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histonotas

jueves, 16 de septiembre de 2010

ALEJANDRO MAGNO – UN DESCONCERTANTE MUCHACHO


Venía de una familia irreprochable: su madre Olimpia es descripta como una mujer violenta, neurótica y supersticiosa de quien se dice que tenía alucinaciones autoinvocadas, nada menos. Sostuvo e hizo creer hasta a su hijo y al mundo que el verdadero padre de Alejandro era el dios Zeus – Amon, o bien Dionisos, quien la había visitado una noche en forma de serpiente, introduciéndose así en el lugar apropiado. Sin comentarios. Freud hubiera tenido mucho que decir. En defensa de Alejandro, y luego de ella misma, devino en poco menos que asesina serial. La lista de sus crímenes es amplia y variada. Cabe aclarar que en esa época y en el reino de Filipo y Alejandro el asesinato constituía una sana costumbre.
OLIMPIA
Sea como sea, luego de la muerte de Alejandro actuó como regente de Macedonia, asesinatos mediante, hasta que la mataron a pedradas.
Una dulce historia.

Su padre Filipo, por su parte, merecería un extenso post. Se dice que mató a su madre, una peligrosa arpía, se casó con Olimpia cuando ésta oficiaba de prostituta sagrada en el templo de Samotracia, y con gran inteligencia, astucia y crueldad transformó Macedonia, su patria, de estado insignificante en potencia dominante de Grecia.
FILIPO II
A los macedonios se los consideraba (con razón) bárbaros incivilizados y a Filipo en particular (según Demóstenes) “no sólo no es griego, ni está relacionado con los griegos sino que ni siquiera es un bárbaro de cualquier parte que pueda nombrarse con honor, sino un pestilente bribón de Macedonia, de donde nunca fue posible adquirir un esclavo decente”.

Sin embargo, este “pestilente bribón” formó un formidable ejército, revolucionó las armas y tácticas de guerra y despojó a Atenas de las productivas minas de oro del monte Pangeo.
Por medio de traición, casamientos (se casó siete veces, nada menos), asesinatos o guerra sin piedad, repleto de oro, con un ejército imbatible, generales experimentados y con Grecia a sus pies, Filipo se hizo nombrar rey de Macedonia (usurpador, por supuesto; ya que había un rey niño legal, y Filipo era el regente) y se preparó para cruzar al Asia Menor e invadir Persia, un bocado enorme.
Surgió entonces un inconveniente insalvable. Lo mataron. No quedó claro quién fue el instigador (por supuesto, se habló de Olimpia) pero ya existía un reemplazante. Su hijo Alejandro, de 20 años y ya con experiencia de mando militar desde dos años antes.

Año 336 A.C. Entra en acción Alejandro, extremadamente arrojado, amado por el ejército y soberbio táctico, que supo rodearse de los experimentados generales de su padre.
ALEJANDRO III MAGNO
En cuanto a su aspecto, era de hermosa presencia, más bien retacón, con cutis blanco, cabello ondulado de color castaño claro y ojos de distinto color, uno marrón y el otro gris. Supongo que su mirada confundiría a sus adversarios.
Cuando Filipo decidió educar a Alejandro, le asignó como tutor al filósofo Aristóteles, lo mejorcito que había entre profesores privados. El respeto entre maestro y alumno se mantuvo con los años, pero los resultados constituyen un serio cuestionamiento hacia la eficacia de la filosofía. Alejandro siguió siendo moralmente una bestia hasta su muerte.

Omito los usuales asesinatos y destrucción de ciudades cometidos para afirmarse en el poder. Con las espaldas cubiertas, cruzó el Helesponto (estrecho de los Dardanelos) y penetró en Asia Menor. Un loco desafío contra Persia: 30.000 hombres contra los cientos de miles que le opondrían el rey Darío III y sus aliados. Aparentemente, un suicidio. No tiene víveres suficientes, por lo que para aprovisionarse con el presunto botín está obligado a presentar batalla en el río Gránico, cerca de Troya, contra sátrapas (gobernadores) locales y un fuerte contingente de mercenarios griegos. Vence, y alivia su precaria situación, fortaleciéndose en el norte del país. Quedaron 4.000 muertos persas y auxiliares.

A partir de ese triunfo relativamente modesto, se suceden avances, toma de ciudades y batallas cada vez más cruentas. Los persas comienzan a respetar a Alejandro y le envían ejércitos cada vez más poderosos. Aplastante triunfo de Alejandro contra el rey Darío en Issos, con lo que le quedó abierto el paso hacia Fenicia y Egipto. Ocupó Tiro y Gaza. Invadió Egipto, donde se hizo consagrar como faraón e hijo de Amon. Esto nos indica que, o bien era un astuto político o bien ya estaba empezando a perder la chaveta. En Egipto fundó la ciudad de Alejandría, en su propio honor. Fueron 50 las ciudades que fundó con su nombre en honor de sí mismo.

Darío empezó a vérsela complicada, por lo que pidió condiciones de paz. La respuesta de Alejandro fue la batalla de Gaugamela, donde masacró al ejército de Darío, quien huyó tan de prisa que se olvidó a su familia en el campamento. No se preocupen por Darío. Lo asesinaron poco tiempo después.

GAUGAMELA - HUÍDA DE DARÍO

Con el terreno libre, Alejandro se dio a ocupar ciudades. Babilonia, Susa, Ecbatana y Persépolis, a la que incendió de pasada. Además, muerto Darío, Alejandro se consideró su sucesor, estableciendo una corte de tipo oriental y exigiendo entre otras cosas que le rindieran honores postrándose ante él. Los generales griegos empezaron a refunfuñar.

Ya en plan de rey asiático, comenzó a casarse con princesas persas (tres), entre ellas con Estatira, la hija olvidada por Darío. Con respecto a sus preferencias sexuales, era bastante ambiguo el hombre. Ya desde adolescente, sus padres empezaron a preocuparse ante su falta de interés y, clásicamente, contrataron una prostituta para que lo zarandeara.
Quedó bastante confuso, ya que en su vida se relacionó con varias mujeres, pero también tenía intensas relaciones homosexuales. Solía disfrazarse de Afrodita en sus orgías lo que motivó que el filósofo Diógenes lo amonestara en una carta (¿apócrifa?) diciendo: «Si quieres ser hermoso y bueno, arroja ese trapo que tienes sobre tu cabeza y ven con nosotros. Pero no serás capaz de hacerlo, dado que estás dominado por los muslos de Hefestión». Más claro imposible. A Hefestión lo terminó matando durante una borrachera. Se arrepintió, lo lloró durante seis días y lo reemplazó por Bagoas, un eunuco.

Dueño de Persia, a este desconcertante muchacho se le ocurrió seguir hacia la India. Llevó su ejército (ya muy mezclado con persas, egipcios y de todo un poco) hasta lo que hoy es Pakistán. Ganó una difícil y sangrienta batalla, y la suerte comenzó a abandonarle, empezando por su caballo, el famoso Bucéfalo, que se murió. Luego los soldados se negaron a seguir adelante con ese disparate (con lo que nos entra la duda si seguían a Alejandro o a Bucéfalo) y el conquistador tuvo que pegar la vuelta a regañadientes.

El 13 de junio del 323 AC, Alejandro murió en el palacio de Nabucodonosor, en Babilonia. El 2 de junio, tras una tremenda borrachera, se sintió enfermo. Lo llevaron al lecho y ya no se levantó. El 12 de junio, los generales decidieron dejar pasar a los soldados para que vieran a su rey vivo por última vez, de uno en uno. Ya que el rey estaba demasiado enfermo como para hablar, les hacía gestos de reconocimiento con la mirada y las manos. El día después, Alejandro ya estaba muerto.

La causa de su muerte aún se discute. Las hipótesis más mencionadas son:

Veneno (posiblemente estricnina). Muchos deseaban la muerte de Alejandro, por diversas y justificadas razones;
Paludismo:
Malaria;
Fiebre tifoidea, complicada con una perforación intestinal;
Una medicación equivocada (mala praxis ¡seguro!)
Lo cierto es que Alejandro se daba a cualquier clase de bebida en forma entusiasta, y tenía la salud arruinada.

A su muerte, sus generales se enzarzaron en batallas por la herencia de semejante imperio, terminado por disgregarlo y quedarse cada uno con una parte.

Un breve análisis ¿qué se proponía Alejandro con esa fiebre de conquistas? Los que lo admiran (y son muchos, empezando por Julio Cesar, Aníbal, Napoleón y otros) le adjudican un ideal de llevar la cultura griega al mundo, unificando la humanidad en el sistema democrático de Grecia y acabando con las tiranías orientales. De ser esto cierto, Alejandro habría sido un precursor de George Bush, quien con las mismas excusas estuvo siguiendo sus pasos con menor éxito en Irak, Afganistán y por poco Iran (antigua Persia). ¿Le habrán atribuído a Darío III armas de destrucción masiva o bacteriológicas?

Lo cierto es que los proyectos que dejó Alejandro, según su supuesto testamento son estremecedores:

• Completar la pira funeraria de Hefestión;

• Construir «mil barcos de guerra, más grandes que los trirremes, en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre para la campaña contra los cartagineses y aquellos que viven por la costa de Libia y España y las regiones costeras que se extienden hasta Sicilia»;

• Construir una carretera desde el norte de África hasta las Columnas de Heracles (Gibraltar), con puertos y astilleros alrededor;

• Construir una tumba monumental «que rivalice con las pirámides de Egipto» para su padre Filipo;

• Establecer ciudades y «llevar poblaciones de Asia a Europa y también en la dirección opuesta de Europa a Asia, para traer unidad y amistad al continente más extenso a través de enlaces matrimoniales y la unión familiar

Por suerte, sus sucesores arrojaron los delirantes proyectos al canasto.

Los dejaremos allí hasta el próximo post, a fines de septiembre. Los espero.






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martes, 31 de agosto de 2010

EN BUSCA DE ROMEO Y JULIETA

Comienzo suponiendo que todos mis lectores conocen la trama de Romeo y Julieta. Ya veremos la cantidad de autores que trataron el tema pero, a nuestros fines, nos referiremos a la obra más conocida, el drama de Skakespeare.

Me voy a meter de cabeza en un caso discutido hasta el hartazgo: ¿existieron realmente en Verona los Montescos y los Capuletos, Romeo, Julieta, Mercucio, Tebaldo, Paris, fray Lorenzo, y todo el enjambre de individuos que enumera Shakespeare?

Documentos, registros históricos, crónicas de los contemporáneos y relatos testimoniales no hay absolutamente ninguno. Ningún fraile o abad de la época refirió nada (cosa extraña considerando que los religiosos cubrían el rol de periodistas sensacionalistas de la época).

Lo único que nos regala la historia, son estos versos de Dante Alighieri, en la Divina Comedia, Purgatorio, Canto VI, 76 a 106:

¡Ah esclava Italia, albergue de dolores,
nave sin timonel en la borrasca,
burdel, no soberana de provincias!

Busca, mísera, en torno de tus costas
tus playas, y después mira en el centro,
si alguna parte en ti de paz disfruta.

Ven y ve a Capuletos y Montescos,
Filipeschos, Monaldos, ah, indolente,
esos ya tristes, y estos con recelos!

Dante sólo nombra a Capuletos y Montescos, sin decirnos por qué están tristes. Se está refiriendo al caos en que estaba sumida Italia por las luchas entre güelfos (partidarios del papa) y gibelinos (partidarios del emperador alemán) que se disputaban la supremacía sobre las ciudades italianas. Los Montescos eran de Verona y gibelinos, y los Capuletos de Cremona y güelfos. Un tema eminentemente político.

La Divina Comedia fue escrita entre 1300 y 1315, con lo que podemos estar seguros de que antes de 1315 no había sucedido nada en Verona (ni en otra ciudad) como lo que se cuenta de Romeo y Julieta. Si lo hubiera habido Dante, moralista y chismoso como era, lo hubiese incluido en la Comedia, zambullendo a sus protagonistas en el infierno, por suicidas, por lo menos. Lo único que sabemos de cierto es que en 1300 estaban en conflicto por motivos políticos las dos casas. Es más, hay historiadores que afirman que Capuletos y Montescos no eran apellidos de familias, sino apelativos de facciones políticas.
(A propósito de apellidos, digamos que los apellidos o denominaciones originales no son Capuletos y Montescos sino Cappelletti y Montecchi, literalmente Sombreritos y Montaraces. Llamar a Julieta “Giulietta dei Cappelletti” resulta poco dramático, casi culinario).

Dejemos a Dante. Incrementemos las sospechas. Ya en la antigüedad (siglo III) el griego Jenofonte de Efeso , en su novela Anthia y Abrocomas, relata una leyenda del todo parecida a la que conocemos, por supuesto muchísimo antes de Capuleto alguno.

Luego, silencio de siglos sobre el tema. Y de pronto, una catarata:

Masuccio de Salerno ( Nápoles, 1476). Ampliación de Jenofonte. Traslada la acción a Siena. Los protagonistas, Mariotto y Gianozza sufren idénticas peripecias que los de Shakespeare. Sólo varía el final: Mariotto muere decapitado por la justicia y Gianozza, una vez vuelta en sí, ingresa en un convento, donde muere de pena.

Girolamo della Corte, historiador, en el 1595 relata el asunto como realmente acontecido, recurso este que todos los novelistas y poetas emplean para darle verosimilitud a sus historias.

Luigi da Porto, soldado y novelista italiano, (Vicenza, 1485 – 1529) publica la “Historia novellamente ritrovata di due nobili amanti”. También dice que ha ocurrido realmente, y que se la ha contado un camarada de armas, aunque probablemente se inspire en Masuccio. La hace transcurrir en Verona, en los años 1300 – 1303. La trama es ya similar a la de Shakespeare en todos sus detalles, salvo que al final, mientras Romeo agoniza, despierta Julieta y entablan un diálogo lacrimógeno.

Veinticuatro años después del fallecimiento de Da Porto, un acreditado romancista, el monje dominicano Mateo Bandello, hizo reaparecer en un nuevo libro, compilación de cuentos, el relato anterior, tomado de da Porto, con adiciones de poca monta, y logró pasarlo como de su propia inventiva con gran éxito y difusión. Los plagiarios abundaron siempre.

Enseguida, en 1559, la novela de Bandello fue traducida al francés con mínimas variaciones (los amantes mueren sin llegar a hablarse) por Pedro Boisteau y al inglés en 1562, en verso, por Arthur Brooke, quien al menos tuvo la decencia de manifestar que se basaba en Bandello.

Cuatro años después, otra traducción: William Painter. Palace of Pleasure. Colección de cuentos de varios autores, entre ellos la versión inglesa de Bandello.


Y así llegamos a Shakespeare: La Tragedia de Romeo y Julieta (1597) basada en Bandello a través de las traducciones de Brooke y Painter. Aunque copió el argumento, lo relató a su manera, iluminándolo con su genio. Dio fuerza a los caracteres, belleza a los diálogos, rebajó la edad de Julieta a trece años y la de Romeo a dieciséis (debería ser creíble en su época; ahora saldría en los diarios) e hizo suicidar a Julieta con la daga de Romeo.

De paso hizo morir en el último acto (era un aficionado a los finales sangrientos, en Hamlet y en Tito Andrónico, por ejemplo, hay cadáveres por todos lados al terminar la obra) a un primo de Julieta (un error de Romeo, antes de suicidarse) y a la madre de Romeo (de pena) además de los protagonistas y algún Montesco despistado.

¿Qué conclusión sacamos de toda esta aburrida reseña bibliográfica? Que la obra de Shakespeare no es más que una de tantas versiones de un acontecimiento del que no hay ninguna prueba, y que se viene contando desde los años 200. Fundamentalmente, que un contemporáneo (Dante) menciona a las familias, pero no habla de la tragedia, ni tampoco lo hace ningún testigo de la época (increíble).

Finalmente, para gran lucro de la ciudad de Verona, anualmente es visitada por muchedumbre de tiernos amantes la casa de los Capuletos (Via Cappello 21) y en ella el famoso balcón del diálogo entre los protagonistas, escalado ágilmente por Romeo (Shakespeare dixit).
En el exterior de la casa existe una estatua de bronce de Julieta, y dice la leyenda de quien toque su seno derecho tendrá suerte en el amor. (Cabe señalar que el antedicho seno está brillante y notoriamente mermado).
Enterémonos de la verdad: la casa es una falsificación. Se trata de una verdadera casa del 1400 que, como está ubicada en la via Capello, resulta tentador inferir que perteneció a los Capelletti. Originariamente no tenía balcón, por lo que en el siglo XIX se tomó un sarcófago medieval y se lo pegó a la pared, “disfrazándolo” de balcón, porque no puede existir la escena del balcón de Shakespeare sin balcón, ¿verdad? ¡Estén en guardia los turistas!

Con todo esto: ¿podemos creer que Romeo y Julieta fueron reales?

Hasta pronto, amigos. Espero reencontrarnos a mediados de septiembre.
           

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sábado, 14 de agosto de 2010

LEONOR DE AQUITANIA – UNA VIDA AGITADA


Como apreciarán por su comportamiento, esta señora despertó entusiastas adhesiones e igualmente apasionados antagonismos. Dado que no dejó escritos (no era su estilo) sus hechos fueron relatados por cronistas absolutamente parciales, quienes nos dejaron una imagen de heroína o de arpía.

Nació Leonor (en realidad, Aliénor, que queda más bonito) en 1122. Huérfana a los trece años, se transformó en el mejor partido de la época. Heredó el condado de Gascuña y el ducado de Aquitania y Guyena, con lo que sus posesiones eran más extensas que las del incipiente reino de Francia.


Con una educación consumada y un carácter brillante, transformó su corte de Poitiers en un centro de refinamiento. Poetas, trovadores, desenvueltas damas y galantes caballeros marcaron el rumbo de lo que sería la cortesía medieval, a diferencia de las toscas costumbres de otras cortes de la época.

El futuro rey de Francia, Luís VII, no podía perderse ese bocado. Se casaron muy enamorados (al menos él); Luís tenía dieciséis años y Leonor quince. Al poco tiempo aparecieron los problemas. El ambiente en la corte de Luís era austero, aburrido, provinciano comparado con Poitiers. Leonor, para escándalo general, se rodeó de sus amados trovadores, juglares, poetas y su lujo acostumbrado.

Con esto Leonor se hizo de dos formidables enemigos: la suegra (“esta mujer está echando a perder a mi hijo”) y la Iglesia, en persona del poderoso abad Bernardo de Clareval, un temible dogmático que amonestaba a reyes, papas y nobles pretendiendo tener línea directa con la madre de Dios, nada menos. El rey, por su parte, soso, grave, aburrido, piadoso y de baja libido, representaba un papel bastante conflictivo, enamorado como un adolescente. Se atribuye a Leonor la reflexión “A veces tengo la impresión de haberme casado con un fraile”. Estas frases pronostican cuernos a corto plazo.

Entre cortes de amor, donde damas y caballeros debatían sutiles cuestiones sentimentales con un cierto escarceo amoroso, celebradas por poetas y trovadores, apareció, invitado por Leonor un célebre trovador, Macabrú, una suerte de Joaquín Sabina medieval. A Luís, marido al fin, celoso y apasionado, no le gustó la cosa en lo más mínimo, pero el pobre ya no contaba. El trovador se enamoró inevitablemente de la alta dama que inspiraba sus versos. Se lo dijo en ardientes estrofas y un buen día, el rey Luís lo toma muy a mal y lo expulsa del reino. Se dice que Macabrú no se había limitado a los versos. Primer resbalón (conocido) de Leonor.

El mencionado Bernardo de Claraval convenció a Luís de participar en una cruzada (la segunda) ya que las cosas se estaban desbarrancando en Palestina. En contra de los deseos de Luís, Leonor insistió en acompañarlo. Tenía perfecto derecho, no sólo como esposa de Luís sino como señora con feudo propio, con feudatarios y huestes bajo su mando. Por supuesto, se salió con la suya.

La expedición fue un desastre, y las relaciones entre los esposos no fueron mejores. Leonor se encontró en Tierra Santa con Raimundo de Poitiers, señor de Antioquía, según los cronistas: “alto, mejor constituido y más apuesto que ninguno de sus contemporáneos; a todos sobrepujaba en el oficio de las armas y en asuntos de caballería”, compañero de la infancia y, para colmo, tío suyo. Se entendieron de inmediato. Hasta qué punto se entendieron lo reflejan algunos contemporáneos, agravado porque ambos tomaron partido en cuestiones militares contra Luís, quien perdió la paciencia y pegó la vuelta abandonando el proyecto de cruzada, exigiendo a Leonor que le siguiera. Le siguió, sí, pero, según sus detractores, concediendo sus favores indiscriminadamente a barones, sargentos, pajes y demás. Posiblemente una exageración. No habrían sido tantos.

Vueltos a Francia, a Leonor se le ocurrió una idea liberadora: ¡ella y Luís eran primos y, por lo tanto, el matrimonio no era válido desde el inicio! A su instigación, un concilio reunido bajo la autoridad del arzobispo de Sens declaró la nulidad de la boda contraída quince años antes. Europa, incluido Luís, estupefactos ante la jugada. Leonora volvió a Poitiers, libre, a los 30 años.

Dos meses después, otra bomba: Leonor se casó con Enrique Plantagenet, conde de Anjou y duque de Normandía, diez años menor que ella y heredero del trono de Inglaterra, en esos momentos en conflictos con Luís. Por supuesto, Leonor colaboró para azuzarlos, pero finalmente se llegó a un acuerdo (Enrique era nominalmente vasallo de Luís por sus posesiones en Normandía). Luís se volvió a casar y Leonor se trasladó a Inglaterra, dedicada a producir herederos. Entre varones y mujeres, produjo ocho, de los cuales tres llegaron a reyes, dos de Inglaterra y una de Castilla.

Esos repetidos nacimientos no parecieron agotar la energía de Leonor que, en su papel de reina, viajó mucho por las distintas partes del “imperio Plantagenet”. Ella y Enrique estaban siempre en movimiento de castillo en castillo atravesando a menudo el canal.
Pero el destino de Leonor no era la rutina: Enrique se enamora perdidamente de una amante, Rosamunda Clifford, Leonor no hubiese sido ella misma si no hubiese tramado la inmediata venganza: envenena las deterioradas relaciones entre Enrique y sus hijos y estimula una rebelión de éstos contra el rey. Al mismo tiempo Enrique, que tampoco se destacaba por su paciencia, ordena el asesinato de Thomas Becket, arzobispo de Canterbury, por conflictos de obediencia. En esto, Leonor no tuvo nada que ver.


Sofocadas las revueltas, Enrique encerró inmediatamente a Leonor en el castillo de Chinon y luego en la torre de Salisbury, donde permaneció bajo arresto (con bastante libertad de movimientos) hasta la muerte del rey Enrique, quince años después. A partir de ese momento, reanudó su vida de actividad. En primer lugar, se ocupó de Rosamund Clifford. Cuando ella falleciera, años atrás, Enrique le había hecho construir una suntuosa tumba en un monasterio, encargando misas y procesiones a perpetuidad. Leonor tenía algunas deudas que cobrarse. Desenterró y dispersó los restos, anuló rezos y procesiones y puso las cosas en su lugar, según ella. Una dulzura de mujer.


Como Ricardo Corazón de León (su hijo preferido) había alcanzado el trono, había que casarlo. Ya en una oportunidad, años atrás, se había concertado el matrimonio de Ricardo con Aélis, hija del rey Luís de Francia, ex marido de Leonor (todo quedaba en familia). Como Aélis era aún una niña, se la llevó a educar, según era costumbre, a la corte de Inglaterra. La niña creció y, a los trece años, su futuro suegro Enrique le echó el ojo y se la llevó a la cama, parece ser que de común acuerdo. Mucho no le importó a Ricardo, ya que era obstinadamente homosexual, pero el papelón no aumentó su amor filial.


Los esfuerzos de Leonor por volver a casar a Ricardo se concretaron. Ricardo casó (lo casaron) con Berenguela de Navarra. Por supuesto, el matrimonio no funcionó, sin sombra de hijos. Un proyecto de Leonor que fracasó. Las madres nunca se convencen de esas cosas. Para amargura de Leonor, la sucesión al trono de Inglaterra iba a recaer en Juan sin Tierras, el hijo que Leonor odiaba, con razón.


Y así fue envejeciendo la otrora hermosa, de radiante belleza, Leonor. La belleza pasó, pero la energía y el temple se mantuvieron intactos. Contando con casi ochenta años, da muestras de una fortaleza impresionante cuando decide cruzar los Pirineos y viajar hasta Castilla para escoger entre sus nietas, las infantas de Castilla, a la que se convertiría en la esposa del hijo de Felipe Augusto, el futuro Luís VIII. La escogida sería Blanca, una de las reinas de Francia más célebres, la que será formidable madre de San Luís, regente del reino en tres ocasiones y modelo de virtud y habilidad política.

Finalmente, a los ochenta y dos años, se decidió a fallecer. Sus restos reposan en la abadía de Fontevrault, junto con los de su esposo Enrique II y, a sus pies, la tumba con el cuerpo (las vísceras están enterradas en la catedral de Ruan, Francia) de Ricardo Corazón de león, su muy amado hijo.



Los espero a fines de agosto. Hasta entonces.

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