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histonotas: 1/07/09 - 1/08/09

viernes, 31 de julio de 2009

ENRIQUE VIII Y SUS ESPOSAS – CATALINA DE ARAGON


Hemos recibido hasta el hartazgo información sobre Enrique VIII de Inglaterra y sus esposas.

Las novelas, el cine, la TV, se han encargado prolijamente de vilipendiar a Enrique desde todos los ángulos. Prácticamente ha pasado a la historia como “el rey que mataba a sus esposas”. Una especie de Jack el destripador con corona.
Hasta el presumiblemente bien informado Winston Churchill lo llamó “una mancha de sangre y grasa en las páginas de la historia de Inglaterra” ¿Quién era Churchill para hablar de grasa? Además, Enrique engordó con la edad, como pasa a mucha gente. De joven era delgado y atlético.
En cuanto a la sangre, admito que rodaron varias cabezas durante su reinado (no olvidemos la época; en Italia el papa Borgia mandaba cardenales al otro mundo como si nada, para no mencionar a sus hijos. Incestos, envenenamientos y ejecuciones eran considerados recursos de gobierno). Algunas de las cabezas eran de sus mujeres, y otras de sus ministros, de modo que la cosa era surtida. Por otro lado, las condenas a muerte las dictaban los tribunales, aunque también es cierto que los jueces no se atrevían a contrariar al rey.

Bueno, Enrique se casó seis veces y mandó ejecutar “sólo” a dos cónyuges. No es un promedio como para espantarse.

Haremos un repaso, esposa por esposa. Hoy le toca a la primera, Catalina de Aragón.

Chica de buena familia (hija de los reyes Católicos, nada menos), una pelirroja bastante bonita, la casaron a los 16 años por alianzas políticas con Arturo, el hermano mayor de Enrique.

La cosa empezó mal. Por de pronto el viaje de la novia desde España a Inglaterra duró un año por mal tiempo y averías. Un presagio. A los cinco meses de casada Arturo murió de “sudor mortal” (¿Qué enfermedad es esa? Los médicos siempre al día) El rey de Inglaterra, padre de Enrique y Arturo, se mostró reacio a devolver la enorme dote y a renunciar a la alianza con la poderosa España, de modo que, ya que estaba en Inglaterra, desposaron a la viudita con Enrique. No se pudieron casar enseguida porque el novio tenía 11 años, y además era técnicamente cuñado de la novia, lo que en esa época se consideraba incesto.

Se apeló a un subterfugio que pareció muy astuto en su momento pero traería enormes consecuencias para el mundo: Catalina (presionada por todos) testificó que no había consumado el matrimonio con Arturo debido al carácter enfermizo de éste. Le cargaron la impotencia al muerto, total…. Le creyeron, o al menos lo aparentaron.

Para hacer las cosas legales, el rey recurrió al Papa, como era lo habitual. En vista del juramento de Catalina, Clemente VII emitió la correspondiente bula de anulación de matrimonio por no consumación. Catalina quedó soltera y virgen por dictamen del Vicario de Dios (que yo sepa, no se hizo ninguna prueba de virginidad; en vista de lo que pasó después, no hubiera estado de más). Todos contentos, salvo Francia, que recelaba de una alianza anglo española.

El ajetreado casamiento se realizó finalmente en junio de 1509, dos meses después de que Enrique hubiera asumido como rey por fallecimiento de su padre y a seis años de la controvertida viudez (o no) de Catalina.

Ambos se querían con amor de juventud, (ella, 23 años; él, 18) pero Catalina tuvo una serie de abortos e hijos nacidos muertos o fallecidos a pocos días de nacer. Fueron cinco reveses en ocho años para Enrique, que necesitaba desesperadamente un hijo varón para asegurar la dinastía. Reciente era el fin de la guerra de las Dos Rosas, causada por sucesiones discutidas. Del matrimonio sólo sobrevivió una hija, la que años después reinó como María la Sanguinaria. De hijos varones, nada.

Enrique esperó con santa paciencia hasta que Catalina cumplió 47 años y se desvanecieron las esperanzas de nueva descendencia. Pragmático, Enrique expresó sus dudas de que el matrimonio entre Catalina y Arturo no se hubiese consumado, o sea que después de 24 años de casados Enrique no sabía si su esposa se había casado virgen (¡!).

Lo asaltaron oportunos remordimientos por su “pecado” y no faltaron obsecuentes que, recurriendo a la Biblia, que da para todo, citaron:

“Si un hombre toma la mu­jer de su hermano comete una maldad: ha descu­bierto la desnudez de su hermano. Estos no tendrán hijos” (Levitico 20,21)
¡Clarísimo! ¡Por eso no había tenido hijos varones! ¡Era la maldición divina por su pecado!

Además, si Catalina se había relacionado carnalmente con Arturo la dispensa papal era nula, o sea que el matrimonio con Enrique no era válido, o sea que Enrique era soltero y se podía casar con quien quisiera. Y casualmente ya tenía candidata en vista, Ana Bolena.

Se imponía un divorcio, pero no era nada fácil. Carlos I, nieto y sucesor de Fernando el Católico, no quiso saber nada de que su tía fuese una repudiada ni que se rompiera la alianza con Inglaterra, la esposa desdeñada entró en depresión y se refugió en la religión, el papa, presionado por España, se negó en redondo a disolver el matrimonio.

Enrique comenzó por las buenas, pidiendo opinión a sus lores (¡qué iban a oponerse, con el miedo que tenían!). Consultó a las principales universidades de Europa, que se lavaron las manos, pero el papa seguía irreductible. “Yo no te descaso”.

La mansedumbre no figuraba entre las virtudes de Enrique, de modo que cortó por lo sano. Dejó de aportar contribuciones a Roma, consideró delito capital apelar al papa y se declaró jefe de la iglesia de Inglaterra, desconociendo la autoridad espiritual del pontífice. Con esas atribuciones, nombró Arzobispo de Canterbury a un adicto, Thomas Cranmer, e hizo que éste lo casara con Ana Bolena.

En realidad, no se tomó la molestia de divorciarse de Catalina, lo que lo convertía en bígamo, pero su argumento es que nunca había estado casado, ya que la anulación del primer matrimonio de Catalina había sido inválida, según su razonamiento.

Puesto en ese camino, le tomó gusto a la independencia y confiscó a manos llenas monasterios, tierras y bienes de la Iglesia en Inglaterra, lo que le produjo inmensos beneficios económicos. Ese fue el comienzo de la separación entre Inglaterra y Roma, que se fue extendiendo a cuestiones doctrinales.

El papa, por supuesto, lo excomulgó y desligó a sus súbditos de la obediencia al rey, pero Enrique era temido por sus súbditos y ministros, y el que se opusiera acababa perdiendo literalmente la cabeza, como Tomas Moro, ministro que osó defender la supremacía papal.

Catalina fue tratada con toda consideración. Enrique la respetaba, y le dio el tratamiento de princesa viuda de Inglaterra, por su casamiento con el príncipe Arturo. Los veinticuatro años de reina por su matrimonio posterior fueron simplemente ignorados.

Catalina falleció de cáncer tres años después del casamiento de Enrique con Ana Bolena, lo que, con el conocimiento de los hechos, significa que si Enrique hubiese esperado tres años, Hubiera enviudado y se hubiese podido casar nuevamente sin apelar al papa, con lo que los ingleses (y los norteamericanos, en consecuencia) serían todavía católicos. Hipótesis de la historia probabilística.
En la próxima entrada, el 15 de agosto, continuaré con la famosa y traqueteada Ana Bolena.

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miércoles, 15 de julio de 2009

EL EMPERADOR CLAUDIO – LA FRUSTRACION DE LOS HISTORIADORES


A mediados del siglo I D.C. el imperio romano creado por Augusto cincuenta años antes se encontraba suficientemente consolidado, pese a reinados desastrosos como los últimos años de Tiberio y el dominio delirante de Calígula. El principio hereditario era aceptado, manteniéndose la línea Julio-Claudia (por Octavio Augusto, sobrino de Julio César, y Tiberio Claudio, su hijo adoptivo).

Como vimos en una entrada anterior, la dominación de Calígula tuvo un fin trágico (para él) ya que se encontró con una súbita espada en el vientre que lo transformó en antepasado. El problema pasó a sus asesinos, los miembros de la guardia pretoriana, que carecían de plan sucesorio (parece que la cosa fue muy improvisada). ¿Dónde encontrar un familiar habilitado? Insólitamente, lo hallaron detrás de una cortina.

Allí se había escondido, muerto de miedo, el único varón adulto de la familia, un tío de Calígula. Ante la falta de otros parientes, los soldados lo llevaron al cuartel, desfalleciente, y el Senado no tuvo más remedio que aceptarlo. Como curiosidad, fue el primer emperador impuesto por el ejército (después se hizo costumbre, y no sólo en Roma) y también el primero en pagar el favor. Repartió 15000 sextercios entre la guardia.

El encumbrado a desgano se llamaba Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico. Ahora lo conocemos familiarmente por Claudio, para evitar confusiones. Era nieto de la hermana de Octavio Augusto, así que tenía las credenciales en orden.

Su padre, Druso, fue un gran general, al que su esposa Antonia acompañaba frecuentemente en las campañas. El resultado fue que Claudio nació en Lyon, donde su padre combatía en ese momento contra los galos.

Técnicamente, entonces, era francés, cosa que los contemporáneos no advirtieron, seguramente porque Francia aún no existía. De todos modos, tomen nota: Roma tuvo un emperador francés, antes que Napoleón.

Y aquí empiezan los problemas, ya que el relato de su vida que nos ha llegado fue el de Cayo Suetonio Tranquilo, historiador que, tratando de ser imparcial, alterna una capa de defectos con otra de virtudes, y nos deja en la incertidumbre.

Comienza este frustrante narrador diciendo que “durante casi todo el tiempo de su infancia y su juventud Claudio se vio obligado a luchar con diferentes y obstinadas enfermedades; y quedó con ellas tan débil de cuerpo y de espíritu que ni siquiera en edad más avanzada se le consideró apto para cualquier cargo público, ni tampoco para ningún negocio particular” Ya lo defenestra de entrada.

Más adelante sigue con lo mismo. “Su madre Antonia le llamaba sombra de hombre, infame aborto de la Naturaleza; y cuando quería hablar de un imbécil, decía: Es más estúpido que mi hijo Claudio. Su abuela Livia sintió siempre hacia él un profundo desprecio; le dirigía la palabra muy raras veces, y si tenía algo que advertirle, lo hacía por medio de una carta lacónica y dura o de tercera persona.”

Parece que el chico no era muy sano que digamos, pero con la edad empeoró. Intelectualmente tampoco se destacaba; era extremadamente tímido (como para no serlo, achacoso y con ese trato ….). Sus abuelos, Octavio y Livia, no sabían qué hacer con él, y por lo tanto no hicieron nada. Le pusieron un pésimo profesor particular, o pedagogo (hubiera sido más acertado un psicopedagogo, pero seguramente eligieron por precio) y lo ignoraron.

Y ahora nos encontramos con la encantadora característica de Suetonio: a continuación de estas lindezas, nos cuenta que, sorprendentemente, se destacó en sus estudios históricos, era gran conocedor de la lengua griega y de su cultura, redactaba con elegancia, y otras cualidades intelectuales que nos desconciertan. ¿No decía la madre (¡¡!!) que era un deficiente? ¿No es que las madres nunca se equivocan? ¡Ay, Suetonio! ¡En qué dilema nos pusiste!

Y con los años se puso peor. Cuando marchaba, sus inseguras piernas le hacían tambalearse, y cuando hablaba, tanto en broma como en serio, le afeaban sus taras: una risa desagradable, una cólera más repulsiva aún, que le hacía echar espumarajos por la boca, nariz goteante, un insoportable balbuceo y un continuo temblor de cabeza que crecía al ocuparse en cualquier negocio por insignificante que fuese.

Muerto Octavio, bajo el principado de Tiberio fue displicentemente hecho a un lado. No se le otorgó ningún cargo público como para que iniciara su carrera, en vista de lo cual se retiró a sus casas de campo, en compañía de los hombres más abyectos, añadiendo a su propia reputación de imbécil la vergonzosa fama de jugador y borracho (Suetonio dixit, como siempre).

Pese a todo seguía siendo un personaje de buena familia, y se le perdonaban muchas cosas e incluso se lo respetaba en apariencia. Obsecuentes hubo y habrá siempre.

Bajo el siguiente emperador, Calígula, la cosa se le puso más complicada. El delirante de Calígula (su sobrino, por cierto) lo encontró perfecto para hacerlo víctima de su humor perverso: si llegaba algo tarde a la cena, se le recibía con disgusto y se le dejaba que diese vueltas alrededor de la mesa buscando puesto; si se dormía después de la comida, cosa que le ocurría a menudo, le disparaban huesos de aceitunas y de dátiles, o bien se divertían los bufones en despertarle como a los esclavos, con una palmeta o un látigo. Solían también ponerle en las manos sandalias cuando roncaba, para que al despertar bruscamente, se frotase la cara con ellas. Todas muestras del exquisito sentido del humor de Calígula y su corte.

Es larga la lista de humillaciones que sufrió: fue arrojado vestido al Rin desde un puente por motivos insignificantes; cuando a Calígula se le ocurrió instalar un prostíbulo para damas nobles, designó a Claudio como portero, debiendo éste invitar a los transeúntes con gestos obscenos; en el senado era al último a quien le pedían opinión, y en general se lo consideraba el payaso de la corte.

Esto le salvó la vida, ya que funcionaba como el bufón de Calígula. Como suele suceder, el bufón sobrevivió al rey, y el tonto de Claudio, tartamudo, babeante, lleno de taras físicas e intelectuales, resultó exaltado al imperio en las circunstancias que mencionáramos.

Sorprendentemente, su reinado fue próspero. Llegó a invadir Gran Bretaña al frente de las legiones (los ingleses minimizan el episodio), incrementó la prosperidad, aumentó el tesoro… y siguió haciendo sandeces como por ejemplo reírse incontroladamente mientras leía en público una de sus obras históricas, o promulgar decretos sin sentido, como el famoso “se permite emitir eructos y ventosidades en los banquetes” (recordar que en esa época comían recostados alrededor de la mesa, lo que empeoraba el asunto), o imponer el uso de tres nuevas letras en el alfabeto, por parecerle que hacían falta…. Esa es la contradicción que mencionaba, y que hace transpirar a los cronistas. ¿Cómo semejante cretino pudo escribir libros de historia y hacer un gobierno tolerable? Hay tantas hipótesis como historiadores.

Y el broche de sus aventuras lo constituyó su vida sentimental.
Para empezar, cosa rara en esa época, fue absolutamente heterosexual. Fue muy aficionado a las mujeres, pero de muchachitos….ni borracho. Se casó en dos oportunidades por motivos políticos, y se separó también por razones políticas (la cosa se daba vuelta y la esposa ya no servía). Por una de las tantas bromas de Calígula se encontró casado con su sobrina Mesalina, una preciosa joven de 15 años (Claudio tenía 50 mal llevados) que tenía un solo defecto: era ninfómana. Bueno, también resultó cruel, mentirosa, vengativa y homicida, pero nadie es perfecto. (Ver entrada anterior llamada “Mesalina, la imperfecta casada”). A tanto llegó la cosa que sus colaboradores, con más dignidad que Claudio, tuvieron que eliminar a Mesalina, porque ya quería hacerse con el imperio para regalárselo a su amante de turno.
Claudio, impávido en su estupidez, ni se inmutó. Sólo pidió a su guardia que lo mataran si intentaba casarse nuevamente. Pero no pudo resistirse. Le gustaban demasiado las mujeres y tenía una puntería infalible para elegirse las peores. Tras un año de viudez, se casó con Agripina, hermana incestuosa del finado Calígula, ambiciosa, dominante, y con un hijo a cuestas, el que sería el famoso Neron. Pese a su reciente pedido, la guardia no lo mató. Lo terminó matando Agripina, en un voluntario error culinario (hongos venenosos) para asegurar la sucesión para el querido Neroncito. El hijo legítimo de un matrimonio anterior de Claudio, un tal Británico, fue rápidamente enviado a hacer compañía a su padre en el otro mundo.

Como se estaba haciendo costumbre, el Senado, ya convertido en un grupo de monigotes rastreros, decretó que Claudio había pasado a la categoría de dios. Si tenía las cualidades que le atribuye Suetonio, debe ser el dios de los imbéciles, con una multitud de fieles en todos los tiempos.

Y así quedó, inclasificable, gran emperador y gran mentecato, dios y payaso.


El 31 de julio volveremos a encontrarnos. Buscaré algún rey más normal, si es que eso existe. Hasta entonces.



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