Subscribe in a reader

histonotas: 1/04/09 - 1/05/09

jueves, 30 de abril de 2009

LAS TERMOPILAS – DEMASIADOS PERSAS

Hagamos un poco de historia; después de todo estamos en un blog de ídem.

Un buen día los griegos se percataron de que Grecia les quedaba chica. Poco terreno cultivable, entre las montañas y el mar, y la falta de anticonceptivos hicieron que hubiera más habitantes que tierra para alimentarlos. Por consiguiente, comenzaron a fundar colonias en el extranjero.

Al hacerlo, ocuparon “inadvertidamente” zonas costeras cruzando el mar Egeo, área de influencia del poderoso imperio persa. Allí empezaron los problemas; que váyanse; que estoy cultivando tierra abandonada; que te echo; a que no te animás; que te quemo la colonia; entonces pido auxilio a Grecia, etcétera.

Como resultado de esa escalada, y alegando otros motivos, los persas invadieron Grecia. Cabe recordar que en ese entonces Grecia no existía como nación. Era una serie de ciudades independientes, a menudo aliadas, a veces peleadas entre sí, sólo unidas por la lengua, la cultura y la religión. Las principales, Atenas y Esparta, eran polos opuestos en costumbres y sociedad y constantemente andaban a la pica, tanto que con los años una sojuzgó a la otra. Pero esa es otra historia.

Por el momento, Atenas pidió ayuda a Esparta contra la invasión persa, pero Esparta (o Lacedemonia, como también era llamada) se excusó alegando que estaban celebrando festividades religiosas. Algo así como “ahora no podemos, porque estamos en Semana Santa”. Nadie lo creyó, y los espartanos se comieron el papelón y perdieron la oportunidad de lucirse, ya que los atenienses solos descalabraron a los persas en la batalla de Maratón. Los persas se volvieron derrotados y los atenienses inventaron sin querer una competencia atlética que se hizo famosa siglos después.

Diez años más tarde, en el 480 AC, los persas volvieron a la carga, comandados por el rey Jerjes I. Éste quiso terminar el asunto de una vez, y movilizó un enorme ejército. Y acá empiezan los problemas. Según Heródoto, casi contemporáneo de los hechos y un historiador tan eminente que fue llamado “padre de la historia” (también se lo llamó “padre de la mentira” por sus exageraciones y novelización de la historia) Jerjes echó toda la carne al asador: se puso al frente de 264 miriadas mas 1.610 soldados (¿de dónde sacó esta cifra tan exacta? ¡por favor!). Total: 2.641.610 combatientes. Después, para redondear, supone que tendría que haber tantos criados y marineros como soldados, y con toda tranquilidad enuncia que los persas invasores eran 5.283.220 hombres (¿habrá contado mujeres y niños?). Para hacer más creíble la cosa, relata lo más fresco que “Moviendo después el ejército hacia el Escamandro, que fue el primer río con quien dieron en el camino después de salidos de Sardes, secaron sus corrientes, no bastando el agua para la gente y bagaje” ¡Se bebieron el río!

Historiadores modernos, ignoro con qué criterio, estiman que la cifra real rondaría los 200.000 hombres. Igualmente, una barbaridad de gente, sobre todo para los medios de abastecimiento de la época.

¿Y del otro lado? Esta vez los espartanos no quisieron repetir el papelón de Maratón, y se apresuraron a formar un pequeño destacamento de avanzada comandado por su rey, Leonidas, y 300 soldados de infantería pesada (hoplitas). No confundirse; eran 300 espartanos, sí, pero acompañados de más de 4.000 tropas auxiliares de otras ciudades, mas 3 o 4 ilotas (sirvientes – casi esclavos) por cada soldado espartano. Total, unos 5.000 a 6.000 hombres. La manipulación de la historia consiste en agrandar los adversarios y achicar los propios, para justificar la derrota.

La idea era que esta avanzada fuera reforzada por el grueso de las tropas a la mayor brevedad, pero los propios espartanos estaban celebrando (¡otra vez!) unas festividades religiosas, y los atenienses y aliados estaban, justamente, llevando a cabo las olimpíadas. Tampoco tenían idea clara de la magnitud del ejército persa, de modo que no se apresuraron a reforzar el destacamento de Leonidas.
Eso sí, consultaron el oráculo de Delfos (cuándo no) y obtuvieron de la pitonisa una respuesta típicamente ambigua, lo que se llamó luego una respuesta sibilina:

"
Mirad, habitantes de la extensa Esparta: o bien
vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada por los descendientes de Perseo, o
no lo es; pero, en ese caso, la tierra de Lacedemón llorará la muerte de un rey
de la estirpe de Heracles. Pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros
o de los leones, ya que posee la fuerza de Zeus.


Proclamo, en fin, que no se detendrá hasta haber
devorado a una u otro hasta los huesos."



Conviene aclarar que Leonidas decía ser descendiente de Hércules.

Jerjes avanzó desde el norte de la península helénica siguiendo la orilla del mar Egeo, ya que debía mantenerse cerca de los barcos que lo abastecían. Sabiendo eso, Leonidas y su gente los esperaron en una pequeña playa entre las montañas y el mar, conocida como desfiladero de las Termopilas (puertas calientes). Como dispusieron de tiempo, reedificaron un fuerte, construido hacía muchos años y parcialmente en ruinas, que facilitara la defensa del lugar. La ubicación era perfecta para la defensa, ya que entre las montañas y la orilla sólo quedaban unos 12 metros (el ancho de una carreta, dice Heródoto). Por numeroso que fuese el ejército persa, necesariamente debería reducirse a ese embudo, sin poder usar la caballería.

Espías enviados por Jerjes encontraron a los espartanos y auxiliares peinándose, aceitándose y embelleciéndose en general (costumbre griega antes de una batalla, para morir con buen aspecto). El persa no entendió nada, pensó que estaban todos locos y acampó durante cinco días esperando una rendición. No ocurrió, por lo que envió un destacamento secundario a capturar a esos dementes. El ataque fue rechazado con grandes pérdidas para los persas. Se encontraron con que las lanzas de los griegos eran mucho más largas que las de los persas, con que estos no podían ni acercarse para el cuerpo a cuerpo, además del muro y el amontonamiento en tan poco espacio que los atacantes iban derechitos al matadero.

Indignado, Jerjes envió al día siguiente a sus mejores fuerzas, los 10.000 inmortales (llamados así porque cuando uno moría era inmediatamente reemplazado, con lo que siempre eran 10.000). Inmortales o no, recibieron otra paliza, con pocas pérdidas para los defensores.

Jerjes queda frustrado, enojado y con ganas de largar todo y volverse (eso dice Heródoto, ignoro cómo lo sabe). Y aquí nuestro amigo historiador hace intervenir a un griego traidor que revela a Jerjes la existencia de un sendero oculto siguiendo el cual se puede rodear el desfiladero y atacar a Leonidas por la retaguardia. Lo del traidor da fuerza dramática a la cosa, y exime de culpa a Leonidas, víctima de la traición. Viene tan a punto que dudo de su veracidad. Entre los 200.000 persas, ayudados por algún guía o campesino del lugar, no necesitaban de ningún traidor para encontrar la obviedad de un camino alternativo. Pero sigamos a nuestro relator.

Previendo esto, Leonidas había destacado 1.000 soldados auxiliares para cuidar el paso, pero no tuvo en cuenta que Jerjes iba a destacar una fuerza de 10.000 soldados de primera por el atajo (tan sendero no debía de ser, si se mandaron 10.000 persas). Los defensores del atajo huyeron hacia los montes, creyendo que el enemigo los seguiría. No fue así, y los persas continuaron con su plan de rodear a los griegos.

El primer aviso que tuvieron los griegos que se hallaban en Termopilas, fue el que les dio el adivino Megistias, quien, observando las víctimas sacrificadas, les dijo que al asomar la aurora les esperaba la muerte. Muy creyentes, los griegos emprendieron una disparada general hacia sus casas. Quedaron sólo los espartanos sobrevivientes, mas los pobres ilotas, con algunos aliados suicidas o inconcientes que querían seguir peleando. En síntesis, unos 2.000. Versiones más patrióticas dicen que fue Leonidas quien ofreció a los que quisieran irse que lo hicieran sin culpa.

Según Heródoto, los espartanos y los tespieos fueron masacrados, mientras que algunos tebanos se rindieron y fueron marcados y utilizados como esclavos. Los persas encontraron el cuerpo de Leonidas y lo crucificaron. En total, habían sufrido unas 20.000 bajas.

De los espartanos se salvaron sólo dos, que se taparon con el escudo y se hicieron los muertos. Se dice que, cuando volvieron a Esparta, uno de ellos se suicidó porque no aguantó la repulsa general. Al otro le negaron el agua y el fuego (o sea que lo desterraron), pero se rehabilitó muriendo como un héroe en una batalla posterior.

Para terminar la historia, Jerjes continuó su avance, y los griegos aprovecharon el tiempo ganado gracias a Leonidas para evacuar Atenas y ubicar su flota en un lugar estratégicamente conveniente. Jerjes ocupó Atenas e incendió la Acrópolis (después la reconstruyó Pericles, mucho más hermosa) y los atenienses se tomaron la revancha infligiendo una derrota decisiva a la flota persa en la batalla de Salamina. Sin flota para abastecerse, Jerjes y los restos de su ejército retornaron a Persia como pudieron. No volvieron más a Grecia.

En honor de los héroes enterrados donde cayeron, no menos que de los otros que murieran antes que partiesen de allí los que volvieron a sus casas, se pusieron estas inscripciones:

«Contra tres millones pelearon solos aquí, en este sitio, cuatro mil Peloponesios.»

Cuyo epígrama se puso a todos los combatientes en común, pero a los Espartanos se dedicó éste en particular:

«Habla a los Lacedemonios, amigo, y diles que yacemos aquí obedientes a sus mandatos.»

Otro cronista posterior, Pausanias, nos manifiesta que el nombre de los 300 campeones; estaba notado en una columna levantada en Esparta. Y de los otros, ¿qué? ¿Y los pobres ilotas? ¿Y los aliados? Una injusticia.


BONUS

Como premio a los que me siguieron pacientemente hasta aquí les obsequio algunas de las anécdotas que incluye Heródoto en su historia. Las conjeturo inventadas para dar emoción al relato y realzar la figura de los protagonistas, ya que no imagino cómo fueron transmitidas a Heródoto (los dos sobrevivientes no estaban para contar anécdotas, y Heródoto tenía 4 años para esa fecha). De todos modos, seguramente se las hacían aprender a los niños. (Ahora pasa lo mismo con tantas frases célebres imposibles)

- El espartano Dienekes antes de entablarse el combate dijo a los suyos que le habían dado buenas noticias, que le habían dicho que cuando los bárbaros disparan sus arcos, ocultan el sol bajo la cantidad de sus flechas y que de este modo, si los persas les tapaban el sol, podrían luchar a la sombra.

- Jerjes envió un emisario exigiendo a los griegos que entregasen sus armas inmediatamente para no ser aniquilados. Leónidas respondió: «Ven a buscarlas tú mismo»

- Leónidas solía decirles a sus hombres: «Jerjes tiene muchos hombres, pero ningún soldado»

- Al despuntar el alba del último día, Leónidas dijo a sus hombres: «Tomad un buen desayuno, puesto que hoy cenaremos en el otro mundo» (como para desayuno estaban los pobres).

- Leónidas fue alcanzado por una flecha y los últimos espartanos murieron intentando recuperar su cuerpo para que no cayera en manos enemigas (Inverificable. Casualmente Homero en la Iliada cuenta algo similar para cada héroe que cae. ¡Se copió!)


ENLACES:
target="_blank"Esparta, el hoplita y sus armas

target="_blank"Evolución de los hoplitas y su armamento


Nota: si quieren sacar patente de conocedores, en lugar de espartanos digan espartiotas. Suena mucho más erudito.


Espero que esta historia los haya entretenido. Por lo menos, no inventé nada. Los espero el 15 de mayo.



¡cliquea aquí para leer todo!

miércoles, 15 de abril de 2009

HERCULES – HAZAÑAS SENTIMENTALES Y DE LAS OTRAS


Hércules fue un personaje mítico, o sea de muy improbable existencia. Entonces: ¿qué tiene que ver con la historia?

Los mitos forman parte de la cultura de un pueblo; son creaciones a su imagen y semejanza y reflejan sus ideas y su forma de ser. Son entonces integrantes de su civilización. Por eso es lícito considerarlos como consustanciados con la historia.

Los griegos, grandes fabuladores, imaginaron dioses, semidioses y héroes que los representaran en alguna de sus características. Así Zeus, el padre de los dioses, encarnaba el mando y el poder, Palas la sabiduría, etcétera. Eso sí, matizados con algunas características (virtudes y, sobre todo, defectos) propias de los griegos que los “bajaban” de los altares y los hacían más humanos.

Zeus, por ejemplo, era incurablemente mujeriego. Por lo visto, ni su esposa Hera ni otras diosas lo satisfacían por completo; tenía que hacerse frecuentes escapadas a la tierra para consolar señoritas y señoras desatendidas. Fruto de esos consuelos fueron incontables semidioses, obligados por herencia a actuar como héroes, con mayor o menor convicción.

Según la leyenda, existió una joven señora llamada Alcmena a quien Zeus, desde su casa en lo alto del monte Olimpo, echó el ojo, y ya se sabe lo que pasaba cuando este dios calenturiento veía una dama atractiva: se arremangó el manto, montó en una nube y esperó a que el marido, adecuadamente llamado Anfitrión, saliera a hacer un viajecito. Ahí nomás Zeus se disfrazó de Anfitrión y se dispuso a ejercer sus derechos conyugales. Doña Alcmena debió colaborar enérgicamente, porque Zeus le tomó gusto a la cosa y, siendo dios, prolongó la noche al triple de su duración para continuar la jarana (¡treinta y seis horas de jolgorio!)

Al nene semidiós engendrado con tanto entusiasmo le pusieron de nombre Heracles (para los romanos, Hércules), o sea gloria de Hera, para congraciarse con la esposa de Zeus, quien había tomado muy a mal la cosa. Inútil. Hera se dedicó a hacerle la vida imposible a Hércules.

El niño creció, y mucho, desarrollando una fuerza por supuesto hercúlea (muy malo, perdón) y un carácter violento igualito al de papá. Un ejemplo: como todo niño hijo de rey, tenía un maestro de música. Ya sea que a Hércules no le gustara la música (prefería los deportes violentos) o fuera un ladrillo para las melodías, lo cierto es que el profesor perdió la paciencia….y Hércules también. De un feroz golpe de lira el joven discípulo le partió la cabeza al profesor. Lo juzgaron por homicidio y lo absolvieron por … ¡defensa propia! ¿Les recuerda a algo?

Otra característica heredada: enamoradizo. Le gustaban todas. Cuando se hizo adolescente, andaba por ahí luciendo su musculatura, cubierto con una piel de león, y resultaba irresistible. Las niñas, vírgenes, no tanto, señoras, todas tras él. Y no se resistía, el hombre.

Era inevitable. Hércules era un buenazo, siempre dispuesto a remediar entuertos. Se lo puede considerar el primer exterminador de plagas de Grecia. Hazañas increíbles, leones, serpientes, gigantes, toda calamidad que asolaba a un comarca, allí estaba Hércules para matar al bicho molesto. Las pobladoras no sabían cómo agradecerle… pero Hércules sí. Y así pasaban las cosas.

Un ejemplo notable: en sus andanzas, llegó Hércules a una ciudad cuyo rey tenía, pobre hombre, cincuenta hijas (con diversas esposas, se entiende) todas vírgenes y casaderas. Cuando el rey vio a semejante ejemplar de hombre, quiso tener nietos como ese, y le ofreció al héroe una de sus hijas para que pasara la noche. Con la falta de luz eléctrica, el rey, cada vez que Hércules cumplía con la doncella, la hacía salir del cuarto y la reemplazaba por una hermana. Vuelta a acometer Hércules y vuelta a cambiar de compañera. Así cincuenta veces en la noche. Hércules nunca pudo entender (era algo corto de entendederas, como todos los forzudos) cómo no podía desflorar a su compañera, pese a haberlo intentado cincuenta veces. Finalmente, seguramente cansado, se durmió. Cincuenta y dos descendientes (algunos mellizos, para colmo) resultaron de esta noche heroica. Hércules la consideró como su mayor hazaña. Tenía dieciocho años.

Más adelante se casó con Megara, también hija de rey (o había muchos reyes o tenían muchas hijas. Hoy no se encuentran hijas de reyes así como así). Empezó bien, tuvieron tres hijos, pero un día Hera hizo enloquecer a Hércules (esa es la versión oficial; mi hipótesis es que Hércules se agarró una borrachera heroica; cada tanto le pasaba) y éste mató a sus tres hijos y, de paso, a dos sobrinos. (Según dijo, después no pudo mirar a la cara a su mujer y la casó con un amigo. Expeditivo. Se la sacó de encima.)
Esta masacre no la pudo hacer pasar como defensa propia, así que fue condenado a servir al rey Euristeo, un auténtico canalla, quien le encargó una misión imposible por año. Lo tuvo doce años, dando origen a las famosas doce hazañas de Hércules. Las cumplió todas, claro. No las detallaré porque temo aburrirles, pero fueron realmente peliagudas.

Ya a Hércules le entraron ganas de casarse nuevamente. Va a cortejar a una posible candidata, se hace amigo del hermano pero, otra vez presa de locura (otra vez Hera, claro) mata al futuro cuñado. Por supuesto, se anula la boda y otra vez a buscar penitencia para lavar el crimen. Como no encuentra comprensión se enoja, rompe el templo del Oráculo de Delfos, roba el sagrado trípode… en fin, hace las mil y una. Terrible cuando se enoja.

Finalmente, le comunican la pena: tendrá que servir durante tres años a las órdenes de la reina Onfale. Y aquí viene algo escabroso. Ya desde adolescente Hércules era sexualmente omnívoro. Cuando se decía que le gustaban todas, lo correcto sería decir todas/os. Cada acompañante de sus aventuras terminaba rascándole la espalda.

Bueno, con Onfale se dio el gusto de intercambiar ropas. Durante los tres años de su servidumbre, Hércules se vistió con las ropas de Onfale y se dedicó a hilar. Onfale, mientras tanto, vestía la piel de león y las armas de Hércules. Parece que la cosa les gustó a ambos, porque terminaron enamorándose.

Entre las mil aventuras, peleas, venganzas, que emprende Hércules hay una que por lo menos revela el humor del personaje: Hércules combate y captura a los cércopes, dos hermanos malandrines que asolaban la comarca, los ata cabeza abajo, cada uno a un extremo de un palo que se carga sobre los hombros, y echa a andar llevándolos así. Conforme van los cércopes cabeza abajo, y estando Hércules con las posaderas desnudas, ven que las tiene negras por la espesa pelambrera que las cubre. Ante esto, les entra un fuerte ataque de risa, risa que se contagia a Hércules quien, sumamente divertido, los suelta y deja libres. Por lo menos una nota divertida.

Continuando con sus andanzas, Hércules destruye Troya, cincuenta años antes que Agamenón y compañía, abre el estrecho de Gibraltar, funda las olimpíadas, mata a bastante gente mala, y a algunos buenos de puro atolondrado, y se casa nuevamente. La elegida es Dejanira, a quien conquista derrotando a su otro pretendiente, el río Aqueloo (sí, se iba a casar con un río. Muy imaginativos, los griegos. Un casamiento húmedo).

Otro incidente. Volviendo los recién casados a su hogar, se topan con un caudaloso río. Neso, un centauro que andaba casualmente por la zona, se ofrece gentilmente a transportar a Dejanira sobre su lomo a través de las aguas. Los esposos aceptan pero Neso, con las peores intenciones, se deja arrastrar por la corriente y en la confusión trata de violar a Dejanira. Desde la distancia, Hércules lo hiere de muerte con una flecha envenenada. Se arrastra el centauro a la orilla y en sus últimos estertores recomienda a Dejanira que recoja su sangre, pues le servirá para mantener el amor de su esposo. Tonta de ella, le hace caso (si ven un centauro, no le crean; por lo general son traicioneros) y guarda la sangre, que por supuesto está contaminada por el poderosísimo veneno de la flecha.

Al tiempo, el incorregible Hércules vuelve a las andadas. Se escapa de casa tras Iolao, una hermosa muchacha más joven que Dejanira, por supuesto. Ésta empapa una túnica con la sangre del centauro y se la envía a Hércules, jurando que no le guarda rencor. El incauto se la pone, y al calentarse al contacto con su cuerpo, el veneno le corroe la piel, la túnica se le adhiere tan estrechamente al cuerpo que al intentar arrancársela se arranca sus propias carnes, y le produce terribles dolores. No soportando el sufrimiento, Hércules pide que enciendan una pira y se arroja al fuego. Su alma asciende al Olimpo, donde se lo recibe como a un dios. Allí se casa ¡nuevamente! con Hebe, diosa de la juventud.

La fama de Hércules fue inmensa, y se convirtió en el héroe más popular de Grecia. En cuanto a su renombre como amante, Plutarco cuenta que en su época, siglo I D.C, las parejas masculinas bajaban a su tumba en Tebas para prestar juramento de fidelidad a él y entre ellos. Las consecuencias del travestismo con Onfale, sin duda, y sus infinitos amores masculinos. En cuanto a las mujeres, aún hoy cuando un hombre es excepcionalmente potente dicen que es un Hércules (¡Ay! ¡Las cincuenta hermanas en una noche!)
Lo aquí relatado es sólo un pálido e indigno reflejo de los cientos de hechos atribuidos a Hércules. A quien le interese, le recomiendo vivamente que se dirija a

donde recorrerá su “vida” fascinante.


Veremos qué preparo para el 30 de abril ¡Sugieran algo, aunque más no sea para ponerme a prueba! Hasta entonces.

¡cliquea aquí para leer todo!