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histonotas: 1/01/13 - 1/02/13

jueves, 17 de enero de 2013

LA SIBILA – PROFETIZAR ES COSA SERIA



Es de presumir que ya nuestro abuelo Neandertal trataba de escudriñar lo que le depararía el mañana. Vital importancia tenía la posibilidad de cazar un tapir y saciar su hambre o por el contrario ser pasto de un smilodonte. Ante la incertidumbre del futuro, recurrió naturalmente a los dioses para que lo dotaran de presciencia, con resultados más bien frustrantes.
Como un ejemplo del marketing inmanente a la raza humana, dada la necesidad surgió la oferta. Sujetos astutos o inspirados se promocionaron como intermediarios entre los dioses y los mortales para revelarles sus secretos designios. Los sacerdotes, que ya existían, se apropiaron del invento, lo patentaron y ya tenemos los adivinos inspirados por las divinidades.
En tiempos históricos los vemos actuar entre sumerios, egipcios, hebreos (la Biblia está llena de profetas, todos pesimistas, con lo que siempre acertaban). Los griegos no podían faltar. Una adivina predijo la guerra de Troya, y ya en la contienda tanto griegos como troyanos disponían de sus augures.
Como todas las predicciones que han sido registradas lo fueron después de los hechos pronosticados, invariablemente acertaban (¡oh casualidad!). Existen dos tipos de excepciones: a) las redactadas en forma tan oscura que pueden acomodarse a cualquier cosa (ver post sobre Nostradamus) o b) las que pronostican el fin del mundo, que invariablemente fallan (hasta ahora) pero siempre hay una explicación. Además, pronto de olvidan.

Hay gran confusión respecto a la sibila (o sibilas, como veremos) registradas históricamente. Como siempre, fueron los griegos, grandes fabuladores, quienes iniciaron los relatos. Platón habla de una sola profetisa, llamada Sibila, hija de Zeus (diversos autores posteriores le atribuyen otros padres y madres, a gusto). Profetizaba por don de Apolo, ayudada por la inspiración de vapores alucinantes (alegremente flipada, como dirían algunos aficionados actuales). En su “viaje” farfullaba incoherencias, que eran convenientemente interpretadas por los sacerdotes, enjambre de moscas parásitas harto engordadas por la estúpida credulidad y el oportunismo, que pululaban alrededor del personaje haciendo su agosto (esta es una verosímil interpretación no autorizada de mi cosecha).

En vista de la creciente demanda, surgieron otras profetisas, a las que se llamó con el nombre genérico de sibilas, apropiándose del nombre de la primera que, al no haberse registrado en su oportunidad, pasó a ser del dominio público.

Prolijos cronistas recogieron hasta diez sibilas a través del tiempo, según el lugar donde ejercían. Por supuesto, se transmitían las funciones de maestra a discípula, por largos años. Resumiremos las más famosas.

La ya mencionada Sibila, hija de Zeus, primera de su nombre.

Herofila; residía en la región de Troya. También, para variar se le atribuía a Zeus como padre. Predijo la guerra y destrucción de Troya, que sería ocasionada por una mujer llamada Elena. Por lo visto, mucho caso no le hicieron. Nadie es profeta en su tierra...

La sibila de Delfos. Famosísima. Todas las leyendas griegas incluyen consultas de los héroes a este santuario. Inspirada por Apolo, profetizaba inclinada sobre la boca de una sima o grieta en la roca, por donde se exhalaban vapores alucinògenos. Junto a ella se encontraba el onfalos, ombligo del mundo. A su alrededor se edificó un templo, cuyos sacerdotes ejercieron gran influencia, ya en los tiempos históricos, interfiriendo a veces en decisiones políticas. Sus riquezas eran enormes. Hubo una sucesión de sibilas en Delfos, durante siglos.

La sibila de Cumas. Puso su consultorio en Cumas, ciudad de Italia. Tenía una clientela predominantemente romana. Su nombre era Deifoba, y la inspiraba Apolo. Con este dios hizo un mal negocio, ya que le pidió que le concediera tantos años de vida como granos de arena cabían en su mano. El dios se lo concedió con toda mala fe; le otorgó formidable longevidad, pero no igual juventud. Deifoba se fue convirtiendo en una momia apergaminada a la que hubo que colgar dentro de una jaula en el templo de Apolo. El sentido del humor de los dioses es a menudo bastante retorcido.

También Deifoba tenía sus malas artes. Un buen día se presentó ante Tarquino el Soberbio, rey de Roma, ofreciéndole nueve libros de profecías a un precio exorbitante. Tarquino, haciendo honor a su apodo, la sacó con cajas destempladas. En el acto, la sibila destruyó tres libros y le ofreció los seis restantes al mismo enorme precio original. Nuevo rechazo y nueva destrucción de tres libros. El precio seguía siendo el mismo, pero los libros restantes eran ahora sólo tres. Allí Tarquino hizo el peor negocio de su vida; compró los tres libros al precio de los nueve. Estos libros se guardaron celosamente en el Capitolio y los sacerdotes (¡siempre metidos en todo!) los consultaban e interpretaban en casos de extremo peligro para la ciudad. Oportunamente se quemaron en un incendio, se reconstruyeron de memoria y se volvieron a quemar siglos después. Una lástima. Italia (y Europa) los necesitaría hoy día.

La sibila de Libia. Sacerdotisa del templo de Zeus Amon (Zeus con cuernos del dios carnero Amon egipcio), en el oasis de Siwa, en Libia, África. La inspiraba Zeus, esta vez. Su origen, relatado por ella misma, dice:

Soy de nacimiento mitad mortal, mitad divina;
Una ninfa inmortal era mi madre, mi padre un comedor de maíz.

Esto lo cuenta Pausanias (siglo II D.C.) según Wikipedia. Considerando que el maíz, originario de Centroamérica, sólo se conoció en Europa en el siglo XVI, se demuestra el cuidado que hay que tener al citar fuentes históricas mal traducidas.

Plutarco cuenta la historia de que Alejandro Magno consultó al oráculo de Siwa y que la sibila le confirmó como personaje divino y como el legítimo faraón de Egipto. Por supuesto, Plutarco lo contó como trescientos años después del hecho. Así cualquiera acierta.

Ya mencioné mi teoría de que los vapores alucinógenos que estas mujeres aspiraban eran el origen de las “profecías”. Hay otras teorías. La clásica es la de la inspiración divina. Como la Iglesia católica no podía aceptarla, se vio obligada a intervenir con el disparate de San Jerónimo y otros Padres de la Iglesia, que sostuvieron que el don de la profecía en recompensa de su castidad (¡siempre con la manía sexual!). Sin embargo, existió una sibila que se jactaba del número de sus amantes. (¡Por qué no te callas, Jerónimo!)
También andaban circulando allá por el siglo II ocho libros de supuestas predicciones sibilinas. No hagan caso. Son falsos. Esta colección fue el resultado del fraude devoto de algunos cristianos platónicos, más celosos que hábiles, que componiéndola creyeron dar armas a la religión cristiana, y poner a los que la defendían en estado de combatir al paganismo con la mayor ventaja.
Para terminar, un ejemplo de la ambigüedad de los oráculos y la astucia de los sacerdotes.
El rey Creso de Lidia que había preguntado por la guerra contra los persas recibió la siguiente respuesta del oráculo de Delfos: «Si Creso cruza el río Halys caerá un gran reino». Creso lo interpretó como la destrucción de Persia y al mando de su ejército cruzó el río y fue rotundamente derrotado. El reino que cayó fue el suyo.

Pido disculpas por los dos días de atraso en esta entrega. Nos encontraremos nuevamente a fines de enero.

RECTIFICO: Perdón, amigos. Fuerza mayor. Será hasta el 15 de marzo, sin falta. Prometo.


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