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histonotas

domingo, 15 de febrero de 2009

BRUJAS EN ESPAÑA - ZUGARRAMURDI


En todo el mundo, las brujas (y muy ocasionalmente, brujos) existieron mucho antes del cristianismo. Fueron surgiendo para cubrir una necesidad; cuando falla la ciencia, se recurre a la magia. En tiempos remotos, los conocimientos para remediar males naturales que afectaran a humanos, ganado o cosechas eran muy limitados o nulos. Algunas personas, generalmente mujeres no conformistas, adquirieron por búsqueda o transmisión conocimientos no comunes sobre propiedades de hierbas o minerales para tratar enfermedades. A veces tenían un éxito inexplicable para la gente ignorante, que lo atribuía a favor o pactos con dioses o espíritus benignos o malignos. La curadora, que tampoco comprendía del todo las causas de su éxito empírico, no tardaba en caer en el mismo supuesto, tratando de establecer comunicación con el presunto espíritu que la favorecía para lograr mayor poder benéfico. Claro, la tentación era grande, puesta a pedir también le gustaría adquirir algún poder para gobernar los fenómenos naturales (granizos, heladas, inundaciones). Hasta ahora, todo benéfico y, como vemos, relacionado con la vida rural. Las brujas florecen principalmente en las aldeas, en zonas rurales apartadas.

Todo don especial provoca envidias, sobre todo en las comunidades reducidas. Comenzaron a atribuírsele a las brujas los fenómenos inexplicables. Si la bruja tenía el poder de curar, también podría enfermar y matar con su magia; si podía conjurar el granizo y multiplicar las cosechas, también podía provocar el efecto opuesto, De ahí a culparla de todo daño sin causa aparente era sólo cuestión de tiempo. Y así tenemos la figura de la temida bruja, a quien se recurre con recelo y se persigue cuando la desgracia golpea. Dura vida la de la bruja.

Apareció el catolicismo. Ahí se explicó todo. La ayuda sobrenatural que recibían las brujas era, obviamente, la del diablo. Inexplicablemente, en los primeros siglos se las dejó bastante tranquilas, pero con el florecimiento de las grandes herejías en el siglo XIII la figura del demonio tomó preponderancia y se comenzó a cazar brujas, considerándolas herejes adoradoras del diablo. Las primeras cazas de brujas fueron espontáneas, sin intervención de la jerarquía eclesiástica, y sorprendentemente más feroces que las de épocas posteriores. No había ni sombra de juicio, sino que ante la sospecha general de que una persona (generalmente una mujer vieja y solitaria) practicaba artes ocultas, se llevaba a cabo un verdadero linchamiento; la víctima era acosada, lapidada, ahogada o quemada por los campesinos o aldeanos.


Ante esto, intervino la iglesia, instituyendo los juicios ante el tribunal de la Inquisición. Las persecuciones fueron las mismas, los procedimientos inicuos, pero existió una remota y mínima posibilidad de justicia. Algunos acusados salvaron el pellejo, aunque quedaron marcados de por vida. Los demás….al fuego, como antes.

Valga esta larga introducción para ubicarnos con el perfil de las brujas y su persecución. Vayamos ahora al tema.

La aldea (población actual: 230 personas) de Zugarramurdi está situada, como se puede deducir por su nombre, en el país vasco, en la zona norte de Navarra lindante con Francia. Citando el informe oficial (Auto de Fe) que se realizó con motivo del juicio en 1610, una niña francesa residente en Zugarramurdi volvió a su país junto a su madre, y allí fue adoctrinada como bruja, divirtiéndose de lo lindo durante año y medio. Arrepentida, cansada o asustada (la Inquisición pegaba fuerte en Francia en esa época) decidió confesarse. Se salvó del fuego porque declaró no haber abjurado de la Virgen María, aunque sí de Jesús y todos los santos. (Primer comentario: esto no me convence. Que una persona se confiese como bruja y salga con una penitencia de padrenuestros no se lo creo a nadie. Lo más probable es que la haya sacado barata por “confitente” o sea que delató a medio mundo como brujos y reclutadores de brujos). Volvió lo más campante a Zugarramurdi y, tal vez para limpiar la fama que traía, comenzó por acusar a una mujer, María de Yurreteguia, y luego a otros habitantes de Zugarramurdi a quienes decía haber visto en el aquelarre en su época de bruja.

Se considera que la Inquisición fue arrastrada a actuar por el celo de la justicia secular, y por una ola de pánico de las que periódicamente dominaban al país vasco, y que esta vez se extendió sobre la zona del extremo noroeste de Navarra: Las autoridades civiles habían realizado ya muchos arrestos e incluso habían ejecutado a varias personas cuando la Suprema dio orden al Tribunal de Logroño para que realizara una inspección en aquella zona.

Se puede decir cualquier cosa de la Inquisición, menos que era precipitada en sus procedimientos. Envió al inquisidor Juan Valle Alvarado quien, tras una laboriosa recopilación de testimonios entre delatores, envidiosos, supersticiosos y gente que buscaba venganza por rencillas personales, inculpó a trescientas personas, de las cuales cuarenta, las consideradas más peligrosas y culpables, serían trasladadas a la prisión de Logroño.

El proceso duró dos años, de 1608 a 1610.
Son de conocimiento público los “suaves” medios de persuasión empleados por la Inquisición. Los acusados comenzaron a charlar hasta por los codos, ya sea por la tortura o por la simple amenaza de ella. Además, delatando y firmando (o poniendo una cruz, porque la mayoría eran analfabetos) declaraciones que les ponían delante y que no entendían por estar aterrados, semiinconscientes o, simplemente, porque estaban escritas y leídas en castellano, lengua que desconocían (en esa zona se hablaba sólo el euskera) salvaban su vida.
No era esto una solución total porque se comprenderá cuál sería el futuro en una pequeña aldea de una persona que había confesado ser bruja, por más perdón de la Inquisición que hubiera habido. El ostracismo, o la muerte civil. Marcados para siempre, ellos y sus familias.

Los inquisidores no deben haber quedado muy convencidos de la existencia de brujería en Zugarramurdi porque, de los cuarenta sospechosos, sólo quemaron a seis (que o bien no quisieron arrepentirse ni delatar a nadie o no se les dio la oportunidad), mas cuatro fallecidos en prisión por causas “naturales” a quienes quemaron después de muertos, con lo que no causaron daño alguno. Los objetivos se lograron: se calmó la agitación popular, persuadiéndoles de que ya no había más brujos en la zona; se reafirmó la autoridad de la Inquisición para castigar brujos, herejes y demás; se proporcionó una macabra diversión al pueblo (se dice que acudieron cerca de 20.000 personas a Logroño, llegadas hasta de reinos vecinos).

Por motivos de extensión no puedo abundar en detalles del juicio, pero las acusaciones y las “confesiones” son tan ridículas, increíbles, y aberrantes que sólo pudieron ser creíbles (si lo fueron) en audiencias ya predispuestas a escuchar esas exageraciones, por ser de público conocimiento las atrocidades antinaturales atribuidas a los brujos.
Envenenamientos, necrofagia, asesinatos rituales, almacenamiento de restos humanos descompuestos en las casas familiares para ser devorados días después (no sé cómo justificarían el olor. Hipótesis: los vascos no poseen sentido del olfato). En los aquelarres, palabra de origen vasco que significa “prado del chivo” (¿por qué se las toman con el pobre chivo?) ocurría de todo; de orden sexual, criminal y hasta repugnante (ni se imaginan adónde besaban al demonio).

Para atenuante de la Inquisición, uno de los jueces, el mencionado Juan Valle Alvarado, tuvo vergüenza de avalar tantas estupideces e impugnó la veracidad de la mayoría de los hechos denunciados y no admitió la existencia de brujería en los acusados.
Como resultado del Auto de Fe, además de
los susodichos quemados, hubo de todo: azotados, desterrados, condenados a prisión perpetua, a remar en galeras por varios años, todo el arsenal, para servir de ejemplo y diversión al pueblo presente. Estas fueron las penas leves aplicadas a los arrepentidos y a los delatores. Hubo algunas absoluciones, pero ya se sabe a qué costo social. Confiscación de bienes, a casi todo el mundo. Era la primera medida que se tomaba al detener a un sospechoso. (De algo hay que vivir)

Con prolijidad digna de alemanes, se tomó nota al pie del tribunal de todo lo declarado contra los acusados, amén de una descripción vívida, realmente cinematográfica, de todas las ceremonias. Puede servir de modelo a cualquier best seller tipo Stephen King, y no me explico cómo no se ha usado. En aras de la brevedad no lo puedo reproducir aquí, pero recomiendo calurosamente su lectura en el siguiente enlace:


Léase con criterio, teniendo en cuenta que fue sometido a todas las censuras eclesiásticas posibles, para ejemplo de la población. Dice la verdad, pero la verdad oficial. El detalle de las aberraciones de la brujería y la descripción del aquelarre responden exactamente a lo que la Iglesia quería que los fieles creyeran, para su bien.

Los dejo con esa lectura edificante e instructiva. Es sábado a la noche y me invitaron a un aquelarre estupendo. Hasta el 28 de febrero.

Nota: Sí, las ilustraciones son de Goya (no así los subtítulos). El pintor siguió de cerca el proceso de Zugarramurdi a través de su amigo, el escritor Fernández de Moratín. Los grabados muy probablemente se refieran a este proceso.




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sábado, 31 de enero de 2009

ELECTRA - AMO A PAPÁ

Otra vez Grecia, la de antes. Año 1000 Antes de Cristo, siglo más, siglo menos. Nos referiremos a una leyenda basada probablemente, como todas las leyendas, en hechos reales convenientemente enriquecidos por sucesivos relatos en plazas, esquinas, palacios, ágoras y cualquier punto de reunión. Al cabo de los siglos, estos relatos tomaron su forma definitiva por la cual los conocemos al ser argumento de tragedias en la época de oro de Atenas, siglos V y IV AC.

Como ya sabemos, o deberíamos saber, la guerra de los griegos contra Troya terminó, después de diez años, desastrosamente para los troyanos. Los griegos destruyeron prolijamente la ciudad, luego de haber matado a los varones, combatientes o no. Previamente habían cargado en sus panzudos barcos todo lo que pudieron saquear de la metrópolis y sus alrededores: ganado, oro, joyas, objetos valiosos o artísticos, mujeres, doncellas (ya no tan doncellas) y niños. Sí, alternaban doncellas con niños y adolescentes. No discriminaban, los griegos. El resto, lo destruyeron y quemaron las ruinas.

Y volvieron a sus casas, con la satisfacción de un trabajo bien hecho. Mejor dicho, trataron de volver, pero los dioses tenían otros proyectos. Había que castigar muchas perrerías pendientes, y los dioses tienen buena memoria para las ofensas.

La situación del jefe de la expedición, Agamenón, era por demás delicada. Como todos, hacía diez años que faltaba de casa, y su mujer, Clitemnestra, no era precisamente un tímido capullo. Hermana mayor de Helena (sí, la famosa Helena cuyo “auto-rapto” extraconyugal originó la guerra de Troya) y con un carácter más resentido, no perdonó a Agamenón que, para levantar la maldición que pesaba sobre la expedición, apenas comenzada la empresa sacrificara, así nomás, a su hija Ifigenia para aplacar a la diosa Artemisa. Además (pequeño detalle), en sus años mozos Agamenón había asesinado al primer marido de Clitemnestra y a sus hijos. Como fino gesto, después se casó con la viuda para consolarla: eran uno peor que el otro.

Durante los años de ausencia llegaban a Clitemnestra noticias de lo que estaba pasando frente a Troya. Su marido no era lo que se dice un ejemplo de esposo; en plena acción y lejos de su casa le importaba un pimiento el vínculo conyugal.

La cosa estaba madura como para que apareciera un tercero, y apareció nomás. Un tal Egisto (que, casualmente, en griego significa “chivo fuerte”. Dejo a cargo de ustedes las implicancias), primo de Agamenón y complicado en una confusa historia de asesinatos familiares, aprovechó para arrastrarle el ala a Clitemnestra. Al principio ésta no quiso, pero el tiempo, el resentimiento y las noticias que traían de Troya los mercaderes ablandaron a la esposa desatendida y finalmente dio el sí con entusiasmo.

Algo llegó a saberse en el ejército frente a Troya, pero: ¿quién le dice al general en jefe que su mujer anda refocilándose con otro y que, además, los culpables comparten el poder y le ocupan el trono? Imagino que habrá sido la comidilla del ejército, y que los gestos irreverentes a espaldas de Agamenón brotarían a su paso.

El viaje de vuelta se realizó sin inconvenientes. Agamenón, como de costumbre, amenizó la travesía con la bella Casandra, hija del exterminado rey de Troya, tomada como esclava y, casualmente, una excelente adivina. Casandra se cansó de predecir desastres a su reciente amo y señor, intimándolo a que no volviera a su ciudad de Micenas, pero lo que está escrito se cumple.


Agamenón volvió. El affaire Casandra fue la gota que rebalsó el vaso: Clitemnestra se enteró (siempre se saben estas cosas, créanme) y no quiso saber nada más; organizó con Egisto “Chivofuerte” una recepción cuyo acto central fue un baño de inmersión con agua caliente, red y hachazos, combinación que le cayó fatal a Agamenón y lo convirtió en un rey extinto. Se murió, vamos. De pasada, Casandra también pasó a cadáver y se dejó de hacer horóscopos pesimistas.

El ajusticiado dejaba tres hijos, pero los que cuentan son dos; Electra, niña aún, más bien feúcha, y Orestes, adolescente. Ambos estaban de viaje. Orestes siguió su gira para ver mundo, completar su educación y hacerse hombre, y Electra volvió para encontrarse con el negro panorama. Durante siete años quedó relegada a un papel de cuasi esclava, años que ocupó en masticar rabia contra su madre e idealizar la memoria de su adorado padre. Una obsesión.

La maniática obcecación de Electra era la venganza. Sola, quinceañera y sin amigos se le hacía bastante cuesta arriba el escarmiento fantaseado. Consiguió hacerse de otra idea fija: la vuelta de Orestes. Todo se arreglaría con el hermano justiciero haciendo su entrada en el palacio y acuchillando a los culpables.

Y Orestes retornó finalmente. Llegó de incógnita y lamentó lo que había pasado, claro. Traía una orden de Apolo para vengar el crimen, pero parece ser que andaba un poco indeciso, el muchacho. Hasta que la hermanita comenzó a llenarle la cabeza. “Qué gran tipo fue papá, cómo estos dos sinvergüenzas lo llenaron de hachazos a traición, las que tuve que pasar, demuestra que eres un buen hijo de tu padre, acuérdate de lo que te recomendó Apolo …….” todos los días.

Al fin, Orestes se decidió, calzó la espada y ensartó a Clitemnestra y a Egisto. Y ya que estaba, se proclamó rey de Micenas por vacancia del poder ejecutivo.

Lo que no tuvo en cuenta fueron las Furias, o las Erinias, si lo prefieren en griego. Feísimas diosas de la venganza, representadas como genios femeninos con serpientes enroscadas en sus cabezas entre el pelo, portando látigos y antorchas, y con sangre manando en lugar de lágrimas en los ojos. También se decía que tenían grandes alas de murciélago o pájaro, o el cuerpo de un perro. Imagínenlo, si pueden. Una preciosidad.

Estas Furias acosaban a Orestes desde el momento del crimen, día y noche lo perseguían, no lo dejaban dormir, lo aterrorizaban y, por más que huyera o se escondiera, lo estaban volviendo loco de atar.

Se las hago corta: Orestes recurrió al consabido Oráculo de Delfos, pero no se pudo sacar a los bichos de encima. Apolo, amo de Delfos, se lavó las manos anticipándose a Pilatos y se sacó de encima al problema con argumentos de abogado, pese a estar bastante comprometido. Corre Orestes campo traviesa hasta Atenas (un buen trecho) siempre con las Furias detrás. Y aquí viene el final: en Atenas estaba la diosa Palas Atenea, protectora de la ciudad, como quien dice de visita, y siendo una diosa como Dios manda, en lugar de este emboscado de Apolo, hace frente a las Furias y se trenza en una interminable discusión, de esas que tanto le gustan a los griegos, argumentando que Orestes había matado a su madre como venganza del padre, cosa que las furias, como diosas de la venganza, tenían que comprender, y cumpliendo una orden de Apolo.

Para terminar la discusión, que seguía cada uno en sus trece, Palas instituye un tribunal de doce ancianos atenienses, al que llama Areópago (y que desde entonces siguió funcionando en Atenas como Supremo Tribunal de Justicia) para que juzguen el caso en forma inapelable. El resultado, empate. Seis a favor y seis en contra de Orestes. Como diosa, desempata Atenea absolviendo a Orestes y calma a las Furias, hechas unas ídem, con sobornos (sacrificios, adulaciones, etc.)

Fin de la historia. Y aquí vienen los corolarios.

Como recordarán de un post anterior, el anciano Freud, aprovechando frescamente otra leyenda griega, sacó de la galera el complejo de Edipo, con un éxito fenomenal. Escritos, conferencias, encendidos debates y enorme fama para Freud. Encantado con su logro, dio otra vuela de rosca y enunció su versión femenina, consistente en una fijación afectiva de las niñas (y a veces no tan niñas) en la figura del padre. Jung, uno de sus discípulos, imagino que intentando subirse al carro, lo bautizó como el complejo de Electra, demostrando que también conocía las leyendas griegas. Lamentablemente para Jung, no tuvo tanta prensa como Freud con Edipo. Posiblemente la gente ya estaba curada de espanto con el atrevimiento inicial de Freud y lo de Electra no resultó tan chocante ni novedoso. Así y todo, perduró. Cada tanto un terapeuta desempolva el complejo de Electra y se hace de unos pesos. Por lo general, las Electras se curan solas. Se casan (a veces con el analista) y sanseacabó.

Y una segunda hipótesis, esta vez de mi autoría (modestamente).


¿No les resultó extraño que las furias acosaran incansables a Orestes por haber matado a Clitemnestra (la muerte de Egisto ni se menciona. Parece casi inadvertida) y dejaron absolutamente en paz a la propia Clitemnestra, que se pasó siete años lo más fresca después de haberse cargado al marido?

¿Y la propia Electra? Instigadora, volvió loco al pacífico Orestes hasta que lo metió en el embrollo, y hay quien dice que también fue coautora material, dando una manita al hermano. ¿Y las furias, qué? La dulce Electra se terminó casando con el amigo íntimo de Orestes (¿no les dije que se curan solas con el casamiento?) y nadie la incomodó.

Teoría: en lugar de la venganza, las furias representarían el remordimiento por el crimen cometido. Cosas del inconciente (esa se le escapó a Jung). El santo Orestes realmente no quería matar a la madre. Lo presionaron y convencieron. De ahí que, cometido el crimen, sintiera un terrible remordimiento que no lo dejaba ni a sol ni a sombra, hasta que un jurado lo absolvió. Electra y Clitemnestra, en cambio, se sentían totalmente justificadas, y no sintieron ni sombra de remordimiento. Ni de furias perseguidoras. ¿Sabrían algo los griegos de inconciente, superyo y esas cosas? Ingenioso ¿no? Critíquenmelo, por favor.

Hasta el 15 de febrero, con otro despropósito histórico.


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jueves, 15 de enero de 2009

DESTRUCCIÓN Y RESURRECCIÓN DE LOS REYES MAGOS

Este es un post destructivo, iconoclasta y desmitificador. Pero ¡atención!: al final se enciende una luz de relativo optimismo, como debe ser.

Empecemos la destrucción: los tres reyes magos no fueron tres, ni reyes, ni magos, ni Herodes cometió el infanticidio por el que secretamente lo aplauden las maestras de jardines y escuelas infantiles y, para peor, ¡nos han estado engañando! ¡Los reyes magos son los padres!

Comencemos por la única fuente autorizada, la Biblia. En el único lugar donde aparecen es en Mateo, 2:1:
Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá reinando Herodes, he aquí que unos magos vinieron de oriente a Jerusalén preguntando ¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Porque vimos en oriente su estrella, y hemos venido con el fin de adorarle”. Ante esto, a Herodes se le movió toda la estantería y, luego de informarse por sus sacerdotes dónde estaba escrito que nacería el Mesías, despachó a los magos rumbo a Belén pidiéndoles que a la vuelta pasaran a verlo y le contaran lo que hubieran visto. Rey astuto, Herodes. Le molestaba sobremanera la competencia.

Allá fueron los magos sin mapa ni señales camineras, pero “la estrella que habían visto en oriente iba delante de ellos hasta que, llegando sobre el sitio donde estaba el niño, se paró…Y entrando en la casa, hallaron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron, y abiertos sus cofres le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra”

Punto y basta. No se los menciona más en ninguno de los cuatro evangelistas.

¿Qué vemos? En primer lugar, no se dice que fuesen tres. Con el correr de los siglos, por eso del oro, el incienso y la mirra, se imaginó que fueron tres personajes, cada uno con su regalito. Siguieron dándole vueltas a la rosca, y se agregó la historia de que cada uno representaba a uno de los tres continentes que se conocían entonces: Europa, Asia y África. ¡Zas! Ya pintaron de negro a uno de los tres. Al descubrirse más continentes, hubo que aumentar a cuatro los reyes. En algún momento se dijo que fueron doce, vaya a saber por qué, y se multiplicaron los magos. Por algún motivo, se estabilizaron en tres.

¿Magos? ¿Cómo iba a haber magos en Judá? Según la ley de Moisés, los hubieran debido ajusticiar a pedradas. No eran magos, pues. Vaya a saber qué quiso decir Mateo (escribió en arameo, idioma no muy difundido actualmente). Para salvar la cosa, se interpretó que eran magos en el sentido caldeo, o sea astrónomos (¿Sabría Mateo quiénes eran los caldeos y cuál era su especialidad?) o bien, para quedar bien con todo el mundo, se desempolvó el significado de “hombres sabios”. Quedamos entonces en que era un número impreciso (de uno a muchos) de sabios orientales, uno de ellos presumiblemente negro, quiero decir afro-americano, perdón.

Pasemos por alto el comportamiento errabundo de la estrella, que se desvía amablemente de su trayectoria para bien de viajeros desorientados, lo que hubiera originado una catástrofe cósmica. Se trató de reinventar un cometa (estos cometas dan para todo) pero no tuvo éxito. Digamos que es una bonita licencia poética adecuada para adornar pesebres y la punta de los árboles de navidad.

Vayamos a algo más concreto.

Si consultamos cualquier enciclopedia, veremos que Herodes el Grande, rey de Judá, murió hacia el 12 o 13 de marzo de 4 a. C. Hizo muchas perrerías en su vida, como hacer asesinar a su mujer, a su suegra, al abuelo y al hermano de su mujer. (La tenía contra la esposa y sus parientes políticos. Casi normal, digamos. Aclaremos que esto se lo hizo a una sola de sus esposas. Tuvo diez). Incidentalmente, también eliminó a dos de sus hijos. Todo eso hizo en vida, pero cuesta creer que haya hecho matar a todos los niños que había en Belén y en toda su comarca, de dos años abajo, como dice el Evangelista, por la sencilla razón de que para esa fecha ya llevaba cuatro años de muerto. Hay, o bien otra licencia poética, o un problema de fechas que no entiendo. La explicación “oficial” es que debido a un lamentable error de cálculo al fijar hace siglos al año 1, Jesús habría nacido en realidad en el año 4 antes de Cristo……..

Y una última incongruencia. Los regalos. El oro, vaya y pase. Ya imagino a san José haciendo planes para agrandar la carpintería. Quedó en la nada porque sin duda lo necesitaron para el súbito viaje a Egipto, así que vino de perillas. Pero: ¿el incienso? ¿Què iba a hacer una familia judía de clase media baja con un paquete de incienso? Ni hablemos de la mirra. La mirra (tuve que consultar qué era esa dichosa mirra) se usaba para acicalar cadáveres, nada menos. El significado simbólico es comprensible, pero ¡vayan ustedes a regalar a un niño recién nacido una pomada para cadáveres! La Virgen María los hubiera mandado de vuelta a oriente con estrella, camellos y todo. Actualmente se ha venido abajo, ya que se la emplea como antiséptico en enjuagues bucales y dentífricos.

¿Conformes? No quedó nada. Y antes de que me excomulguen, aclaro que, como me enseñaron de pequeño, no se debe interpretar la Biblia sin guía espiritual, ya que muchas de sus escenas son alegorías y símbolos. No pretendo enmendar la plana a los Evangelios, que vienen con divina garantía de verdad. Lo dicho debe tomarse como un comentario más o menos ingenioso, que cada cual puede interpretar según su conciencia.

Vayamos a la parte positiva. La de los Reyes magos es una hermosa tradición, basada en las pocas líneas de la Biblia citadas al comienzo. La verdad o no del episodio, así como su interpretación, corren por cuenta de cada uno. Lo fundamental, según la Iglesia Católica, es que el episodio relatado por Mateo constituye la primera manifestación de Jesús como Dios, Rey del mundo y redentor. De ahí el oro (rey), el incienso (Dios) y la mirra (redentor a través de Su sacrificio). De ahí “Epifanía” que significa “manifestación”. En realidad, debería ser “Epifanía ante los Reyes Magos” y no “de los reyes Magos”. El que se mostró (como Dios) fue Jesús, no los Magos.

A lo largo de los siglos, las características fueron cambiando. Ya hablamos de la cantidad, de su medio de transporte, propio de gente acomodada, (para ser pedantemente precisos, lo que montan en las imágenes usuales son camellos dromedarios, de una sola joroba. Los camellos bactrianos tienen dos). En una época se los hizo viajar en caballo, camello y elefante, por eso de los tres continentes. (A imaginarse la impresión que hubiera causado un elefante en Belén). De pasada, los ascendieron a reyes, lo que siempre impresiona.

En cuanto a sus nombres, los actuales de Gaspar, Melchor y Baltasar aparecen por primera vez en un mosaico del siglo VI en la iglesia de san Apolinar Nuovo, en Ravena, Italia. Esos nombres supuestamente equivalen a los impronunciables "Appellicon", "Amerín" y "Damascón" (en griego) y a "Magalath", "Galgalath" y "Serakin" (en hebreo) Que no tuvieron futuro por razones obvias.

Para dar un cierre edificante a la historia, se relata que los Reyes Magos se convirtieron dócilmente al cristianismo, fueron bautizados y murieron martirizados. Por supuesto, esto no tiene ningún soporte histórico y pertenece a la fantasía, pero según la leyenda medieval, Elena, la madre del Emperador Constantino I (el primero cristiano) allá por el siglo III halló sus cuerpos en Jerusalén (también encontró la Santa Cruz. Un lince para los hallazgos, la Elena), los llevó a Constantinopla, de allí pasaron siglos después a Milán y en 1140 aproximadamente a Colonia en Alemania donde, a partir de 1248, construyeron una monumental catedral para albergar las reliquias. Y allí se conservan, detrás del altar mayor, en un cofre de madera revestido de oro y plata.
La Iglesia Católica, un poco avergonzada, no hace demasiada propaganda a los “sagrados” despojos, pero igual van miles de visitantes.

En la actualidad la religiosidad popular les ha asignado en algunos países una función, la cual es principalmente la de permitir afirmar a los niños que están siendo vigilados en su comportamiento por estos seres y que dependiendo del mismo, los magos les traerán regalos una vez al año, el 6 de enero.


En los países nórdicos un jocoso anciano, Santa Claus, ha adquirido el 51% de las acciones de los Reyes Magos, usurpándole su función remunerativa y cambiando la fecha al 31 de diciembre. Esto está trayendo la confusión a los niños, que ya están reclamando regalos en ambas fechas.

Como podemos apreciar, la primera adoración a Jesús se ha transformado en una “Gratificación al niño dócil”. ¡No hay derecho a tratar así a la memoria de los Reyes Magos!

Nos encontraremos nuevamente el 31 de enero. Hasta entonces.




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