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histonotas

lunes, 1 de abril de 2013

JUANA DE CASTILLA, LA BELTRANEJA



¡Ay de Juana! Le colgaron el mote sin compasión, y le quedó para siglos y siglos.

Retrocedamos un poco. El padre de la aún no nacida Juana era Enrique IV, rey de Castilla. Habría mucho

para decir de este sujeto. Para empezar, era un pobre infeliz influenciable y veleta, con ínfulas de rey pero sin tripas para ello. De buena estampa, pero nada más. Se apoyaba demasiado en los favoritos. Más de lo razonable, lo que a las mal pensados lo hacía sospechoso de inclinaciones irregulares.


En 1440, con 15 años, lo casaron con Blanca de Navarra. Pasan los
años (trece, para ser exactos) y los críos no llegan. Enrique le echa la culpa a su mujer afirmando que le había lanzado un hechizo (textualmente “le había anudado la bragueta”). Por consiguiente, repudia a su esposa. Ofendida, Blanca proclama a los cuatro vientos que no ha sido por su culpa, sino por la de su marido, que no ha podido consumar el matrimonio.  Los médicos dicen que su esposa todavía es virgen y que él tiene un miembro viril inservible para poder realizar un acto sexual.

Para demostrar que la culpa era de la princesa Blanca, los consejeros de Enrique trajeron dos prostitutas de Segovia, “con las que el príncipe tuvo relaciones íntimas” y que juraron que era viril ante la corte eclesiástica. Quién es más creíble: ¿el Papa o dos prostitutas? La cuestión quedó en empate.

Dos años después, Enrique probó suerte nuevamente. La novia, Juana de Portugal, de 16 años, era alegre, provocativa y vehemente.La noche de bodas fue probablemente un fracaso. Los funcionarios de la corte, según la tradición, revolotearon delante del dormitorio esperando que el novio saliera a mostrar las sábanas ensangrentadas. No fue así. A la mañana siguiente la novia abandonó el dormitorio “tal como había entrado a él” es decir, virgen.  Más rumores.

Transcurrieron años sin novedad. Isabel (la futura Isabel la Católica) y su hermano Alfonso, hermanastros del rey Enrique, fueron a vivir a la corte, niños aún, y quedaron espantados ante el desenfreno reinante. La reina Juana se dedicaba a los coqueteos, la frivolidad y las escaramuzas sexuales, entre celebraciones y banquetes cortesanos. Comenzó a circular el rumor de que
la reina tenía un amante, Beltrán de la Cueva, un apuesto y enjoyado favorito de Enrique. Por supuesto no había pruebas, pero la conducta de ambos era reveladora. 
Finalmente, luego de siete años de matrimonio,  nació la princesa Juana de Castilla. Se reunieron las Cortes en Madrid para jurar a la princesa Juana como heredera legítima de Enrique. Entre los que juraron se encontraban los hermanos Isabel y Alfonso.

No pasó mucho tiempo sin que hicieran crisis las rivalidades existentes entre la nobleza. La débil política de Enrique y su apoyo a los favoritos provocaron agrios rencores. El valido del momento era, justamente, el inseparable Beltrán de la Cueva, sospechado padre de Juana. El anterior preferido, Juan Pacheco, se transformó en enemigo  acérrimo de Enrique. Juntó aliados entre los nobles descontentos y planeó su venganza.
El plan requería como primer paso sostener que Juana era bastarda (cosa fácil). En consecuencia, no podría heredar la corona de Castilla. ¿Quién sería entonces el sucesor natural? Por supuesto, Alfonso, al igual que Isabel, hermanastros del rey Enrique. Por su edad, se suponía a Alfonso fácilmente influenciable. En cuanto a Enrique, llegado el momento se lo haría abdicar o se “rogaría” a Dios que lo llevara consigo.

Y así nació el despectivo apodo de “Beltraneja” aplicado a Juana. Se difundió rápidamente por mercaderes y juglares y sirvió a su propósito.

A la liga rebelde se le fueron incorporando grandes linajes nobiliarios, e incluso el rey Juan II de Aragón. Redactaron un manifiesto en Medina del Campo, en el que se acusaba al monarca de favorecer a judíos y musulmanes, perjudicar a los nobles en beneficio de gente de baja extracción social, aplicar impuestos excesivos, y sobre todo se responsabilizaba a Beltrán de la Cueva de los males del reino; se exigía que Alfonso (de 11 años), fuera reconocido como heredero, y fuese educado por Juan Pacheco, y la salida de la Corte de Beltrán de la Cueva. 
El rey se tambaleó, con su característica indecisión, cedió a las exigencias y claudicó finalmente ante las demandas de la nobleza: Alfonso fue jurado como heredero (¿no era que Juana había sido proclamada heredera a su nacimiento?) con la condición de que se casase con Juana. Pacheco recuperó su poder y Beltrán de la Cueva fue alejado de la corte.

Siguiente paso: destituir al rey. Se montó una ceremonia que después se conoció como La Farsa de Ávila. Sobre un gran tablado los conjurados colocaron una estatua de madera que representaba al rey vestido de luto y ataviado con la corona, el bastón y la espada reales. En la ceremonia estaban presentes los nobles conjurados, el príncipe Alfonso y multitud de curiosos.

Se celebró una misa y, una vez terminada, los rebeldes subieron al tablado y leyeron una declaración con  
todos los agravios de los que acusaban a Enrique IV. Tras el discurso, el arzobispo de Toledo le quitó a la efigie la corona, símbolo de la dignidad real. Luego el conde de Plasencia le quitó la espada, símbolo de la administración de justicia, y el conde de Benavente le quitó el bastón, símbolo del gobierno. Por último, Diego López de Zúñiga, hermano del conde de Plasencia, derribó la estatua gritando “¡A tierra, puto!”

Seguidamente subieron al infante Alfonso al tablado, lo proclamaron rey al grito de “¡Castilla, por el rey don Alfonso!” y procedieron a la ceremonia del besamanos. ¿Y Juana la Beltraneja? Para esa fecha tenía tres años.

Castilla tenía dos reyes. Se tejieron alianzas en vista de la guerra inminente. Poderosos nobles cambiaban de bando según su interés. A los tres años de su proclamación el príncipe Alfonso moría de peste (por supuesto, se sospechó veneno).

Los rebeldes se quedaron sin candidato. Reivindicaron entonces a Isabel, hermana de Alfonso y hermanastra de Enrique, como heredera del trono. Enrique, acorralado, aceptó, pero tuvo que enfrentarse con la furia de su esposa, Juana, que defendía los derechos de la Beltraneja.Marcha atrás de Enrique.

Isabel da muestras de firmeza y no resulta fácil de manejar. Está firmemente convencida de ser la sucesora
de Enrique así como de la bastardía de Juana. Para zanjar las diferencias se reúnen Enrique, Isabel y sus respectivos partidarios en un campo llamado Toros de Guisando. Allí se declaró heredera a Isabel (Juana fue nuevamente sacada de en medio) reservándose Enrique el derecho de acordar su matrimonio. La razón esgrimida para defenestrar a Juana no fue su condición de hija de otro hombre (lo que hubiera significado admitir los cuernos de Enrique) sino la falta de dispensa papal para el enlace, por motivos de consanguinidad (la dispensa existía, pero se la tachó de nula).

Todos aparentemente felices (salvo Juana) pero era todo falso. Mientras tanto, la madre de Juana, nominalmente aún esposa de Enrique, había sido separada de su hija y confinada en un castillo, donde no tardó en hacerse embarazar. Inauguró así una vida de escándalo desembozado. El rey miraba para otro lado.

A despecho de Enrique, que tenía otros planes, Isabel se casó en secreto y sin autorización con el príncipe
Fernando de Aragón.
Gran rabieta de Enrique, que pega otra voltereta  y proclama a su hija Juana como .heredera al trono, jurando públicamente que de nuevo era hija legítima. Le restituye el rango de princesa y le busca un matrimonio en consecuencia.

Resulta elegido el duque de Guyena, hermano del Rey de Francia. Se celebra el matrimonio por poderes. Desgraciadamente, al año siguiente fallece el duque de Guyena y Juana queda viuda (virgen, por supuesto) a los ocho años.

Dos años después muere el rey Enrique, presuntamente envenenado con arsénico. Dos días más tarde, la infanta Isabel se autoproclama Reina de Castilla.

Como recurso desesperado, los partidarios de Juana ofrecen la mano de ésta al rey Alfonso de Portugal, tío suyo y 31 años mayor que ella.
El portugués aparentemente acepta, ya que invade Castilla, tal vez para buscar a la novia. Se casa en 1475, pero espera la dispensa del Papa para consumar la cosa con su sobrina.
Juana intenta evitar la posible guerra civil escribiendo las siguientes frases a  las ciudades:
"Luego por los tres estados de estos dichos mis reinos,
e por personas escogidas dellos de buena fama
e conciencia que sean sin sospecha, 
se vea libre e determine por justicia a quien estos dichos mis reinos pertenecen;
porque se excusen todos rigores e rompimientos de guerra
"

Inútil intento. La llamada Guerra de Sucesión había iniciado. En mayor o menor grado, intervinieron Fernando e Isabel, Aragón, Portugal, y Francia.

En Toro tenía Juana su corte con gran magnificencia, y, al decir de sus parciales, desplegaba grandes cualidades de reina, aunque solo tuviera entonces trece años.

Después de un año de guerra el grueso del ejército portugués regresa a su tierra, marchando Juana con ellos. La guerra continúa cada vez más en favor de Isabel y Fernando.
Como reflejo de la situación, el Papa revoca la dispensa del matrimonio entre Juana y Alfonso.

Finalmente, cuatro años después de iniciada la guerra, se firman los tratados de Alcaçovas (política) y Tercerías de Moura (cuestiones sucesorias). Por estas últimas el Rey de Portugal renunciaba a la mano de su sobrina Juana, se obligaba a no apoyar las pretensiones de esta al trono de Castilla y se daba a Juana un plazo de seis meses para que eligiese entre casarse con el infante Juan, hijo de Fernando e Isabel luego de que el infante llegase a una edad  proporcionada (tenía un año de edad) o retirarse a un convento y tomar el velo. Juana elige el convento, y, con apenas 18 años,  pronuncia sus votos en un monasterio de Portugal. El
confesor de la reina Isabel le endulza el destino felicitándola por “haber elegido el mejor partido según los evangelistas”  y patochadas semejantes. ¡Para historias estaba Juana! ¡La querían casar con un bebé de un año!

Pese a estar profesa, dos años después recibe una insólita proposición de matrimonio de Francisco Febo,  heredero al trono navarro (¡vasco tozudo!). Queda en la nada, por fallecimiento del candidato al año siguiente.

En 1504 muere Isabel la Católica. Según ciertas fuentes, poco después el viudo Felipe propone matrimonio a Juana (!!!!!) para afirmarse como rey de Castilla. Por supuesto, recibe terminantes calabazas.

Y así transcurre la vida de la infortunada Beltraneja. Goza de gran libertad en el convento, sale con frecuencia y los reyes de Portugal terminan alojando a la Excelente Senhora, como la llaman, en el castillo de San Jorge, con grandes comodidades y ceremonial. A los 68 años, se dio el gusto de sobrevivir ampliamente a su gran rival, Isabel. Hasta el fin de sus días, firmaba sus cartas como Yo, la Reina.

Infortunadamente, el 1755 se  produjo en Lisboa un gran terremoto con la casi destrucción de la ciudad. Se perdieron allí los restos de Juana, impidiéndose así cualquier prueba de ADN que hubiera podido esclarecer su auténtica paternidad.
                                                                                                                                                                   
La trágica historia de Juana pierde notoriedad frente a la inmensa  sombra de Isabel la Católica, pero analizada aisladamente refleja un destino infortunado y heroico no exento de grandeza.

Hasta mediados de abril, amigos.



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viernes, 15 de marzo de 2013

SANSON – EL HERCULES JUDIO



La historia (Antiguo Testamento, Jueces, 13 a 16) comienza con una mujer estéril que recibe la visita de un ángel quien le anuncia que va a quedar embarazada, pero bajo ciertas condiciones. A saber, el futuro hijo debería ser consagrado a Dios como nazareo (no confundir con nazareno, nada que ver). No debería probar vino ni bebidas fermentadas, ni acercarse a ningún muerto ni pasar navaja por su cabeza (no existían las tijeras). Con esas condiciones, el espíritu de Dios estaría con él cuando hiciera falta.

Nació el nene y le llamaron Sansón.

Andábamos, siglo menos, siglo más, por el año 1000 AC. Israel, aún en pañales, vivía a la greña con sus vecinos (¡qué novedad!). Por ese motivos, instituyeron (Yahve instituyó, según la Biblia) líderes que los guiaran, a quienes se llamó Jueces. Sansón llegó a ser uno de ellos, con el tiempo.

Por esa época, los malos de turno eran los filisteos. El pueblo de Israel iba perdiendo; los filisteos lo tenían sojuzgado (Los israelitas volvieron a hacer lo que desagradaba a Yahveh y Yahveh los entregó a merced de los filisteos, según la Biblia).

Sansón, joven aún era bastante apolítico. Pese a ser nazareo, abstemio y con el cabello larguísimo, miraba con cariño a las filisteas, cosa prohibida a los consagrados a Dios. Parece que las buenas chicas judías lo aburrían y él quería acción. En uno de sus paseos por pueblos cercanos (filisteos, por supuesto) vio a una señorita y se encaprichó. Por lo visto, los caminos no eran muy seguros, porque a la ida se encontró con un león y, poseído por el Espíritu del Señor que le daba inmensa fuerza, con sus solas manos despedazó al león y siguió como si nada, sin darle importancia.
Lo que le importaba era casarse con la filistea, y así se lo dijo a sus padres nomás llegar a casa. Tremenda bronca familiar, y Sansón que se encula. “Esa es para mí, porque es la que me gusta”. Y basta. ¡Qué disgustos dan los hijos! ¡Y para eso una los cría y los hace nazareos!
Y ahí rumbeó Sansón para el pueblo de su novia. Al pasar por el paraje del león destrozado, vio que las abejas habían construido un panal en la boca de la fiera.

Llegó al pueblo, se casó y, en la fiesta de bodas se enfrentó con treinta invitados amigos de la novia (popular, la niña) y los toreó; les dijo: «Os voy a proponer una adivinanza. Si me dais la solución dentro de los siete días de la fiesta y acertáis, os daré treinta túnicas y treinta mudas.
Pero si no podéis darme la solución, entonces me daréis vosotros treinta túnicas y treinta mudas.» Ellos le dijeron: «Propón tu adivinanza, que te escuchamos.»
El les dijo: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura.»

Al cuarto día los filisteos se pusieron nerviosos y amenazaron a la novia con quemarla a ella y a la casa de sus padres si no averiguaba la solución. ¡Esos son amigos! Costumbres rudas. Ante esa amenaza, la novia insistió y lloró, haciéndole la vida imposible a Sansón, hasta que el pobre le dijo la solución de la adivinanza. Enterados los filisteos, exigieron el pago de la apuesta, diciendo: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué más fuerte que el león?»

Sansón se enardeció, o sea que “penetró en él el Espíritu del Señor”, bajó a la ciudad, mató a treinta filisteos, tomó sus despojos y entregó las mudas a los acertantes de la adivinanza. Después, furioso, se volvió con sus padres. En cuanto a la flamante esposa, se fugó con uno de sus amigos.

Por lo visto, Sansón no tenía suerte con las mujeres. Inocente como buen varón enamorado, volvió a la ciudad de su esposa con un cabrito bajo el brazo para tratar de hacer las paces. Al enterarse de que la paloma había volado, otra bronca. Cazó treinta zorras, fabricó unas antorchas y, juntando a los animales cola con cola, puso una antorcha en medio entre las dos colas. Prendió fuego a las teas y luego, soltando las zorras por las mieses de los filisteos, incendió las gavillas y el trigo todavía en pie y hasta las viñas y olivares. Quemó toda la cosecha del año.

La hago breve. Terminó la escalada con una expedición filistea para acabar con Sansón. Lo tomaron desprevenido, pero casualmente encontró una quijada de asno todavía fresca, alargó la mano, la empuñó y mató con ella a mil hombres. Enorme asno debió de ser. Desagradecido, no mencionó la ayuda del Espíritu del Señor, que le proporcionó la fuerza. Y el asno.

Tiempo después, a Sansón se le ocurrió ir de putas a Gaza, importante ciudad filistea (Con todo respeto: ¡hay que ser zopenco! ¿No había putas en Israel?). Cuando corrió la voz en Gaza de que Sansón estaba haciendo lo que había venido a hacer se le vinieron a la desbandada. El acosado escapó a medianoche y encontrando cerradas las puertas de la ciudad, las arrancó de sus goznes y se las llevó puestas sesenta y cinco kilómetros. Se imaginan quién lo poseyó, aún en esas pecaminosas andanzas, y le proporcionó las sobrehumanas fuerzas.

Y ahora viene el plato principal. Empecinado, sin escarmentar, este fogoso héroe se enamoró de otra filistea (era su manía; ¿qué tendrían las filisteas?) llamada Dalila y allá fue a vivir con ella.
Los jefes de los filisteos dijeron a Dalila: «Sonsácale y entérate de dónde le viene esa fuerza tan enorme, y cómo podríamos dominarlo para amarrarlo y tenerlo sujeto. Nosotros te daremos cada uno 1.100 monedas de plata.» (A 1.100 monedas cada uno, debía de ser una suma enorme)
Comenzó Dalila a intentar salir de pobre. Día tras día insistía, lloraba, engatusaba, seducía tratando de que Sansón le revelara su secreto. Tres veces Sansón le dijo cualquier perejil para sacársela de encima, y las tres veces los filisteos que intentaron capturarlo creyéndolo sin fuerzas se llevaron soberana zurra.

Machacona, insistió Dalila: «¿Cómo puedes decir: “Te amo “, si tu corazón no está conmigo? (Clásico argumento femenino) Tres veces te has reído ya de mí y no me has dicho en qué consiste esa fuerza tan grande.»  Como todos los días le asediaba con sus palabras y le importunaba, aburrido de la vida, le abrió todo su corazón y le dijo: «La navaja no ha pasado jamás por mi cabeza, porque soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si me rasuraran, mi fuerza se retiraría de mí, me debilitaría y sería como un hombre cualquiera.»

Este Sansón tendría mucha fuerza, pero de inteligencia, nada. Después de la experiencia con su primera esposa y la adivinanza, volvió a caer en la misma estupidez. Es para no creer. ¿Y este tipo era Juez de Israel? ¡Como para confiar en las autoridades!

Conclusión: Dalila lo hizo dormir, llamó a un barbero a domicilio y le afeitó la cabeza. Adiós, Espíritu del Señor.

Vinieron los esbirros, le ataron, le sacaron los ojos, le encadenaron y lo destinaron a accionar una rueda de molino.

Pasaron los días y el pelo le fue creciendo, cosa a la que los filisteos no dieron importancia. Invitaron entonces a todo el pueblo a una gran fiesta en el templo con Sansón encadenado como atracción principal. Allá fue el prisionero ciego de la mano de un muchacho, a quien dijo: «Ponme donde pueda tocar las columnas en las que descansa la casa para que me apoye en ellas.» (Por esos misterios de la arquitectura filistea, el templo estaba sostenido por sólo dos columnas cercanas entre sí. Perdón, pero eso es estructuralmente imposible). Y allí Sansón rezó: «Señor Yahveh, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte nada más que esta vez, oh Dios, para que de un golpe me vengue de los filisteos por mis dos ojos.» Y Sansón palpó las dos columnas centrales sobre las que descansaba la casa, se apoyó contra ellas, en una con su brazo derecho, en la otra con el izquierdo, y gritó: «¡Muera yo con los filisteos!» Apretó con todas sus fuerzas y la casa se derrumbó sobre toda la gente allí reunida.


En el desmoronamiento murieron 3.000 personas, Sansón incluido. Por esta hazaña digna de increíble Hulk, Sansón es considerado héroe nacional, pese a su carácter arrebatado e irresponsable y a su funesta atracción por las mujeres filisteas.

Alguna acotación final. Vamos a destruir un mito: la fuerza de Sansón no residía en su cabellera, aunque se debilitó cuando se la cortaron. Su fuerza residía en su consagración al Señor, de lo que los cabellos eran la condición. Cuando Sansón hubo violado su consagración al Señor, no tuvo la fuerza moral y se debilitó. Su hazaña final en el templo fue una excepción de Yahveh debido a que el rapado había sido involuntario y estando inconsciente, y a que ya le había crecido el cabello lo suficiente como para estar presentable ante el Señor. No confundir.

Sea por lo que fuere, Sansón resulta un tipo simpático, tal vez por lo mujeriego, calentón y experto en demoliciones. Desde ya, no fue un modelo de virtudes.

Espero que nos reunamos nuevamente el 31 de marzo. Hasta entonces.


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jueves, 17 de enero de 2013

LA SIBILA – PROFETIZAR ES COSA SERIA



Es de presumir que ya nuestro abuelo Neandertal trataba de escudriñar lo que le depararía el mañana. Vital importancia tenía la posibilidad de cazar un tapir y saciar su hambre o por el contrario ser pasto de un smilodonte. Ante la incertidumbre del futuro, recurrió naturalmente a los dioses para que lo dotaran de presciencia, con resultados más bien frustrantes.
Como un ejemplo del marketing inmanente a la raza humana, dada la necesidad surgió la oferta. Sujetos astutos o inspirados se promocionaron como intermediarios entre los dioses y los mortales para revelarles sus secretos designios. Los sacerdotes, que ya existían, se apropiaron del invento, lo patentaron y ya tenemos los adivinos inspirados por las divinidades.
En tiempos históricos los vemos actuar entre sumerios, egipcios, hebreos (la Biblia está llena de profetas, todos pesimistas, con lo que siempre acertaban). Los griegos no podían faltar. Una adivina predijo la guerra de Troya, y ya en la contienda tanto griegos como troyanos disponían de sus augures.
Como todas las predicciones que han sido registradas lo fueron después de los hechos pronosticados, invariablemente acertaban (¡oh casualidad!). Existen dos tipos de excepciones: a) las redactadas en forma tan oscura que pueden acomodarse a cualquier cosa (ver post sobre Nostradamus) o b) las que pronostican el fin del mundo, que invariablemente fallan (hasta ahora) pero siempre hay una explicación. Además, pronto de olvidan.

Hay gran confusión respecto a la sibila (o sibilas, como veremos) registradas históricamente. Como siempre, fueron los griegos, grandes fabuladores, quienes iniciaron los relatos. Platón habla de una sola profetisa, llamada Sibila, hija de Zeus (diversos autores posteriores le atribuyen otros padres y madres, a gusto). Profetizaba por don de Apolo, ayudada por la inspiración de vapores alucinantes (alegremente flipada, como dirían algunos aficionados actuales). En su “viaje” farfullaba incoherencias, que eran convenientemente interpretadas por los sacerdotes, enjambre de moscas parásitas harto engordadas por la estúpida credulidad y el oportunismo, que pululaban alrededor del personaje haciendo su agosto (esta es una verosímil interpretación no autorizada de mi cosecha).

En vista de la creciente demanda, surgieron otras profetisas, a las que se llamó con el nombre genérico de sibilas, apropiándose del nombre de la primera que, al no haberse registrado en su oportunidad, pasó a ser del dominio público.

Prolijos cronistas recogieron hasta diez sibilas a través del tiempo, según el lugar donde ejercían. Por supuesto, se transmitían las funciones de maestra a discípula, por largos años. Resumiremos las más famosas.

La ya mencionada Sibila, hija de Zeus, primera de su nombre.

Herofila; residía en la región de Troya. También, para variar se le atribuía a Zeus como padre. Predijo la guerra y destrucción de Troya, que sería ocasionada por una mujer llamada Elena. Por lo visto, mucho caso no le hicieron. Nadie es profeta en su tierra...

La sibila de Delfos. Famosísima. Todas las leyendas griegas incluyen consultas de los héroes a este santuario. Inspirada por Apolo, profetizaba inclinada sobre la boca de una sima o grieta en la roca, por donde se exhalaban vapores alucinògenos. Junto a ella se encontraba el onfalos, ombligo del mundo. A su alrededor se edificó un templo, cuyos sacerdotes ejercieron gran influencia, ya en los tiempos históricos, interfiriendo a veces en decisiones políticas. Sus riquezas eran enormes. Hubo una sucesión de sibilas en Delfos, durante siglos.

La sibila de Cumas. Puso su consultorio en Cumas, ciudad de Italia. Tenía una clientela predominantemente romana. Su nombre era Deifoba, y la inspiraba Apolo. Con este dios hizo un mal negocio, ya que le pidió que le concediera tantos años de vida como granos de arena cabían en su mano. El dios se lo concedió con toda mala fe; le otorgó formidable longevidad, pero no igual juventud. Deifoba se fue convirtiendo en una momia apergaminada a la que hubo que colgar dentro de una jaula en el templo de Apolo. El sentido del humor de los dioses es a menudo bastante retorcido.

También Deifoba tenía sus malas artes. Un buen día se presentó ante Tarquino el Soberbio, rey de Roma, ofreciéndole nueve libros de profecías a un precio exorbitante. Tarquino, haciendo honor a su apodo, la sacó con cajas destempladas. En el acto, la sibila destruyó tres libros y le ofreció los seis restantes al mismo enorme precio original. Nuevo rechazo y nueva destrucción de tres libros. El precio seguía siendo el mismo, pero los libros restantes eran ahora sólo tres. Allí Tarquino hizo el peor negocio de su vida; compró los tres libros al precio de los nueve. Estos libros se guardaron celosamente en el Capitolio y los sacerdotes (¡siempre metidos en todo!) los consultaban e interpretaban en casos de extremo peligro para la ciudad. Oportunamente se quemaron en un incendio, se reconstruyeron de memoria y se volvieron a quemar siglos después. Una lástima. Italia (y Europa) los necesitaría hoy día.

La sibila de Libia. Sacerdotisa del templo de Zeus Amon (Zeus con cuernos del dios carnero Amon egipcio), en el oasis de Siwa, en Libia, África. La inspiraba Zeus, esta vez. Su origen, relatado por ella misma, dice:

Soy de nacimiento mitad mortal, mitad divina;
Una ninfa inmortal era mi madre, mi padre un comedor de maíz.

Esto lo cuenta Pausanias (siglo II D.C.) según Wikipedia. Considerando que el maíz, originario de Centroamérica, sólo se conoció en Europa en el siglo XVI, se demuestra el cuidado que hay que tener al citar fuentes históricas mal traducidas.

Plutarco cuenta la historia de que Alejandro Magno consultó al oráculo de Siwa y que la sibila le confirmó como personaje divino y como el legítimo faraón de Egipto. Por supuesto, Plutarco lo contó como trescientos años después del hecho. Así cualquiera acierta.

Ya mencioné mi teoría de que los vapores alucinógenos que estas mujeres aspiraban eran el origen de las “profecías”. Hay otras teorías. La clásica es la de la inspiración divina. Como la Iglesia católica no podía aceptarla, se vio obligada a intervenir con el disparate de San Jerónimo y otros Padres de la Iglesia, que sostuvieron que el don de la profecía en recompensa de su castidad (¡siempre con la manía sexual!). Sin embargo, existió una sibila que se jactaba del número de sus amantes. (¡Por qué no te callas, Jerónimo!)
También andaban circulando allá por el siglo II ocho libros de supuestas predicciones sibilinas. No hagan caso. Son falsos. Esta colección fue el resultado del fraude devoto de algunos cristianos platónicos, más celosos que hábiles, que componiéndola creyeron dar armas a la religión cristiana, y poner a los que la defendían en estado de combatir al paganismo con la mayor ventaja.
Para terminar, un ejemplo de la ambigüedad de los oráculos y la astucia de los sacerdotes.
El rey Creso de Lidia que había preguntado por la guerra contra los persas recibió la siguiente respuesta del oráculo de Delfos: «Si Creso cruza el río Halys caerá un gran reino». Creso lo interpretó como la destrucción de Persia y al mando de su ejército cruzó el río y fue rotundamente derrotado. El reino que cayó fue el suyo.

Pido disculpas por los dos días de atraso en esta entrega. Nos encontraremos nuevamente a fines de enero.

RECTIFICO: Perdón, amigos. Fuerza mayor. Será hasta el 15 de marzo, sin falta. Prometo.


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