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histonotas

lunes, 9 de enero de 2012

NOE Y LAS UVAS

En un post de hace dos años me enfrenté con la historia de Noe y su proverbial arca. Llegamos a la paloma que no regresa, señal de que la tierra estaba por fin habitable. Ahora viene la continuación. ¿Qué es lo primero que hace Noe? Luego de desembarcar a los animales y largarlos a pastorear (¿qué iban a pastorear, los pobres, si la tierra toda era un barrizal?) bajan Noe y familia, estiran las piernas y hacen el consabido sacrificio de acción de gracias.

Construyó un altar y ofreció holocaustos.

Al aspirar el Señor el calmante aroma (!!), dijo en su corazón: «Nunca más volveré al maldecir el suelo por causa del hombre…»

Desde que empezó a llover hasta que desembarcaron todos habían transcurrido diez meses y un día. En el ínterin, Noe había festejado su cumpleaños número seiscientos uno, sin candelas ni torta.

¿Quiénes bajaron del arca? Noe y señora, los hijos: Sem, aparentemente el mayor, con sus 98 añitos, Cam y Jafet, con sus respectivas esposas. Una vez en tierra, se dedicaron con entusiasmo a procrear y reproducirse, según la consigna divina. Había que repoblar la tierra, y pusieron manos a la obra. En el Génesis se enumeran hasta la minucia los descendientes de los tres hijos de Noe, lo que tiene su importancia (para los judíos) desde el punto de vista del origen de los pueblos.

Hagamos un rápido pantallazo, para comprensión de lo que vendrá:

Hijos de Sem: fueron cuatro, de nombres impronunciables. Su importancia radica en que de uno de ellos, luego de varias generaciones, nació Abraham, padre de Israel. A los descendientes de Sem se los conoce como semitas. Murió Sem a los seiscientos años.

Hijos de Jafet: siete, también impronunciables, a uno de los cuales se lo designa en el Génesis como “los medos”. De esto dedujeron algunos analistas que Jafet fue el progenitor de los arios, cosa discutible hasta el máximo.

Hijos de Cam: fueron cuatro; Kus (antecesor de los nubios, habitantes del sur de Egipto y Sudan) , Misráyim (antecesor de los egipcios), Put (antecesor de los fenicios) y Canaán (antecesor de los amorreos, habitantes de la actual Palestina). Por supuesto, todo esto no tiene la menor base histórica, fundándose sólo en la credibilidad (o no) del Génesis.

Noe tenía vocación de agricultor. A poco de desembarcar, empezó a plantar, entre otras cosas, vides (no se aclara de dónde sacó las semillas, luego del diluvio). A su debido tiempo, cosechó las uvas e hizo vino. Sin esperar a que estacionara, lo probó y le gustó, lo volvió a probar y así repetidamente con los resultados imaginables: se pescó una borrachera de aquellas y cayó fulminado, desnudo en el suelo de la tienda.

Acertó a pasar Cam (ubiquémonos, es una comedia de viejecitos; Cam debía de andar por los cien años, y Noe pasaba los seiscientos) y le causó tanta gracia ver a su padre en esas condiciones que salió corriendo a contárselo a sus hermanos (algunos sabios del Talmud piensan que no solo se ríó, también abusó del papá). Sem y Jafet, respetuosamente, cubrieron a Noe, evitando mirarlo, y lo dejaron dormir la merluza.

Despertó finalmente Noe y alguien, soplón que nunca falta, le contó lo sucedido. Enorme bronca de Noe (algo desproporcionada, salvo que fuera cierto lo del abuso) y gran dilema: no podía maldecir a Cam, puesto que el Señor lo había bendecido anteriormente, por lo que se la agarró con los hijos de Cam. Maldijo a Canaan furiosamente:

«¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para sus hermanos!»


Y dijo: «¡Bendito sea Yahveh, el Dios de Sem, y sea Canaán esclavo suyo!
 ¡Haga Dios dilatado a Jafet; habite en las tiendas de Sem, y sea Canaán esclavo suyo!»

Le dio con todo a Canaan, inocente él, y se quedó lo más campante. Las protestas de Canaán ¡¡Eso no es justo!! Fueron en vano.

Todo esto está bastante confuso y hasta contradictorio. Se aclara con la descendencia arriba enumerada. El pueblo de Israel descendía de Abraham, que a su vez era vástago de Sem, y allá por el 1400 AC, las tribus hebreas irrumpieron en las tierras de Canaan (Palestina, digamos) e iniciaron la conquista y consiguiente expulsión o anexión de los cananeos, basándose en que el Señor les había prometido esas tierras. Finalmente se llegó a una situación parecida a la actual, pero sin misiles. Por supuesto, la expulsión o esclavitud de los cananeos estaba justificada por la Biblia, y todos contentos (menos los cananeos, que eran idólatras).

Posteriormente se registró otra vuelta de tuerca. La Biblia había justificado la sumisión de los cananeos, pero siglos después se descubrió que los negros, después de todo, servían para algo, como esclavos, por ejemplo. Retorciendo un poco las palabras del Génesis se podía interpretar que la maldición de Noe era aplicable a todos los descendientes de Cam, y no sólo a los cananeos. Y ¡oh sorpresa! Los descendientes de Kus eran negros (misterios de la genética), y los de Jafet eran arios, por lo que, según claramente dictaminó Dios, los ¡negros serían esclavos de los arios! Brillante. Dios está de nuestro lado.

Y así se posibilitó la cosecha intensiva del algodón, el jazz y Obama. Todo por la soberbia borrachera de Noe. ¿Vieron lo que es la historia?

Como habrán notado, esta entrega se atrasó algunos días, festejos de año nuevo mediante, por lo que la próxima la desplazo arbitrariamente (derecho del autor) a fines de enero. Hasta entonces. Feliz comienzo de año, y que los mayas nos sean propicios.

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miércoles, 14 de diciembre de 2011

JULIO CESAR – PROBLEMAS MATRIMONIALES


Protagonistas (en el momento de la acción):

Cayo Julio Cesar: 37 años. Muy buen mozo, aunque con una incipiente calvicie que lo preocupa. Muy inteligente, enormemente ambicioso y totalmente inescrupuloso. Todas las condiciones para dedicarse a la política, lo que hizo desde su primera juventud. De familia patricia, aunque empobrecida. Sus pasiones son, además de la carrera por el poder, el lujo y las mujeres. Todas actividades que le requieren importantes sumas de dinero, que no posee. En consecuencia, se endeuda, ya que en Roma el soborno es la base de la política.

A la fecha (año 63 AC), luego de haber desempeñado el cargo de edil curul (cargo municipal reservado a los patricios, primer escalón de la carrera pública) y luego cuestor en España (lo que le permitió agenciarse con algo de dinero ilegal, una gota en el océano) fue nombrado, enorme soborno mediante, sumo pontífice (Pontifex Maximus), cargo religioso que le aportó una pátina de dignidad y autoridad. El cargo trae aparejado, además del mantenimiento a expensas del estado, la residencia en la domus publica, en la Vía Sacra.

Pompeya Sila: 25 años aproximadamente. Hermosa y estúpida. Nieta del feroz dictador Sila, enemigo de Cesar, casada con éste desde hace cinco años. No merece más comentarios.

Publio Clodio: se supone que unos 30 años. Agitador
político, totalmente pervertido. Desde niño era incestuoso con sus hermanas. Le encantaba destacarse por actos revoltosos, insólitos, amorales, escandalosos y así. Gran ascendiente entre la plebe. Un asco de tipo. Tan patricio que se cambió el nombre para no parecerlo.

Acontecimientos: Ese año se decidió celebrar en diciembre la fiesta de la Bona Dea en residencia oficial de Cesar, recientemente nombrado Pontifex Maximus.

Bona Dea era la Diosa Buena, tan antigua como la propia Roma. Tenía nombre, pero nunca se pronunciaba, pues era demasiado sagrado. Lo que ella significaba para las mujeres romanas ningún hombre podía entenderlo. Su culto quedaba completamente fuera de la religión oficial del Estado, y no estaba relacionado con ningún hombre ni ningún grupo de hombres. Las vírgenes vestales cuidaban de ella, pues no tenía sacerdotisas propias.

A principios de diciembre, Bona Dea se retiraba a dormir, pero no públicamente, porque lo que ella soñaba en invierno era su secreto. Los ritos estaban abiertos sólo a las mujeres romanas de más alta cuna. En dicha noche ningún hombre ni niño varón podía permanecer en la domus publica, incluidos los esclavos.

Fueron arribando las mujeres a la domus publica. Las recibían las anfitrionas, Aurelia, madre de Cesar, noble, digna y severa matrona, y Pompeya, esposa del pontífice.

Debido al extremo secreto impuesto, no se conocen los detalles del culto, pero trascendieron indicios que sugieren rituales báquicos, consumo de respetables cantidades de vino, rituales orgiásticos de matiz oriental, flagelaciones y oraciones antiquísimas.

En ese escenario de clausura se le ocurrió introducirse a Publio Clodio. No se supo con claridad por qué; sea, como se afirmó sin pruebas, que Clodio y Pompeya eran amantes y les pareció excitante reunir el adulterio con el sacrilegio; sea que la violación de la sagrada ceremonia resultó tentación irresistible para Clodio, afecto a ese tipo de acciones extravagantes, lo cierto es que Clodio se disfrazó cuidadosamente de mujer (era especialmente aficionado a ello) y, con la complicidad de una esclava, se introdujo en la mansión. No pudo allí comportarse con discreción, sino que entró a deambular confiado en su disfraz, aprovechando para satisfacer su curiosidad sobre los misterios.

En su rondar se encontró con una esclava de la casa que, atraída por su lujosa apriencia femenina, como dice púdicamente Plutarco, “lo provocó a juguetear”. Clodio, desconcertado, la rechazó bruscamente con un grito. Espantada por la voz, la esclava dio la alarma y, entre corridas, desmayos, clamores de ayuda y una indescriptible confusión Clodio consiguió huir, siendo reconocido a medias a través de su disfraz.

Aurelia tomó enérgicamente las riendas: disolvió la reunión, mandó a sus casas a las participantes, interrogó a Pompeya y a las esclavas, hizo avisar a Cesar (que, por supuesto, no estaba en casa) y a las vírgenes vestales para purificar el recinto y restableció un poco el orden.

El suceso consternó a toda Roma. El sacrilegio, se presumía, atraería sobre la ciudad la maldición de la diosa, convocando a toda clase de calamidades. El culpable, Clodio, había actuado, según la vox populi, para seducir a la mujer de Cesar, ¡nada menos que del sumo pontífice! La connivencia de Pompeya Sila no estaba demostrada, pero la madre de Cesar, Aurelia y su hermana, Julia, la condenaban en base a declaraciones de esclavas.

Cesar repudió inmediatamente a su esposa, pero en el juicio que se celebró al poco tiempo no acusó a Clodio, alegando ignorancia. Se le preguntó entonces por qué, si no encontraba culpable a Clodio, se había divorciado, a lo que Cesar dio una respuesta que se volvió famosa: “Porque la mujer de Cesar no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo”. Unos dicen que César dio esta respuesta porque realmente pensaba de aquel modo, y otros, que quiso con ella congraciarse con el pueblo, al que veía empeñado en salvar a Clodio.

Tengo una hipótesis diferente. Cesar, con su carácter de futuro dictador, no debía jamás quedar en ridículo como marido engañado. Negó, en consecuencia, el adulterio, pero tampoco podía convivir con una mujer sospechada de adulterio, lo que lo haría blanco de burlas. Se divorció, entonces, para salvar la “dignidad”

Sea como fuere, Cesar cayó de pie: se libró de una mujer más que sospechosa y conquistó el agradecimiento de Clodio, que no olvidó el favor, y del populacho, que adoraba a Clodio y quedó reconocido a Cesar.

El proceso se arrastró por varios meses, y fue más escandaloso que el mismo sacrilegio. Las amenazas de la plebe reunida frente al tribunal, el descarado soborno y los falsos testimonios contrastaron contra la aplastante evidencia en contra del acusado. Clodio apenas consiguió salvarse. Veinticinco de los del jurado votaron contra Clodio y treinta y uno por su absolución.

Con este ejemplo de justicia romana, lamentablemente aplicable a nuestros días (¿Qué tal, Strauss Kahn?) me despido hasta fin de año. Temo que el 31 de diciembre no estaré en condiciones de publicar algo coherente, pero en esos días prometo hacerlo. Felices fiestas.

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lunes, 14 de noviembre de 2011

SEXO PECADOR EN ESPAÑA – SIGLO XIII


¡Vaya tema en el que me metí! Voy a tratar de, por lo menos, emplear términos eufemísticos, dejando las expresiones malsonantes sólo en las citas, a las que respeto textualmente.

Empecemos por lo clásico: la prostitución.

Definiciones: El término prostitución proviene del término latino, prostituere, que significa literalmente "exhibir para la venta", con lo que quedan eliminadas de la categoría las aficionadas o “amateurs”.

Las prostitutas, así como hoy ocultan sus negocios haciéndolos pasar por casas de masajes o los anuncian con luces rojas, en la Edad Media (ss.XII - XIII) los disimulaban como si se tratara de tabernas, colgando en su puerta un ramo. Por esa razón, las comadres empezaron a llamarlas “rameras”, una palabra que les sonaba más púdica que “prostituta”.

Como en todas las épocas, sus atractivos no eran precisamente los de una púdica matrona, pero viene a cuento enumerar los cánones de belleza de la época, expresados nada menos que por un clérigo con sospechas de amancebado, el arcipreste de Hita.

“ Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillo no teñidos de alheña;
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancheta de caderas, ésta es talla de dueña.
Ojos grandes, hermosos, expresivos, lucientes
y con largas pestañas, bien claras y rientes;
las orejas pequeñas, delgadas; para mientes
si tiene el cuello alto, así gusta a las gentes.
La nariz afilada, los dientes menudillos,
iguales y muy blancos, un poco apartadillos,
las encías bermejas, los dientes agudillos,
los labios de su boca bermejos, angostillos
La su boca pequeña, así, de buena guisa
su cara sea blanca, sin vello, clara y lisa,
conviene que la veas primero sin camisa
pues la forma del cuerpo te dirá: ¡esto aguisa!
Si tiene los sobacos un poquillo mojados (¡ajj!!!!)
y tiene chicas piernas y largos los costados,
ancheta de caderas, pies chicos, arqueados,
¡tal mujer no se encuentra en todos los mercados!”

O también, según un romance:

“las teticas agudicas,
que el brial quieran hender”
















El oficio se ejercía predominantemente en las ciudades, en calles o casas especializadas, en albergues y tabernas, y también en los baños públicos. En la Edad Media habían sobrevivido los baños, heredados de las termas romanas y de los baños árabes, y cada ciudad tenía uno o más establecimientos con agua fría, caliente y de vapor; y el hecho de que esos baños fueran mixtos y que los clientes de ambos sexos solieran bañarse desnudos, hizo que poco a poco la jerarquía eclesiástica consiguiera prohibir su uso y hasta su existencia. Como resultado, los contemporáneos del siglo XVI ya no se lavarán, sustituirán el uso del agua y del jabón por el de los perfumes, destinados a ocultar otros olores.

Contrariamente a siglos anteriores y posteriores, en el siglo XIII no se perseguía con severidad a la prostitución; se consideraba que el hombre debe actuar según se lo pida su naturaleza. Los teólogos distinguían entre pecados carnales y pecados espirituales, declarando a estos últimos como más peligrosos. La 'fornicación simple' (diversión entre solteros) era permitida, más no la 'fornicación cualificada" (rapto, homosexualidad, adulterio, incesto, entre otros). La fornicación simple era permitida con la condición de que se efectuase con mujeres libres de vínculo, solteras -y mejor si eran extranjeras- a quienes se marcaba con una cinta para poder diferenciarlas de las mujeres honorables, y evitar así enojosas confusiones.

Por otra parte, ya lo había afirmado San Agustín: "Expulsad las cortesanas y enseguida las pasiones lo confundirán todo, ya que llevan una vida impura, pero las leyes del orden les asignan un lugar, por más vil que sea" (claro que San Agustín era un santo bastante tolerante, que escribió: “Señor, hacedme casto, pero aún no”). También se afirmaba galantemente que "la mujer pública es en la sociedad lo que la sentina en el mar y la cloaca en el palacio. Quita esa cloaca y todo el palacio quedará infectado".

Esta relativa tolerancia estimuló el “comercio”, floreciendo los intermediarios que lucraban con la prostitución. Alfonso X el Sabio, con su manía legisladora, clasificó así a estos individuos en sus Partidas:


“Y son cinco maneras de alcahuetes, la primera es de los bellacos malos que guardan las putas que están públicamente en la putería, tomando su parte de los que ellas ganan, la segunda es de los que andan por trujamanes que de ellos reciben; la tercera es cuando los hombres crían en sus casas cautivas u otras mozas a sabiendas porque hagan maldad de sus cuerpos, tomando de ellas lo que así ganaren, la cuarta es cuando algún hombre es tan vil que él mismo alcahuetea a su mujer; la quinta es si alguno consiente que alguna mujer casada u otra de buen lugar haga fornicio en su casa por algo que le den, aunque no ande él por trujamán entre ellos. Y nace muy gran daño de estos tales pues, por la maldad de ellos, muchas mujeres que son buenas se vuelven malas, y aun las que hubiesen comenzado a errar, hácense por el bullicio de ellos peores.“

La definición, como se ve, abarca desde el “chulo” o “cafisho” de hoy hasta el posadero comprensivo, pasando por el “cabrón” clásico.

Los que la pasaban comparativamente peor eran los homosexuales, denigrados y perseguidos literalmente a muerte. El omnipresente Alfonso el Sabio los fulmina en las Partidas:

“Sodomitico dizen al pecado en que caen los omes yaziendo unos con otros contra natura, e costubre natural. E porque de tal pecado nacen muchos males en la tierra, do se faze, e es cosa q[ue] pesa mucho a Dios con el [...] Queremos aquí dezir apartadamente deste [...] e quien lo puede acusar, e ante quien. Et que pena merescen los fazedores e los consentidores.

Lei I. Onde tomo este nome el pecado que dize sodomitico, e quantos males vienen del. Sodoma, e Gomorra fueron dos ciudades antiguas pobladad de muy male gente, e tanta fue la maldad de los omes que bivian en ellas q[ue] porq[ue] usavan aq[eu]l pecado q[ue] es contra natura, los aborrecio nuestro señor dios, de guisa que sumio ambas las ciudades con toda la gente que hi moraba [...] E de aq[ue]lla ciudad Sodoma, onde Dios fizo esta maravilla tomo este nombe este pecado, que llaman sodomitico [...] E debese guardar todo ome deste yerro, proque nacen del muchos males, e denuesta, e deffama así mismo el q[ue] lo faze [...] por tales yerros embia nuestro señor Dios sobre la tierra, hambre e pestilencia, e tormentos, e otros males muchos que non podria contar


Lei II. Quien pude acusar a los que hazen el pecado sodomitico, e ante quien, e que pena merecen aver los sacedores del, e los consentidores. Cada uno del pueblo puede acusar a los omes que hiziessen pecado contra natura, e este acusamiento puede ser hecho delante del judgador do hiziessen tal yerro. E si le fuere provado deve morir: también el que lo haze, como el que lo consiente [...] fueras ende, si alguno dellos lo oviere a hazer por fuerça, o fuesse menor de catorze años [...] non deve recebir pena, porque los que son forçados no son en culpa, otro si los menores non entienden que es tan gra[ve] yerro como es aquel que hazen. Esta misma pena deve aver todo ome, o toda muger, que yoguiere con bestia, deven de mas matar la bestia para amortiguar la remembrança del hecho”


En el Fuero Juzgo se los trata aún más expeditivamente: “Establecemos en esta ley que cualquier hombre, lego o religioso, de linaje grande o pequeño, que fuere probado que hiciese el pecado contra natura, el príncipe o el rey los mande castrar de inmediato.” Este castigo, añadirá el Fuero Real, se hará en público, y el condenado quedará colgado de las piernas hasta que muera.

No cabe duda que hemos progresado: hoy se casan ante oficial público, con flores, lluvia de arroz y beso nupcial ante la TV.

Los dejo con esta nota optimista. Y advierto que, por motivos de viaje, la próxima entrega será a mediados de diciembre. Un abrazo



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