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histonotas: 1/03/09 - 1/04/09

martes, 31 de marzo de 2009

CORTEJO MEDIEVAL: ¿MASOQUISMO O ESTUPIDEZ?


Los hombres hacen cualquier locura, llegan a increíbles extremos, para demostrar su amor por una mujer. Allá por el siglo XIII, entre la clase noble de Europa hacía estragos la costumbre del amor cortés, consistente en demostrar a los cuatro vientos el delirio amoroso que poseía a un caballero. Este enardecimiento, puramente platónico, eso sí, (lo contrario era considerado vulgar) iba a veces dirigido a mujeres respetablemente casadas, con el beneplácito de los maridos, (la costumbre así lo exigía) los que a menudo declamaban también su delirante amor por…otra dama.

Por supuesto, las damas no se comprometían a ninguna recompensa corporal; un trovador del siglo XII expresa:

“¿Acaso las hazañas que realicé no merecen recompensa?”
“Tranquilízate”, replica la dama. “Recibirás tu recompensa y serás feliz”.
“¿Cuál será mi premio, noble dama?”
“Tu creciente fama y la mayor exaltación de tu espíritu son recompensa suficiente”.
Y eso era todo. Durante siglos no advirtió que este “espíritu más exaltado” era indicio de una pasión más bien unilateral.

He aquí un breve muestrario de las encantadoras comparaciones que los caballeros del amor utilizaban para dirigirse a la dama elegida:

“Oh, Estrella de la Mañana, Capullo de Mayo, Rocío de las Lilas, Hierba del Paraíso, Racimo de Otoño, Jardín de Especias, Atalaya de Alegrías, Delicia Estival, Fuente de Felicidad, Foresta Florida, Nido de Amor del corazón, Valle de Placeres, Reparadora Fuente de Amor, Canción del Ruiseñor, Arpa del Alma, Pascua Florida, Perfume de Miel, Consolación Eterna, Peso de la Bienaventuranza, Prado Florido, Dulce Limosna, Cielo de los Ojos...etc... etc...”. Ofrezco desinteresadamente estas flores retóricas para que mis lectores conquisten, o no, la admiración de sus amadas.

Las mujeres se prestaban alegremente a estas sandeces, ya que al verse así glorificadas se redimían de siglos de sumisión conyugal, llegando a veces a extremos como el que relataré a continuación, lindantes con la enfermedad mental (bueno, el amor es una enfermedad mental, ¿no?)

Un manuscrito único, escrito en el siglo XIII, contiene la historia de Ulrich von Lichtenstein, tal vez el peor de todos los tontos que se enamoraron de las mujeres y las sirvieron. Ulrich von Lichtenstein fue un rico noble de Austria. Murió en 1276. Su tumba se conserva aún hoy. Por lo menos sabemos que el héroe existió, aunque sus hazañas pueden haber sido exageradas…

Era un jovenzuelo cuando se enamoró de una dama de alcurnia, cuya compañía buscaba constantemente. En su condición de paje de noble cuna tenía acceso a las habitaciones de las damas, donde a veces se bebía el agua en que su adorada se había lavado las manos. Es difícil establecer quién fue esa dama, pero esperemos que tuviese las manos limpias. El joven prometía.

Cuando fue armado caballero, el joven Ulrich se consideró obligado a elegir una dama para servirla. Por lo visto, eligió mal, porque a partir de entonces su vida fue un calvario a manos de su coqueta adorada. No conocemos su nombre, pero sus hechos la muestran como la más conocedora del sadismo implícito en el amor cortés.

Ulrich comenzó por declararle su pasión en tiernas canciones. Estas eran hermosas, contestó la bella, y predisponían al amor, pero ella no necesitaba un caballero, así que ni soñara en ser aceptado jamás porque, entre otras cosas, en el labio superior de don Liechtenstein se formaba una fea protuberancia. De acuerdo a las normas del juego amoroso, la noble dama alternaba el rechazo con los elogios.

Inmediatamente UIrich llamó al más hábil cirujano de la ciudad para que le operara el labio. (Seguramente fue el primer caso que la historia registra de cirugía plástica). Un auténtico caballero no podía perderse la oportunidad de soportar la tortura sin un solo quejido, en homenaje a su dama. Von Lichtenstein rehusó dejarse maniatar (la anestesia no existía); se sentó en un banco, y no hizo un gesto ni emitió un solo grito mientras el cirujano reducía el labio a proporciones más normales.
La operación tuvo éxito, pero el infeliz paciente debió pasar seis meses hasta que la herida curó completamente. Entretanto, no podía comer ni beber; tenía los labios cubiertos por un horrible ungüento, y no lograba retener nada en el estómago. “Mi cuerpo sufría”, escribe el incorregible enamorado, “pero mi corazón estaba feliz”.

Con su nueva cara, se encontró con la bella, pero en su presencia ella se apartó fingiendo desagrado y el caballero se apabulló tanto que no pudo pronunciar palabra. Finalmente, luego de varios inútiles intentos, se inclinó desolado para despedirse, y ella le tiró ferozmente del pelo, arrancándole un mechón de cabellos. “Esto, por vuestra cobardía”, le susurró.

Con este comienzo, fácil es de prever la continuación. Ulrich se lanzó a un frenesí de torneos en alarde de su dama. Ganó casi todos, porque era fuerte y hábil, pero en un lance estuvo a punto de perder el meñique. Ya curado, al enterarse que su dama lo recriminaba por no haber perdido el dedo por su amor, se lo cortó de un hachazo y lo envió en un exquisito cofrecillo como delicado obsequio. La dama recibió el regalito con asco, esta vez no fingido. “¡Dios mío!“, exclamó, “¡Jamás creí que un hombre sensato pudiese cometer semejante tontería!” Pero se apresuró a agregar: “Decid al noble caballero que guardaré el cofrecillo en mi cajón, y que diariamente contemplaré su dedo meñique; pero que no crea que se ha acercado a su meta ni siquiera el grosor de un cabello; ¡pues aunque me sirviera durante mil años sería tiempo perdido!”

¡Con la constancia se mueven montañas! La idea esta vez fue vestir ropas de mujer (encima de la armadura, claro) y recorrer las ciudades proclamando que “La diosa Venus desafiaba a todos los caballeros a romper lanzas con Ella. A quien lo hiciera, lo recompensará con un anillo de oro. Que el caballero envíe el anillo a la dama de su corazón; pues dicho anillo posee el mágico poder de engendrar en el corazón de los destinatarios auténtico amor por los remitentes. Pero si en el torneo la Diosa Venus venciera al caballero, será obligación de éste inclinarse hacia los cuatro rincones de la tierra en honor de cierta dama”.

Lejos de meter al pobre Ulrico en una camisa de fuerza o llevarlo al manicomio, la nueva aventura fue recibida con entusiasmo general. Cuando leemos la descripción de la “gira de Venus”, sólo hallamos universal aprobación. La “Diosa” fue recibida solemnemente a lo largo de la ruta, y ni un solo caballero esquivó el enfrentamiento. El resultado final fue por demás impresionante: Ulrich, en su atuendo venusiano, rompió trescientas siete lanzas, y distribuyó entre sus adversarios doscientos setenta anillos de oro.

En una aldea, no lejos de su propio castillo, después del torneo la Diosa Venus recuperó su condición masculina. He aquí el relato de UIrich: “Entonces, en compañía de un servidor de confianza, salí al campo y visité a mi querida esposa, que me recibió muy amablemente y se sintió muy complacida de mi visita. Allí pasé dos días magníficos, fui a misa el tercero, y rogué a Dios que preservara mi honor, como lo había hecho siempre. Me despedí afectuosamente de mi esposa, y con el corazón fortalecido regresé a reunirme con mis compañeros.”

Allí nos enteramos de que Ulrico era casado y padre de cuatro hijos, sin aparente incompatibilidad con su devoción por ajenas perfecciones. Buenas costumbres que hoy día se han perdido.

Para abreviar: luego de vaivenes de aceptación y desprecio, sabiamente calculados para enloquecer a Ulrico, la dama lo citó para una entrevista personal, pero con una condición: debía disfrazarse de mendigo y esperar limosna con los miserables y enfermos a la entrada del castillo. Ni aún así se dio cuenta el embobado caballero; pasó varios días entre apestados y leprosos, mojado y helado. Finalmente, recibió el mensaje de esperar esa noche al pie de la ventana, sin la ropa de mendigo (o sea con ropa interior).

De la ventana bajó una soga de sábanas y una canasta, y allí se aferró nuestro galán para que lo elevaran hasta el paraíso, o sea el salón de la amada. Ella lo recibió muy amable entre varias damas, pero parece que los días entre leprosos habían inflamado al caballero, que como recompensa pidió algo tangible, preferentemente en posición horizontal. ¡Horror! Bueno, eso podría arreglarse, pero deberían salir las damas acompañantes y prepararse el ambiente. Mientras tanto, para demostrar su constancia, Ulrico debería salir nuevamente por la ventana y esperar, colgado de las serviciales sábanas. Ligeramente desconfiado, el futuro amante exigió que mientras tanto, pudiera retener la mano de la bella entre las suyas (y, de paso, agarrarse). Así suspendido, escuchó que la Bondadosa señora le dijo: “veo que merecéis mis favores… besadme ahora”. Loco de pasión, Ulrich elevó sus labios…y liberó la mano. En ese instante soltaron la cuerda, y allí cayó Ulrich.

Cuenta el relato que ni aún así este zopenco se convenció de que lo estaban tomando por tonto, y siguió escribiendo versos, hasta que finalmente (no se especifica por qué) llegó a la astuta conclusión de que la Fuente de Felicidad no merecía sus atenciones y nunca lo aceptaría como caballero servidor. Tardó varios años, (si contar el meñique que le regaló y las fracturas de la caída) en darse cuenta y, supongo, volvió con su esposa y sus múltiples hijos, convencido de haber pasado a la historia. Y pasó, pero como modelo de estúpidos.

Este fue un extremo de amor cortés; por la caricatura se aprecia el original. ¿Nos habremos librado de ello o aún quedan rastros y no lo percibimos? Que cada uno analice su comportamiento con el sexo opuesto, y tire la piedra el libre de pecado.

Nos encontraremos a mediados de abril.



Fuente: Paul Tabori - Historia de la estupidez humana

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domingo, 15 de marzo de 2009

LA ENTREVISTA DE BAYONA : LA COMEDIA DE LAS ABDICACIONES

Estamos en Bayona, pequeña ciudad vasco-francesa de la región de los Pirineos, cercana a la frontera de España. Año 1808.

Se encontraban allí reunidos, unos por la conveniencia y otros por la intimidación:




  • Napoleón Bonaparte y su corte de servidores, en su papel de dueño de casa y mandamás, ignorando que en esa reunión se estaba forjando el comienzo de su ocaso;



  • l rey de España, Carlos IV, devenido en personaje de opereta, absolutista y bufón, cornudo hasta la empuñadura, aferrado a los restos de su poder y acérrimo defensor del amante de su mujer;





  • El susodicho amante, Manuel Godoy, inexplicablemente designado “Príncipe de la Paz” luego de una derrota, cuyo vertiginoso ascenso desde guardia de corps hasta Ministro Universal, con una increíble lista de títulos, honores y condecoraciones que ocuparía varios renglones, se debió a su apostura y dotes sociales y políticas que conquistaron fulminantemente al rey y a la reina, en distintos sentidos, espero. Algunos historiadores modernos ponen en duda su papel de calientalecho real basándose en veladas declaraciones de inocencia del sospechado (!!!!) Pro francés y creyente en la franqueza y honestidad de Bonaparte. Con eso queda definida su agudeza política;
  • La “virtuosa” reina María Luisa de Parma, fea hasta el espanto (véase cuadro de Goya, pintor de la corte). Pese a su aspecto, tuvo varios amantes previamente a y durante Godoy. Como puede observarse, de joven no era tan fea. Obsequió a su real esposo, además de los públicos ornamentos frontales, con catorce hijos y diez abortos espontáneos, ni unos ni otros de paternidad segura. Era evidente en qué ocupaba su tiempo. El pueblo, enterado y regocijado;







  • Fernando, alternativamente rey o príncipe de Asturias, según el talante de su real padre. A comienzos de su carrera aparentó ser liberal, pero cuando fue rey se convirtió en un tremendo absolutista cerrado. Odiaba a los franceses (pese a que, cuando le convenía, lamía con entusiasmo las imperiales botas de Napoleón), a su padre (y éste a él), a su madre (por…bueno, es comprensible) y a Godoy (también es comprensible). Por ser antifrancés, el pueblo lo adoraba; fue llamado Fernando “el deseado”. Cuando se mostró como era en realidad, lo llamaron de otra forma.

Estas eran las primeras figuras de la farsa que se representaría en Bayona. Veamos cómo y por qué llegaron allí.


El Tratado de Fontainebleau

Todos conocemos la ilimitada ambición de Bonaparte. País por país, fue merendándose a toda Europa, pero cuando llegó frente a Inglaterra se encontró con el Canal de la Mancha. La flota inglesa, dueña del mar, le impidió atravesar el modesto Canal, y allí se quedó Bonaparte mordiéndose las uñas. Se le ocurrió entonces asfixiar comercialmente a Inglaterra, por lo que estableció el bloqueo continental. Como era dueño o aliado de todas las potencias europeas, les prohibió comerciar con Gran Bretaña.
Primer error garrafal, originado en su miopía política. Como estadista, Bonaparte era un excelente conductor de tropas. España obedeció, gracias a Godoy, pero a Portugal, tradicional aliado de Inglaterra, se le dio un pito de los berrinches de Napoleón y siguió comerciando con todo el mundo.

Bonaparte reaccionó como siempre, a lo bruto, y solicitó permiso a España para atravesar su territorio e invadir Portugal. España (Godoy) accedió, y se firmó el tratado de Fontainebleau. Entraron las tropas napoleónicas y allí Bonaparte, pasándose de listo, cometió su segundo y más grave error. Tuvo la brillante idea, ya que estaba, de aprovecharse de la ceguera de Godoy (el rey Carlos IV no contaba absolutamente para nada) y ocupar como si nada varias ciudades de España (Pamplona, Valencia, Barcelona, San Sebastián) para redondear la correría.


El motín de Aranjuez
Recién entonces, con casi 100.000 soldados franceses dentro de España, el rápido Godoy se dio cuenta de que Napoleón le estaba haciendo a él lo mismo que él le hacía a María Luisa. Típico de su grandeza de miras, el Príncipe de la Paz decidió huir con la familia real hacia América.
Llegados los viajeros a Aranjuez, los rumores de la deserción y las maniobras de Fernando, Príncipe de Asturias pusieron los ánimos alerta. La situación empeoró cuando el pueblo se dio cuenta de que Godoy también estaba haciendo salir de la ciudad a su amante, Pepita Tudó (Sí, tenía otra amante el hombre, que además estaba casado. Se cree fundadamente que la dama en cuestión fue la modelo de Goya para “La maja desnuda”).
Ahí los habitantes, que ya estaban más que hartos de los franceses, de Godoy y de su comportamiento, saquearon la casa del Ministro (llevándose entre otras cosas el mencionado cuadro, que el varón tenía en casa para que lo admirara su esposa) y lo encontraron (a Godoy, no al cuadro) escondido en un desván. Salvó la vida porque los guardias lo condujeron prisionero bajo escolta.

Carlos IV, todavía rey pese a todo, se conmovió ante la prisión del ministro y abdicó “voluntariamente” en su hijo Fernando para evitarse males mayores.


Todos a Bayona
Y aquí comienzan el ridículo y la bajeza: Murat, como representante de Napoleón, sugiere a Carlos, rey abdicado, que si se presenta humildemente ante el Emperador éste, que posee un ejército dentro de España, lo repondrá en el trono y lo sostendrá en el mismo. El ingenuo de Carlos se apresura a escribir a Bonaparte:


VM. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultas y no verá con indiferencia a un rey que, forzado a renunciar a la corona, acude a ponerse en los brazos de un grande monarca, aliado suyo, subordinándose totalmente a la disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda su familia y la de sus fieles vasallos.
Yo no he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte...
Yo fui forzado a renunciar; pero he tomado la resolución de conformarme con todo lo que quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la Reina y la del Príncipe de la Paz.


Sólo le faltó agregar “que besa sus pies”. Y allá va Carlos con su casta esposa hacia Bayona


Segundo actor: Fernando, reciente rey. A éste se le ocurrió que, yendo a inclinarse ante el Emperador, podría conseguir la evacuación de algunos soldadillos franceses que le estaban estorbando. De paso, no le vendría mal algún gesto de apoyo político del dueño de Europa. Más políticamente imbécil, imposible. Digno hijo de su padre. Hacia Bayona, pues.

Para completar el elenco, Godoy. Probablemente por orden de Bonaparte, Murat, porque sí, lo saca de la prisión donde estaba encerrado y lo lleva …..a Bayona.


Por “invitación” del Emperador (porque negociaciones, no hubo):

- Carlos se arrepiente de su abdicación;

- Fernando, como buen hijo, le devuelve el trono, abdicando en su padre;

- Carlos, de nuevo rey, abdica en Bonaparte;

- Bonaparte rechaza el reinado y abdica en su hermano Luis;

- Carlos, María Luisa y …Godoy (indisoluble matrimonio de tres) parten a Francia, pensionados por Bonaparte;

- Fernando se queda con las manos vacías, con mucha bronca y, supongo, con cara de estúpido.

Como muestra de ruindad y desvergüenza, transcribo la proclama con que el traidor de Carlos IV pretende justificar el regalo de su reino a Bonaparte:


He tenido a bien dar a mis amados vasallos la última prueba de mi paternal amor. Su felicidad, la tranquilidad, prosperidad, conservación e integridad de los dominios que la divina providencia tenía puestos bajo mi Gobierno, han sido durante mi reinado los únicos objetos de mis constantes desvelos. Cuantas providencias y medidas se han tomado desde mi exaltación al trono de mis augustos mayores, todas se han dirigido a tan justo fin, y no han podido dirigirse a otro. Hoy, en las extraordinarias circunstancias en que se me ha puesto y me veo, mi conciencia, mi honor y el buen nombre que debo dejar a la posteridad, exigen imperiosamente de mí que el último acto de mi Soberanía únicamente se encamine al expresado fin, a saber, a la tranquilidad, prosperidad, seguridad e integridad de la monarquía de cuyo trono me separo, a la mayor felicidad de mis vasallos de ambos hemisferios.
Así pues, por un tratado firmado y ratificado, he cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias; habiendo pactado que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e íntegra, cual ha sido y estado bajo mi soberanía, y también que nuestra sagrada religión ha de ser no solamente la dominante en España, sino también la única que ha de observarse en todos los dominios de esta monarquía. Tendréislo entendido y así lo comunicaréis a los demás consejos, a los tribunales del reino, jefes de las provincias tanto militares como civiles y eclesiásticas, y a todas las justicias de mis pueblos, a fin de que este último acto de mi soberanía sea notorio a todos en mis dominios de España e Indias, y de que conmováis y concurran a que se lleven a debido efecto las disposiciones de mi caro amigo el emperador Napoleón, dirigidas a conservar la paz, amistad y unión entre Francia y España, evitando desórdenes y movimientos populares, cuyos efectos son siempre el estrago, la desolación de las familias, y la ruina de todos.
Dado en Bayona en el palacio imperial llamado del Gobierno a 8 de mayo de 1808. Yo el Rey. Al Gobernador interino de mi consejo de Castilla.


Gazeta de Madrid, viernes 20 de mayo de 1808


El alzamiento del 2 de mayo de 1808

Mientras tanto, en España, el digno y valiente pueblo de Madrid, lejos de todas estas bajezas, se levantaba espontáneamente, al mejor modo español, contra los ejércitos ocupantes y en defensa de la monarquía (¡Qué ironía!!).
La quijotada duró un solo día, y costó 200 soldados franceses muertos, los mejores del mundo, y 150 madrileños exterminados en luchas callejeras. Al día siguiente, la represión: cerca de 1000 ciudadanos asesinados o fusilados (lo mismo da). A continuación, el llamado a la rebelión recorrió España. La guerra de la independencia había comenzado.



Pido perdón a la historia. Tuve que podar, mochar y omitir para dar cabida a estos hechos en los límites de la paciencia de los lectores. Tómenlo como un boceto imperfecto.


Nos veremos nuevamente a fines de Marzo. Hasta entonces.

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