Borbones que aún perdura en la Peninsula.

Como explicación del hechizo transcribo el informe de la necropsia del rey, realizada por el médico real por simple curiosidad (ya a nadie le importaba):

"El corazón del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenosos, en el riñón tres grandes cálculos, un solo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua".

Lucifer tenía razón, finalmente.
Espero que les haya gustado. Hasta el 15 de octubre, amigos.

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lunes, 15 de septiembre de 2008

EL CONDE DE MONTECRISTO - UNA RESEÑA


No escarmiento, es inútil. No hace mucho atenté en varios posts contra los múltiples y solidarios Mosqueteros. Para seguir atormentando inmerecidamente el espíritu de Alejandro Dumas amenazo ahora con rememorar otro de sus mundos imaginarios.

Veremos cómo, de casi nada, Dumas construyó una imperecedera (y voluminosa; 433.500 palabras, según Word) obra maestra.

Según cuentan, el Maestro se propuso escribir una novela de acción para la cual sólo tenía el título. Se obstinó en “El Conde de Montecristo”, pero ni idea del argumento.

Y aquí viene el genio en acción. Un día, leyendo las memorias de un ignorado Jacques Peuchet (realmente, Dumas leía cualquier cosa) se topó con una referencia casi perdida acerca de un zapatero François Picaud que, en 1807, se iba a casar con una acaudalada señorita cuando, por pura envidia y maldad, algunos amigos (¿?) lo denunciaron como espía. Allá fue el inocente Picaud a la cárcel sin proceso ni esperanzas. Con el tiempo, un compañero de prisión, sintiéndose morir, decidió hacer su buena obra final y confió a Picaud la existencia y ubicación de una enorme riqueza, de origen desconocido, que había escondido antes de caer preso. Dicho esto, murió, suponemos que aliviado.

Picaud terminó su condena, o se fugó, o cambió el gobierno (no tengo información, supongan lo que quieran) y le faltó tiempo para reunirse con la fortuna, cambiar de identidad y aparecerse en París para vengarse prolijamente de los canallas que lo habían calumniado.

Con esto le bastó a Dumas para inventar un complejo y riquísimo argumento, pegarle lo de Montecristo al idear el tesoro escondido en una isla de dicho nombre (pequeñísima y casi ignorada isla rocosa) y encargar a su habitual colaborador, Auguste Maquet, que escribiera un borrador de novela sobre ese argumento. Maquet escribió (frondosamente, porque se cobraba a tanto la página), Dumas corrigió, reescribió con su estilo brillante y allá salió la novela, creada de una oscura referencia. Dumas pagó a Maquet (y ni lo mencionó, ignorándolo por completo para la fama). Maquet se embolsó una buena suma pero no le bastó, quería “la gloire”. Como Dumas se la negó, quedaron como perro y gato (ver mis posts anteriores sobre Los Tres Mosqueteros).

Para quienes sólo la conocen de oídas: ¿de qué trata El Conde de Montecristo?

Para empezar, Dumas modificó al zapatero haciéndolo muy joven y marino, lo llama Edmundo Dantes y lo ubica en Marsella. La envidia de los falsos amigos hace que lo denuncien como partidario de Napoleón, un pecado horrible en esa época, y vaya a parar a la cárcel. Todo se complica aún más porque el juez, para no verse involucrado, lo clasifica como peligroso terrorista y ordena que lo recluyan indebidamente en el castillo de If, prisión de máxima seguridad.

Bueno, en esa época los presos “peligrosos” no salían ni a tomar aire, pero Dantés se las ingenia para ponerse en contacto con otro preso, el abate Faría, quien le toma cariño, lo instruye en múltiples ciencias y finalmente le revela, de buen tipo que era, la existencia de un inmenso tesoro enterrado en la isla de Montecristo.

(Como Dumas, de puro anticlerical, hace provenir al tesoro de las rapiñas y asesinatos del papa Alejandro VI Borgia, la Iglesia se enojó y prohibió la lectura del Conde de Montecristo a los fieles.)

La última colaboración de Faría consiste en morirse, con lo que Dantés queda como único pretendiente al tesoro (Alejandro VI, oportunamente, murió en 1503) lo único que le faltaba a Dantés era escaparse, cosa que hace con la colaboración post mortem del abate Faria. (No les digo cómo. Lean el libro). Había caído preso a los 19 años. Entre cavar túneles, hacer el curso acelerado de ciencias varias con Faría y masticar rabia, habían pasado 14 años hasta su huída.

Libre ya y con un minucioso plan de venganza, Dantés pasa por la isla de Montecristo, encuentra fácilmente el tesoro según instrucciones recibidas, se sirve unos millones para gastos menores y desaparece.

Y aquí entra en escena un personaje que se hace llamar conde de Montecristo. Indescifrable, calculador, lleno de miradas significativas, rico como un jeque petrolero, culto y refinado, se instala en el París de 1830 ostentando un tren de vida espléndido rodeado de curiosos servidores y de una hermosísima princesa griega que presenta como su esclava.

Hasta los lectores más inadvertidos (pero no los personajes del relato, por supuesto) se dan cuenta al momento que; a) se trata de Edmundo Dantés en plan de venganza refinada y; b) al final de la novela se casará con la griega.

El resto del abultado libro desarrolla las intrigas de Montecristo para destruir a los malos y premiar a los buenos. Según expresa el protagonista “…lo más bello y grande que puede hacer un hombre es recompensar y castigar” y también “…soy el instrumento del Señor”. Con esas ideas maniobra durante cuatro años de fingimiento hasta que los pillos reciben refinada e inexorable venganza y los buenos en desgracia recobran la felicidad y prosperidad, corrigiéndose los errores del destino.

Y sí, se casa con la griega.

Comentario: si esto les parece el argumento de un culebrón o telenovela, están en lo cierto. Pero hay una diferencia fundamental: está magistralmente escrito. Nunca una telenovela o, si vamos al caso, una película, podrá desarrollar un argumento tan rico con personajes tan bien definidos con pocos trazos, con semblanzas de la época tan realistas. Lo intentó (hubo muchas películas, series y telenovelas), pero los resultados fueron de regulares a funestos, y ni se pueden comparar con el original. Como en todas sus novelas, Dumas enseña mientras relata la historia. Nos lleva de la mano e insensiblemente a compartir la vida de los parisienses de clase alta (vida que conoció muy bien, pues tenía ya 28 años en la época en que ubicó su novela) y nos deja con la sensación de haber leído una hermosa historia. Si aún no leyeron el libro, se los recomiendo sin reservas. Se le notan un poco los años y, por supuesto, no hay escenas crudas ni, mucho menos, porno, pero generalmente quien lo empieza no puede parar hasta terminarlo. Dumas era un maestro, no hay caso.

Como vieron, esta vez no aludo a hechos o individuos chocantes o escandalosos. Fue un paréntesis, porque en la próxima pienso volver a las andadas. Hasta el treinta de este mes.




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