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histonotas

jueves, 17 de enero de 2013

LA SIBILA – PROFETIZAR ES COSA SERIA



Es de presumir que ya nuestro abuelo Neandertal trataba de escudriñar lo que le depararía el mañana. Vital importancia tenía la posibilidad de cazar un tapir y saciar su hambre o por el contrario ser pasto de un smilodonte. Ante la incertidumbre del futuro, recurrió naturalmente a los dioses para que lo dotaran de presciencia, con resultados más bien frustrantes.
Como un ejemplo del marketing inmanente a la raza humana, dada la necesidad surgió la oferta. Sujetos astutos o inspirados se promocionaron como intermediarios entre los dioses y los mortales para revelarles sus secretos designios. Los sacerdotes, que ya existían, se apropiaron del invento, lo patentaron y ya tenemos los adivinos inspirados por las divinidades.
En tiempos históricos los vemos actuar entre sumerios, egipcios, hebreos (la Biblia está llena de profetas, todos pesimistas, con lo que siempre acertaban). Los griegos no podían faltar. Una adivina predijo la guerra de Troya, y ya en la contienda tanto griegos como troyanos disponían de sus augures.
Como todas las predicciones que han sido registradas lo fueron después de los hechos pronosticados, invariablemente acertaban (¡oh casualidad!). Existen dos tipos de excepciones: a) las redactadas en forma tan oscura que pueden acomodarse a cualquier cosa (ver post sobre Nostradamus) o b) las que pronostican el fin del mundo, que invariablemente fallan (hasta ahora) pero siempre hay una explicación. Además, pronto de olvidan.

Hay gran confusión respecto a la sibila (o sibilas, como veremos) registradas históricamente. Como siempre, fueron los griegos, grandes fabuladores, quienes iniciaron los relatos. Platón habla de una sola profetisa, llamada Sibila, hija de Zeus (diversos autores posteriores le atribuyen otros padres y madres, a gusto). Profetizaba por don de Apolo, ayudada por la inspiración de vapores alucinantes (alegremente flipada, como dirían algunos aficionados actuales). En su “viaje” farfullaba incoherencias, que eran convenientemente interpretadas por los sacerdotes, enjambre de moscas parásitas harto engordadas por la estúpida credulidad y el oportunismo, que pululaban alrededor del personaje haciendo su agosto (esta es una verosímil interpretación no autorizada de mi cosecha).

En vista de la creciente demanda, surgieron otras profetisas, a las que se llamó con el nombre genérico de sibilas, apropiándose del nombre de la primera que, al no haberse registrado en su oportunidad, pasó a ser del dominio público.

Prolijos cronistas recogieron hasta diez sibilas a través del tiempo, según el lugar donde ejercían. Por supuesto, se transmitían las funciones de maestra a discípula, por largos años. Resumiremos las más famosas.

La ya mencionada Sibila, hija de Zeus, primera de su nombre.

Herofila; residía en la región de Troya. También, para variar se le atribuía a Zeus como padre. Predijo la guerra y destrucción de Troya, que sería ocasionada por una mujer llamada Elena. Por lo visto, mucho caso no le hicieron. Nadie es profeta en su tierra...

La sibila de Delfos. Famosísima. Todas las leyendas griegas incluyen consultas de los héroes a este santuario. Inspirada por Apolo, profetizaba inclinada sobre la boca de una sima o grieta en la roca, por donde se exhalaban vapores alucinògenos. Junto a ella se encontraba el onfalos, ombligo del mundo. A su alrededor se edificó un templo, cuyos sacerdotes ejercieron gran influencia, ya en los tiempos históricos, interfiriendo a veces en decisiones políticas. Sus riquezas eran enormes. Hubo una sucesión de sibilas en Delfos, durante siglos.

La sibila de Cumas. Puso su consultorio en Cumas, ciudad de Italia. Tenía una clientela predominantemente romana. Su nombre era Deifoba, y la inspiraba Apolo. Con este dios hizo un mal negocio, ya que le pidió que le concediera tantos años de vida como granos de arena cabían en su mano. El dios se lo concedió con toda mala fe; le otorgó formidable longevidad, pero no igual juventud. Deifoba se fue convirtiendo en una momia apergaminada a la que hubo que colgar dentro de una jaula en el templo de Apolo. El sentido del humor de los dioses es a menudo bastante retorcido.

También Deifoba tenía sus malas artes. Un buen día se presentó ante Tarquino el Soberbio, rey de Roma, ofreciéndole nueve libros de profecías a un precio exorbitante. Tarquino, haciendo honor a su apodo, la sacó con cajas destempladas. En el acto, la sibila destruyó tres libros y le ofreció los seis restantes al mismo enorme precio original. Nuevo rechazo y nueva destrucción de tres libros. El precio seguía siendo el mismo, pero los libros restantes eran ahora sólo tres. Allí Tarquino hizo el peor negocio de su vida; compró los tres libros al precio de los nueve. Estos libros se guardaron celosamente en el Capitolio y los sacerdotes (¡siempre metidos en todo!) los consultaban e interpretaban en casos de extremo peligro para la ciudad. Oportunamente se quemaron en un incendio, se reconstruyeron de memoria y se volvieron a quemar siglos después. Una lástima. Italia (y Europa) los necesitaría hoy día.

La sibila de Libia. Sacerdotisa del templo de Zeus Amon (Zeus con cuernos del dios carnero Amon egipcio), en el oasis de Siwa, en Libia, África. La inspiraba Zeus, esta vez. Su origen, relatado por ella misma, dice:

Soy de nacimiento mitad mortal, mitad divina;
Una ninfa inmortal era mi madre, mi padre un comedor de maíz.

Esto lo cuenta Pausanias (siglo II D.C.) según Wikipedia. Considerando que el maíz, originario de Centroamérica, sólo se conoció en Europa en el siglo XVI, se demuestra el cuidado que hay que tener al citar fuentes históricas mal traducidas.

Plutarco cuenta la historia de que Alejandro Magno consultó al oráculo de Siwa y que la sibila le confirmó como personaje divino y como el legítimo faraón de Egipto. Por supuesto, Plutarco lo contó como trescientos años después del hecho. Así cualquiera acierta.

Ya mencioné mi teoría de que los vapores alucinógenos que estas mujeres aspiraban eran el origen de las “profecías”. Hay otras teorías. La clásica es la de la inspiración divina. Como la Iglesia católica no podía aceptarla, se vio obligada a intervenir con el disparate de San Jerónimo y otros Padres de la Iglesia, que sostuvieron que el don de la profecía en recompensa de su castidad (¡siempre con la manía sexual!). Sin embargo, existió una sibila que se jactaba del número de sus amantes. (¡Por qué no te callas, Jerónimo!)
También andaban circulando allá por el siglo II ocho libros de supuestas predicciones sibilinas. No hagan caso. Son falsos. Esta colección fue el resultado del fraude devoto de algunos cristianos platónicos, más celosos que hábiles, que componiéndola creyeron dar armas a la religión cristiana, y poner a los que la defendían en estado de combatir al paganismo con la mayor ventaja.
Para terminar, un ejemplo de la ambigüedad de los oráculos y la astucia de los sacerdotes.
El rey Creso de Lidia que había preguntado por la guerra contra los persas recibió la siguiente respuesta del oráculo de Delfos: «Si Creso cruza el río Halys caerá un gran reino». Creso lo interpretó como la destrucción de Persia y al mando de su ejército cruzó el río y fue rotundamente derrotado. El reino que cayó fue el suyo.

Pido disculpas por los dos días de atraso en esta entrega. Nos encontraremos nuevamente a fines de enero.

RECTIFICO: Perdón, amigos. Fuerza mayor. Será hasta el 15 de marzo, sin falta. Prometo.


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viernes, 14 de diciembre de 2012

LA JUSTICIA RIDICULA



La majestuosa dama Justicia, además de ciega, por momentos se permite verdaderas sandeces. Voy a citar sólo dos casos, no inventados sino verídicos y debidamente documentados, en que el delirium tremens parece invadir los solemnes estrados.

El primero está relacionado con las plagas medievales. Ya sea por la inexistencia de plaguicidas, por la mugre ambiente o el hacinamiento, lo cierto es que frecuentemente caían sobre la sufrida Europa bíblicas invasiones de indeseables sabandijas. Langostas, orugas, escarabajos, serpientes, ranas, ratas, ratones, topos... estas pequeñas pestes se combinaban para devastar regiones enteras. Se arruinaban las cosechas, y a menudo se padecía hambre. La ciencia medieval nada podía hacer. La gente se volvía hacia el cielo y la religión. Tan súbitos y despiadados ataques sólo podían explicarse mediante la acción de una fuerza demoníaca. No era que las langostas devoraran las cosechas, ni que los ratones royeran las raíces... el demonio o sus ayudantes se habían posesionado de los dañinos animales. La conocida leyenda del flautista de Hamelin responde a un problema real.
Flautista aparte, la religión se abocaba a lo suyo. Se practicaban los solemnes exorcismos para expulsar al maligno, se intimaba a loa animales, pero nada; los bichos seguían arrasando cosechas, poseídos por tercos demonios o simplemente hambrientos.

Entraba a actuar el poder civil. Los juicios a animales dañinos no eran excepcionales. F. Nork, en su obra Sitten und Gebräuche der Deutschen (Costumbres y tradiciones de Alemania - Stuttgart, 1849) reproduce las actas de un proceso de este tipo, efectuado en la comuna de Glurns, Suiza.

“El día de Santa Ursula, Anno Domini 1519, Simon Fliss, residente de Stilfs, compareció ante Wilhelín von Hasslingen, juez y alcalde de la comuna de Glurns, y declaró en nombre del pueblo de  Stilfs que deseaba iniciar proceso contra los ratones del campo, con arreglo a lo prescripto por ley. Y como la ley instituye que los ratones deben ser defendidos, pidió a las autoridades que nombraran a dicho defensor, para que los ratones no tuvieran motivo de queja. En respuesta al pedido, Wilhelm von  Hasslingen nombró a Hans Grienebner, residente de Glurns, para dicho cargo, y lo confirmó en el mismo. Después de lo cual Simón Fliss nombró al acusador en representación de la comuna de Stilfs, que fue Minig von Tartsch.”

El juez fue Conrad Spergser, capitán de mercenarios en el ejército del Condestable. Y hubo diez jurados.
“Minig von Tartsch, en representación de todo el pueblo de la comuna de Stilfs, declaró que había citado ese día a Hans Grienebner, abogado defensor de las bestias irracionales conocidas por el nombre de ratones de campo, después de lo cual el arriba mencionado Hans Grienebner compareció y se dio a conocer en su función de abogado defensor de los ratones”.
 “Minig Waltsch, residente de Sulden, fue llamado en calidad de testigo, y declaró que durante los últimos dieciocho años acostumbraba cruzar los campos de Stilfs, y que había visto los daños considerables producidos por los ratones de campo, y que apenas habían dejado un poco de heno para uso de los campesinos.
“Niklas Stocker, residente de Stilfs, atestiguó que ayudaba en el trabajo de los campos comunales, y que siempre había visto que esos animales, cuyo nombre no conocía, causaban grandes daños a los agricultores, y eso era especialmente visible en otoño.
“Vilas von Raining reside ahora en las proximidades de Stilfs, pero durante diez años ha sido miembro de la comuna. Testifica que puede apoyar la declaración de Niklas Stocker, y aun la refuerza afirmando que muy a menudo ha visto con sus propios ojos a los mencionados ratones.
“Después de lo cual, todos los testigos confirmaron bajo juramento sus respectivos testimonios.”

 “ACUSACIÓN: Minig von Tartsch acusa a los ratones de campo del daño que han causado y afirma que si esta situación continúa y no se procede a la eliminación de los dañinos animales, sus clientes no podrán pagar los impuestos, y se verán obligados a irse a otro sitio.

“ALEGATO DE LA DEFENSA: Hans Grienebner, en su condición de abogado de la defensa, declara en respuesta a esta acusación: Ha comprendido la acusación, pero es bien sabido que sus clientes también son útiles desde cierto punto de vista (destruyen las larvas de algunos insectos) y por consiguiente espera que el tribunal no les retirará su protección. Sin embargo, si ése fuera el caso, ruega a la corte que comprometa a la acusación a suministrar a los acusados alguna residencia donde puedan vivir en paz y también para que, mientras se mudan, los protejan de perros y de gatos; y finalmente, si alguna de sus clientes estuviera embarazada, que se le conceda un plazo suficiente para que den a luz y puedan llevarse sus crías.

“SENTENCIA: Después de haber escuchado a la acusación, a la defensa y a los testigos, el tribunal decretó que las bestias dañinas conocidas bajo el nombre de ratones de campo serán conjuradas a marcharse de los campos y prados de la comuna de Stilfs en el plazo de catorce días, y que se les prohíbe eternamente todo intento de retorno; pero que si alguno de los animales estuviera embarazado o impedido de viajar debido a su extremada juventud, se le concederán otros catorce días, bajo la protección del tribunal... pero los que están en condiciones de viajar, deben partir dentro de los primeros catorce días.”
Por otra parte, el tribunal rechazó firmemente la sugestión de la defensa: no proveyó otro territorio para el establecimiento de los ratones; debían marcharse, adonde quisieran o pudieran hacerlo.
Ignoramos si los ratones de campo se enteraron de la sentencia.


Segundo ejemplo, un enfoque romántico del derecho.
De jure canum (El derecho canino)- tal el título que Heinrich Klüver, abogado de Wittenberg, dio en 1734 a su “disertación popular” sobre la situación jurídica de los perros.
El primer capítulo está consagrado a una apología de los perros, con relatos instructivos relativos a la lealtad y a la inteligencia de estos animales. Dos de las anécdotas dan una idea del grado de preocupación de Herr Klüver por los hechos y por la verdad:
“La gallina de una pobre viuda puso cierto número de huevos, pero no tuvo tiempo de empollarlos, porque infortunadamente murió. La pobre mujer se sentía muy inquieta, pues se ganaba la vida criando pollos. Pero su perrito pareció comprender el aprieto en que se hallaba la mujer, pues se acostó sobre los huevos y los empolló.

“La bruja de cierta aldea preparó una comida especial, a base de carne de pollo, con la cual esperaba convertir a sus gallinas en maravillosas ponedoras.
Pero el perro le robó la comida... ¿y cuál fue el resultado? Comenzó a poner huevos, y así continuó mientras duró el efecto de la comida mágica.”
Los problemas concretos suscitados por la situación jurídica de los perros aparecen en el tercer capítulo. Nos encontramos con perros guardianes, perros de caza y perros rabiosos como personajes de diversos problemas jurídicos. Luego, aparece el hombre de la perrera. Su función no es tan simple como podría creerse. De acuerdo con las antiguas reglas de las corporaciones, el hombre que había cumplido funciones de perrero” no podía ingresar en una corporación... porque se consideraba que su profesión era “deshonrosa”. Ahora bien, puede ocurrir que un honesto artesano mate un perro. El problema legal es el siguiente: ¿habrá de considerárselo “perrero temporario o profesional”?
Los perros del doctor Klüver incursionaban también en la ley de sucesión. Así, descubrimos que un perro no puede ser considerado propiedad hereditaria, de modo que constituye patrimonio legítimo del viudo o de la viuda. Por otra parte, él o ella tienen derecho a retener el collar si éste es de cuero; pero si es de plata deberá entregarlo a los herederos directos.

El mismo autor incursiona en otro espinoso problema jurídico en su tratado Kurtzes
bedencken über Juristische Frage: Ob eine schwangereFrau, wenn sie wahrend der Reise auf dem Wagen eines Kindes genesen, für selbiges Fuhr-Lohn zu geben gehalten sey (Jena, 1709). (Breve examen del problema jurídico: si una mujer embarazada, que da a luz un niño mientras viaja en una diligencia, está obligada o no a pagar el billete del recién nacido.) Por motivos de espacio, ahorro a mis lectores la exposición de este apasionante problema.

Y ahora, en forma arbitraria y unilateral, me otorgo asueto para fin de año. Por lo tanto, nos encontraremos nuevamente recién el 15 de enero. Felices fiestas para todos.


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viernes, 30 de noviembre de 2012

MARIA ESTUARDO – REINA SIN CABEZA (II)



En escena tenemos a una reina de Escocia de 23 años recién casada con Robert Darnley, apuesto joven de 19 años tonto, presumido e inmaduro.

En breve este necio se cree un estadista y exige el derecho de soberanía que le permita gobernar a la par de la reina. Lo hace a los tres meses de la boda, y la reina monta en cólera. Se da cuenta de que se ha casado con un egoísta que sólo piensa en el poder. Obra en consecuencia y le aparta de cuanto signifique Estado. La venda se le ha caído de los ojos y la luna de miel se ha terminado.











El hecho de que Darnley sea católico provoca indignación y aprensión entre sus súbditos protestantes (los más importantes) Consecuencia inmediata es que se apartan los consejeros de confianza y se incrementa la influencia del secretario David Rizzio, odiado por católico, por italiano, por sospechas de ser agente del Papa y por exhibir excesiva confianza con María, lo que da origen a murmuraciones.
Y con toda maldad, la reina Isabel de Inglaterra comienza a financiar el descontento de la nobleza protestante con importantes sumas.

En los dos meses de luna de miel, María queda embarazada. Por esas cosas de la línea dinástica, el futuro bebé está bien colocado para candidato al trono de Inglaterra, además del de Escocia, si Isabel no se casa ni tiene descendencia. Por qué Isabel no lo hizo es una de las incógnitas de la historia, pero lo cierto es que así les regaló el trono a los Estuardo. Pero me estoy adelantando.

Mientras tanto Darnley, ya despreciado y dejado de lado por María (quien sin embargo mantiene públicamente  las apariencias de cariño, vaya a saber por qué) comienza a hacer de las suyas,
Los lores protestantes le calientan la cabeza y alimentan su furia contra el secretario y privado Rizzio. Le ofrecen su apoyo, si acepta hacerse protestante, para aprisionar o eliminar a María y ejercer plenamente como rey de Escocia. El cabeza hueca de Darnley acepta, pero con la condición de que previamente asesinen a Rizzio.
El proyecto se ejecuta. Rizzio es arrancado del lado de María, llevado a una habitación contigua y prolijamente cosido a puñaladas. María, muerta de miedo, se imagina de dónde viene la cosa pero disimula.

lord James, conde de Bothwell
Prácticamente arrinconada por los lores protestantes, la reina busca apoyos. Encuentra un aliado importante, lord Bothwell, que destaca por su bravura y obstinación. María lo mira como al héroe valiente que la salvará de todos los peligros que la acechan, y no puede evitar sentirse entusiasmada con ese hombre fuerte y aventurero. Con su ayuda y la de los aliados que le aporta escapa del cerco, finge perdonar a todo el mundo y, mientras tanto, nace su hijo.

No se olvida María de enviar un emisario para que dé la buena nueva a su prima Isabel, que recibe la noticia en medio de un baile de la corte, y es tal su berrinche que manda suspender la fiesta.  La envidia la mata pero, siempre simuladora, se ofrece a ser la madrina del recién nacido, a quien envía como regalo una pila bautismal de oro macizo.


lord Darnley
Bothwell y los lores aliados quieren matar al rey, cada día más intolerable, quien se encuentra en Glasgow. Incitan a María para ir a visitar a su marido, poniendo como excusa su reciente enfermedad (el muchacho se había pescado una sífilis, en sus ratos de ocio). Mientras tanto, los lores siguen adelante con su plan. El día en que todo ocurre, la reina asiste en el palacio a la boda de uno de sus sirvientes preferidos, y por la tarde acude a ver a su esposo. Se marcha la reina al anochecer, y en la madrugada se oye una explosión en la casa que habita Darnley, aunque él ya habías sido estrangulado con anterioridad. María queda anonadada con la noticia, pero en lugar de estallar en un histérico llanto, que era lo que todos esperaban, se hunde en la apatía, y mucha gente de su entorno lo malinterpreta.
Las malas lenguas se desatan y se acusa a María de estar en connivencia con Bothwell para deshacerse de su marido. Ella sigue en su letargo y no se defiende. El padre del asesinado clama justicia y María, por fin, accede a que se presente en el Parlamento la acusación contra Bothwell, aunque nada se puede probar y es encontrado inocente (la justicia siempre fue inútil en estos casos, lamentablemente. Entonces y ahora).

Los lores aliados proponen que la reina se case de nuevo, y el propio Bothwell se apunta como el candidato ideal, a pesar de estar ya casado.

lord Bothwell
Bothwell soluciona el problema a la manera escocesa, es decir raptando a la reina, aunque se la acusará posteriormente de no ofrecer la suficiente resistencia. Para que no haya oposición a la boda, toma a la reina por la fuerza (la viola). Cuando María llega a Edimburgo, va lo más contenta, a caballo, y es Bothwell quien lleva las riendas. Todo esto hace que cada vez más el pueblo vea a la reina como cómplice en el asesinato de su segundo esposo. Tiene que consentir, a su pesar, que el matrimonio con Bothwell se celebre de madrugada y por el rito protestante, sólo catorce días después del asesinato de Darnley.

Enseguida tiene lugar la contienda entre los que se declaran defensores del príncipe heredero y los que apoyan a Bothwell. La reina es un mero peón entre las dos partes. Como si esto fuera poco, se añade un embarazo, presuntamente de su reciente marido. Al final María ve que no le queda más remedio que ceder y hasta el propio Bothwell, viéndolo todo perdido, huye. La reina es despreciada por un ejército que ya no le es fiel y por su pueblo, que la trata de ramera y asesina. La encierran y no le permiten que se cambie de ropa en varios días para minr su moral.

Aunque Bothwell intenta liberarla, él también corre peligro, y se marcha a Noruega. El rey de Noruega no sabe exactamente qué hacer con él. Le llevan de prisión en prisión, y acabará perdiendo la razón antes de morir. Parece que María no tiene suerte con sus novios.

Los lores escoceses se niegan a ponerla en libertad. El pueblo exige la cabeza de la reina, a quien acusan de asesina, y todo el mundo quiere que abdique en su hijo Jacobo.
No es extraño que con tantos disgustos se malograse el embarazo de la reina. Por los criados se sabe que eran gemelos y que el embarazo era de tres meses aunque se hace creer a todos, con mentiras, que estaba más avanzado, y que se trataba de la famosa violación.

Elizabeth I
Consigue María escaparse disfrazada de su prisión. Se le reúnen partidarios (lores que van y vienen de una lealtad a otra) pero es derrotada en sus esfuerzos para recuperar su reinado, que ya está en manos de su hijo, adecuadamente custodiado. Finalmente, comete la última insensatez: huye a Inglaterra para pedir protección a Isabel. Inexplicable y suicida.

Isabel no la quiere en su país, pero no se atreve a expulsarla. No sabe qué hacer, si ayudarle a recuperar el trono o dejarle que viva en Inglaterra, donde como católica podrá ser el punto de partida de alguna rebelión. Por el momento mantienen a la reina escocesa como huésped bien atendida pero, sobre todo, vigilada.

Comienza María una intensa actividad epistolar, en gran parte clandestina y cifrada. Además de reclamar insistentemente una entrevista a Isabel, quien se excusa constantemente (las dos reinas nunca se verán frente a frente) escribe, bordeando la traición, a los reyes de España, de Francia y al Papa, pidiendo auxilios para recuperar el trono de Escocia y, más grave, desplazar a Isabel del de Inglaterra. Ésta juega astutamente, enterada por sus fieles servidores, y responde con cartas falsificadas, ayudando a que María se comprometa cada vez más.

Por de pronto, fingiendo escrúpulos, Isabel fragua una investigación para “aclarar debidamente las causas de la muerte del rey de Escocia” (Darnley, el ahorcado y  detonado). De todos modos, el veredicto que sale del juicio es que aunque los lores no hayan podido probar la culpabilidad de la reina, tampoco queda totalmente demostrada su inocencia, con lo cual María sigue custodiada, es decir prisionera, sin haber sido citada o escuchada.

Pasa el tiempo. María es trasladada de un castillo a otro, continúa escribiendo cartas cifradas que son interceptadas. Su hijo, ahora Jacobo VI de Escocia, se cartea con su madre, pero también mantiene relación epistolar con su tía Isabel (no es tonto, avizora la corona de Inglaterra por buen comportamiento).

Finalmente, los incondicionales funcionarios de Isabel, que consideran a María un peligro para el reino, convencen a la reina que su prima está complicada en una conjura católica para asesinarla (la conspiración de Babington, recientemente descubierta). Salen a la luz las cartas interceptadas (falsas, según los católicos) que incriminan gravemente a María. No tarda en ser trasladada a la prisión de Fotheringay.

A pesar de tener todas las cartas en su mano, Isabel vacila durante meses. Manda que se constituya el tribunal del Parlamento, sin escuchar las protestas de María.









Los posibles testigos ya han sido ejecutados, y se suceden duros interrogatorios a María, que lo niega todo. Todavía en el día de hoy los historiadores siguen discutiendo si las pruebas eran o no falsificadas.
Finalmente, María es declarada culpable de traición, cuya pena es la muerte. Pero ahora que hay una sentencia, Isabel no se anima a ejecutar a una reina ungida, aunque sabe que, si no se libra de ella, su sombra la perseguirá por siempre, junto con la amenaza de complot con naciones católicas como España o Francia. Con el ojo puesto en el futuro, Jacobo VI, el hijo de Maria, no se atreve a interceder por la vida de su madre, y sólo envía unas cuantas cartas de suave protesta.

El 4 de diciembre de 1586 la reina de Inglaterra decida cumplir la sentencia, aunque para la firma se vale de un subterfugio, y ordena que la hagan llegar con otros papeles, para que pueda escudarse en que firmó sin saber exactamente qué rubricaba. El 7 de febrero del año siguiente se lo comunican a María. Se retira a escribir cartas de despedida al Papa, al rey de Francia y a Felipe II de España. Se despide uno por uno de sus sirvientes. A las 6 de la mañana del día 8 se viste con un abrigo de terciopelo negro, aunque el vestido es rojo para evitar el contraste demasiado brusco de las manchas de sangre. Tiene 45 años, dieciocho de los cuales ha vivido privada de libertad.

Los verdugos, siguiendo la costumbre, solicitan su perdón para el acto que van a realizar, y ella les perdona. Sus últimas palabras serán “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. No acierta el verdugo en el primer golpe, ni siquiera en el segundo, y sólo al tercero rueda la cabeza de la reina por el suelo. Cuando el verdugo la levanta, se queda con una peluca en la mano. La verdadera cabellera de María es corta y canosa de hace tiempo, debido a las penalidades. De pronto, se ve movimiento entre las faldas del cadáver y la multitud grita, aterrorizada. Es el perrito de María, el único que se ha quedado con ella hasta el final.

Hasta el 15 de diciembre, amigos. Un abrazo.


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