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histonotas: 1/09/13 - 1/10/13

lunes, 30 de septiembre de 2013

LOS GANSOS EN LA HISTORIA


Allá por el 390 AC los omnipresentes  galos comenzaron a moverse desde Francia hacia Italia. Los llevó a semejante migración, por supuesto, el deseo de pillaje, pero Tito Livio (a quien seguiré fielmente) da otro motivo: los galos bebían cerveza desde siempre, pero habían tomado contacto con el vino a través de los mercaderes, y les gustó. Allá fueron, atravesando los Alpes, a buscar vino. El colmo: franceses yendo a Italia a buscar vino.
El hecho es que, batallas van y vienen, arrollaron a los etruscos y se aproximaron a Roma. No faltaron avisos; cerca del templo de Vesta, se oyó en el silencio de la noche a una voz, más poderosa que cualquier
voz humana, ordenando advertir a los magistrados que los galos se acercaban. No se tuvo en cuenta. ¿Quién conocía a estos galos?

Y no sólo eso, sino que, por motivos de corrupción (¡qué raro!) desterraron de Roma a Marco Furio Camilo, su  más prestigioso general, quien no se fue solo, sino acompañado de fieles amigos y soldados.

Al poco tiempo se divisaron nomás a los galos, y los campesinos, con sus familiares, animales y enseres, se dirigieron tumultuosamente a Roma, sembrando el pánico.
Un ejército alistado a toda prisa por una recluta masiva salió a su encuentro. Las dos fuerzas se enfrentaron apenas a dieciséis kilómetros de Roma, en las márgenes del rio Alia.

El país entero, al frente y alrededor, estaba plagado de enemigos que llenaba todo con el
ruido espantoso de sus horribles gritos y su clamor discordante.
Los tribunos consulares no habían asegurado la posición de su campamento, no habían construido trincheras tras las que poder retirarse y habían mostrado tanta falta de atención a los dioses como al enemigo, pues formaron su línea de batalla sin haber obtenido auspicios favorables.
Con  todo eso, el resultado no fue ninguna sorpresa: los romanos se vieron completamente arrollados y huyeron en masa, sin siquiera pelear. Las únicas bajas se dieron durante la persecución.

Los fugitivos llegaron a la ciudad sembrando el pánico y, sin cerrar siquiera las puertas entraron en la urbe y
se refugiaron en la ciudadela amurallada del monte Capitolio, donde se hallaban entre otros los templos de Júpiter Optimo Máximo y de Juno Moneta. Allí sí se atrincheraron y dejaron librada a su suerte al resto de la ciudad, con los ciudadanos y campesinos refugiados. Por supuesto, los galos se hicieron un banquete con la indefensa Roma. Saquearon, violaron, mataron hasta el hartazgo y terminaron sitiando al Capitolio, donde los pocos soldados encerrados ya se daban por perdidos.
Intentaron los galos escalar las murallas, pero fueron advertidos y rechazados con toda clase de proyectiles. Los sitiadores quedaron a la expectativa.

Mientras tanto, la guarnición despachaba mensajeros con pedidos de auxilio a las ciudades aliadas. Los galos advirtieron el lugar accesible de la muralla por donde se descolgaban los emisarios, y una oscura noche se aventuraron silenciosamente por ese sector. Cautelosamente escalaron las defensas sin ser advertidos por los centinelas ni por los perros guardianes, quienes dormían para engañar el hambre. En el templo de Juno, en cambio, los gansos consagrados a la diosa vagaban buscando algo de comida, y al percibir sombras comenzaron a alborotar, graznar y aletear alarmando a la guarnición, que rechazó el ataque.  Grandes alabanzas para los gansos y castigo para los perros. En cuanto al centinela del sector, lo despeñaron desde un acantilado.

Volvió a estabilizarse la situación, pero el hambre ya era crítica, y  luego de deliberar  los romanos decidieron pactar condiciones de rendición.
Tuvo lugar una conferencia entre los representantes de los sitiados y Breno, el jefe galo, y se llegó a un
acuerdo por el que se fijó en 327 kilogramos de oro el rescate del pueblo que al poco tiempo estaría destinado a gobernar el mundo (eso dice Tito Livio). Esta humillación ya era lo bastante grande, pero fue agravada por la mezquindad de los galos que usaron pesos trucados, y cuando protestaron los tribunos, el insolente galo arrojó su espada sobre la balanza y usó de una expresión que se hizo clásica hasta nuestros días: “¡Vae Victis!” (“¡Ay de los vencidos!”). Y ya estaban los pobres romanos bajándose los calzones, resignados a entregar lo que fuere, cuando, como en el mejor western, aparece de improviso el exiliado Marco Furio Camilo, furioso como su nombre, al frente de un ejército sacado de su noble manga.
Haciéndose cargo de la situación, y puestos a emitir frases célebres, gritó, sacando su espada: “¡No con oro, sino con hierro!” (“Nec cum auro, sed cum ferro”) y ahí nomás armó una escabechina de galos hasta que no quedó ni uno.

Esta historia ejemplar es, con perdón de Tito Livio, una solemne fábula. Los estratos arqueológicos que hoy conocemos muestran para ese siglo un elocuente nivel de ceniza y derrumbe. La ciudad debió de haber sido destruida en su casi totalidad. Los galos se deben de haber llevado no sólo el oro sino el hierro, y posiblemente las mujeres.

Los romanos posteriores, que no sabían nada de arqueología y sí mucho de patrioterismo, creyeron todo a pie juntillas, y en los primeros días de agosto celebraban una solemne procesión portando nueve perros crucificados y un ganso en una litera púrpura con guirnaldas, para conmemorar la traición de los perros y el heroísmo de los gansos.


Hasta fines de octubre, amigos.


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