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histonotas: 1/03/13 - 1/04/13

viernes, 15 de marzo de 2013

SANSON – EL HERCULES JUDIO



La historia (Antiguo Testamento, Jueces, 13 a 16) comienza con una mujer estéril que recibe la visita de un ángel quien le anuncia que va a quedar embarazada, pero bajo ciertas condiciones. A saber, el futuro hijo debería ser consagrado a Dios como nazareo (no confundir con nazareno, nada que ver). No debería probar vino ni bebidas fermentadas, ni acercarse a ningún muerto ni pasar navaja por su cabeza (no existían las tijeras). Con esas condiciones, el espíritu de Dios estaría con él cuando hiciera falta.

Nació el nene y le llamaron Sansón.

Andábamos, siglo menos, siglo más, por el año 1000 AC. Israel, aún en pañales, vivía a la greña con sus vecinos (¡qué novedad!). Por ese motivos, instituyeron (Yahve instituyó, según la Biblia) líderes que los guiaran, a quienes se llamó Jueces. Sansón llegó a ser uno de ellos, con el tiempo.

Por esa época, los malos de turno eran los filisteos. El pueblo de Israel iba perdiendo; los filisteos lo tenían sojuzgado (Los israelitas volvieron a hacer lo que desagradaba a Yahveh y Yahveh los entregó a merced de los filisteos, según la Biblia).

Sansón, joven aún era bastante apolítico. Pese a ser nazareo, abstemio y con el cabello larguísimo, miraba con cariño a las filisteas, cosa prohibida a los consagrados a Dios. Parece que las buenas chicas judías lo aburrían y él quería acción. En uno de sus paseos por pueblos cercanos (filisteos, por supuesto) vio a una señorita y se encaprichó. Por lo visto, los caminos no eran muy seguros, porque a la ida se encontró con un león y, poseído por el Espíritu del Señor que le daba inmensa fuerza, con sus solas manos despedazó al león y siguió como si nada, sin darle importancia.
Lo que le importaba era casarse con la filistea, y así se lo dijo a sus padres nomás llegar a casa. Tremenda bronca familiar, y Sansón que se encula. “Esa es para mí, porque es la que me gusta”. Y basta. ¡Qué disgustos dan los hijos! ¡Y para eso una los cría y los hace nazareos!
Y ahí rumbeó Sansón para el pueblo de su novia. Al pasar por el paraje del león destrozado, vio que las abejas habían construido un panal en la boca de la fiera.

Llegó al pueblo, se casó y, en la fiesta de bodas se enfrentó con treinta invitados amigos de la novia (popular, la niña) y los toreó; les dijo: «Os voy a proponer una adivinanza. Si me dais la solución dentro de los siete días de la fiesta y acertáis, os daré treinta túnicas y treinta mudas.
Pero si no podéis darme la solución, entonces me daréis vosotros treinta túnicas y treinta mudas.» Ellos le dijeron: «Propón tu adivinanza, que te escuchamos.»
El les dijo: «Del que come salió comida, y del fuerte salió dulzura.»

Al cuarto día los filisteos se pusieron nerviosos y amenazaron a la novia con quemarla a ella y a la casa de sus padres si no averiguaba la solución. ¡Esos son amigos! Costumbres rudas. Ante esa amenaza, la novia insistió y lloró, haciéndole la vida imposible a Sansón, hasta que el pobre le dijo la solución de la adivinanza. Enterados los filisteos, exigieron el pago de la apuesta, diciendo: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué más fuerte que el león?»

Sansón se enardeció, o sea que “penetró en él el Espíritu del Señor”, bajó a la ciudad, mató a treinta filisteos, tomó sus despojos y entregó las mudas a los acertantes de la adivinanza. Después, furioso, se volvió con sus padres. En cuanto a la flamante esposa, se fugó con uno de sus amigos.

Por lo visto, Sansón no tenía suerte con las mujeres. Inocente como buen varón enamorado, volvió a la ciudad de su esposa con un cabrito bajo el brazo para tratar de hacer las paces. Al enterarse de que la paloma había volado, otra bronca. Cazó treinta zorras, fabricó unas antorchas y, juntando a los animales cola con cola, puso una antorcha en medio entre las dos colas. Prendió fuego a las teas y luego, soltando las zorras por las mieses de los filisteos, incendió las gavillas y el trigo todavía en pie y hasta las viñas y olivares. Quemó toda la cosecha del año.

La hago breve. Terminó la escalada con una expedición filistea para acabar con Sansón. Lo tomaron desprevenido, pero casualmente encontró una quijada de asno todavía fresca, alargó la mano, la empuñó y mató con ella a mil hombres. Enorme asno debió de ser. Desagradecido, no mencionó la ayuda del Espíritu del Señor, que le proporcionó la fuerza. Y el asno.

Tiempo después, a Sansón se le ocurrió ir de putas a Gaza, importante ciudad filistea (Con todo respeto: ¡hay que ser zopenco! ¿No había putas en Israel?). Cuando corrió la voz en Gaza de que Sansón estaba haciendo lo que había venido a hacer se le vinieron a la desbandada. El acosado escapó a medianoche y encontrando cerradas las puertas de la ciudad, las arrancó de sus goznes y se las llevó puestas sesenta y cinco kilómetros. Se imaginan quién lo poseyó, aún en esas pecaminosas andanzas, y le proporcionó las sobrehumanas fuerzas.

Y ahora viene el plato principal. Empecinado, sin escarmentar, este fogoso héroe se enamoró de otra filistea (era su manía; ¿qué tendrían las filisteas?) llamada Dalila y allá fue a vivir con ella.
Los jefes de los filisteos dijeron a Dalila: «Sonsácale y entérate de dónde le viene esa fuerza tan enorme, y cómo podríamos dominarlo para amarrarlo y tenerlo sujeto. Nosotros te daremos cada uno 1.100 monedas de plata.» (A 1.100 monedas cada uno, debía de ser una suma enorme)
Comenzó Dalila a intentar salir de pobre. Día tras día insistía, lloraba, engatusaba, seducía tratando de que Sansón le revelara su secreto. Tres veces Sansón le dijo cualquier perejil para sacársela de encima, y las tres veces los filisteos que intentaron capturarlo creyéndolo sin fuerzas se llevaron soberana zurra.

Machacona, insistió Dalila: «¿Cómo puedes decir: “Te amo “, si tu corazón no está conmigo? (Clásico argumento femenino) Tres veces te has reído ya de mí y no me has dicho en qué consiste esa fuerza tan grande.»  Como todos los días le asediaba con sus palabras y le importunaba, aburrido de la vida, le abrió todo su corazón y le dijo: «La navaja no ha pasado jamás por mi cabeza, porque soy nazareo de Dios desde el vientre de mi madre. Si me rasuraran, mi fuerza se retiraría de mí, me debilitaría y sería como un hombre cualquiera.»

Este Sansón tendría mucha fuerza, pero de inteligencia, nada. Después de la experiencia con su primera esposa y la adivinanza, volvió a caer en la misma estupidez. Es para no creer. ¿Y este tipo era Juez de Israel? ¡Como para confiar en las autoridades!

Conclusión: Dalila lo hizo dormir, llamó a un barbero a domicilio y le afeitó la cabeza. Adiós, Espíritu del Señor.

Vinieron los esbirros, le ataron, le sacaron los ojos, le encadenaron y lo destinaron a accionar una rueda de molino.

Pasaron los días y el pelo le fue creciendo, cosa a la que los filisteos no dieron importancia. Invitaron entonces a todo el pueblo a una gran fiesta en el templo con Sansón encadenado como atracción principal. Allá fue el prisionero ciego de la mano de un muchacho, a quien dijo: «Ponme donde pueda tocar las columnas en las que descansa la casa para que me apoye en ellas.» (Por esos misterios de la arquitectura filistea, el templo estaba sostenido por sólo dos columnas cercanas entre sí. Perdón, pero eso es estructuralmente imposible). Y allí Sansón rezó: «Señor Yahveh, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte nada más que esta vez, oh Dios, para que de un golpe me vengue de los filisteos por mis dos ojos.» Y Sansón palpó las dos columnas centrales sobre las que descansaba la casa, se apoyó contra ellas, en una con su brazo derecho, en la otra con el izquierdo, y gritó: «¡Muera yo con los filisteos!» Apretó con todas sus fuerzas y la casa se derrumbó sobre toda la gente allí reunida.


En el desmoronamiento murieron 3.000 personas, Sansón incluido. Por esta hazaña digna de increíble Hulk, Sansón es considerado héroe nacional, pese a su carácter arrebatado e irresponsable y a su funesta atracción por las mujeres filisteas.

Alguna acotación final. Vamos a destruir un mito: la fuerza de Sansón no residía en su cabellera, aunque se debilitó cuando se la cortaron. Su fuerza residía en su consagración al Señor, de lo que los cabellos eran la condición. Cuando Sansón hubo violado su consagración al Señor, no tuvo la fuerza moral y se debilitó. Su hazaña final en el templo fue una excepción de Yahveh debido a que el rapado había sido involuntario y estando inconsciente, y a que ya le había crecido el cabello lo suficiente como para estar presentable ante el Señor. No confundir.

Sea por lo que fuere, Sansón resulta un tipo simpático, tal vez por lo mujeriego, calentón y experto en demoliciones. Desde ya, no fue un modelo de virtudes.

Espero que nos reunamos nuevamente el 31 de marzo. Hasta entonces.


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