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histonotas: 1/12/08 - 1/01/09

martes, 30 de diciembre de 2008

ALBIGENSES - UNA CRUZADA DE ENTRECASA

Allá por el año 1000, década más o menos, la Iglesia Católica comenzó a padecer de miedos recurrentes. Todo comenzó con el Islam, que irrespetuosamente se autoproclamó la única religión verdadera (cosa que venía haciendo la iglesia de Roma desde hacía siglos) y, lo que era peor, lo hizo con un libro en una mano y una espada en la otra. Con tan contundentes razones tuvo un éxito meteórico. Conquistó naciones, reinos, imperios y lo que quiso. Hasta llegó a ocupar Tierra Santa, sepulcro incluido.

El papado aprendió rápidamente. Olvidó aquello de ofrecer la otra mejilla, ya que se la iban a rebanar seguramente, y optó por el más antiguo “ojo por ojo”.
Así, hija del miedo y la avaricia, nació la cruzada. Al principio los ejércitos convocados tuvieron éxito (aunque poco después se dio vuelta la cosa) justificando a los halcones y relegando al olvido a la original mansedumbre predicada por Cristo. Nació la iglesia militante (Qué todavía está bastante difundida, dicho sea de paso).

Cuando Roma perdió el miedo a los musulmanes, o por lo menos logró un cierto equilibrio, apareció otro monstruo: se rebelaban las bases y comenzaban a pensar por su cuenta.

Ya desde el comienzo de la prosperidad eclesiástica hubo gente que se indignaba ante la flagrante contradicción entre lo que el clero predicaba y lo que practicaba.. ¿Cómo Dios todopoderoso permitía esa descomposición? ¿Respetaba la Iglesia las enseñanzas de Cristo? De la desconfianza se pasó a la herejía. Renacieron viejas teorías acerca de la creación y el espíritu ya enunciadas por los gnósticos (herejes de los primeros tiempos del cristianismo).
Sus nuevos seguidores las modificaron de acuerdo al contexto, y rápidamente se propagaron por las cercanías del siglo X. Se los llamó de muchas maneras, según la región donde florecían y sus variantes: bogomilos, paulicianos, patarines…, los más conocidos, cátaros (del griego, “puros”) o albigenses (por la localidad de Albi, en Provenza, sur de Francia).

No poseemos documentos doctrinales cátaros, pero la creencia más extendida es que todo lo material era impuro y malo por naturaleza, y no podía de ningún modo haber sido creado por un Dios de bondad. Por consiguiente, toda la creación era obra del demonio, a quien asimilaban con el Jehová del Antiguo Testamento, mientras que Jesús, el Dios del bien, era el responsable de la parte espiritual, residente en el alma humana.

Partiendo de esa base, se fueron desbarrancando a creencias y costumbres cada vez más heréticas y anticatólicas. Rechazaban los dogmas y los sacramentos de la Santa Madre Iglesia, enospreciaban a los sacerdotes, llamaban a Roma la Ramera de Babilonia y a su obispo el Anticristo. Predicaban la igualdad de los sexos que el papa decía ser contraria a la Biblia. También poseían su propia versión vernácula de las Sagradas Escrituras, que leían con atención.

Detestaban el ritual católico. Imágenes, reliquias, la sagrada comunión, eran emanaciones del mundo letal de la materia. El cuerpo era algo maligno y el sexo, a partir del cual los cuerpos se multiplicaban, también era negativo. El fruto prohibido del jardín del Edén era el placer sexual. El embarazo era pecado; la mujer embarazada portaba el demonio en su interior; si moría antes de dar a luz, no tendría remisión posible. El matrimonio era una forma de pecado; el sexo en el matrimonio no era mejor que el incesto. Tan grande era su odio por el cuerpo que el suicidio, la endura, era un acto heroico de virtud, la manera de acceder al cielo.

Como vemos, sus teorías eran bastante extremas y ya algo delirantes.

Lo más imperdonable desde el punto de vista de la Iglesia era que con la pureza de sus vidas y el ejemplo de mansedumbre los albigenses estaban granjeándose la simpatía de la gente y la Iglesia perdía feligreses a montones. Si bien la población no era completamente cátara, por no poder alcanzar el exigente nivel moral de los “perfectos” había cada vez más simpatizantes de los albigenses. La Iglesia estaba perdiendo terreno rápidamente, y eso la asustó más aún que la herejía en sí misma.

Las primeras medidas del papado fueron mesuradas. En 1147, el papa Eugenio III envió un legado a los distritos más afectados, el sur de Francia, la Provenza y Languedoc. El legado, un famoso predicador, obtuvo algunos éxitos iniciales, pero sus continuadores fracasaron. Por lo visto, los albigenses querían seguir siendo cátaros.

Continuaron las tratativas pacíficas. Se convocaron coloquios con ministros de ambas partes, pero sin resultado. Los albigenses, como todos nuevos conversos, eran extremadamente tozudos y despreciaban al adversario. Obviamente, se la estaban buscando.

Aquí empezaron a entreverarse los nobles feudales. Por interés o por legítima piedad, algunos señores de la región optaron por proteger a sus vasallos cátaros frente a los legados papales. Uno de los legados, Pedro de Castelnau, conocido por excomulgar sin contemplaciones a los nobles que protegían a los cátaros, llegó a la cima excomulgando al conde de Tolosa, Raimundo VI (1207) como cómplice de la herejía. A los pocos dias, el legado fue asesinado por un escudero de Raimundo de Tolosa.

Y esto fue la gota que colmó el vaso. Castelnau fue proclamado “mártir de la Cristiandad”. El nuevo papa, Inocencio III, ordenó que se mostrara el hábito manchado de sangre del nuevo santo en todas las iglesias del Languedoc para promover una cruzada. Ésta no tendría como objetivo ir contra los infieles que ocupaban los Santos Lugares, sino contra los discípulos de Cristo que tenían la desfachatez de negar la autoridad del papa. ¿No saben -preguntó- que sin mí no hay Iglesia, no hay piedra, no hay fe, no hay salvación?
Los nuevos cruzados gozarían de los mismos privilegios que los caballeros que partieron hacia Jerusalén. Inocencio, como Mahoma, combinaba religión y guerra. Matando a los albigenses, prometió, obtendrían el más alto lugar en los cielos.

Palabras de Inocencio: “Despojad a los herejes de sus tierras. La fe ha desaparecido, la paz ha muerto, la peste herética y la cólera guerrera han cobrado nuevo aliento. Os prometo la remisión de vuestros pecados a fin de que pongáis coto a tan grandes peligros. Poned todo vuestro empeño en destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspirará. Con más firmeza todavía que a los sarracenos, puesto que son más peligrosos, combatid a los herejes con mano dura.”

La cruzada de Inocencio contra los albigenses se situó dentro de esos parámetros. Al amparo del estandarte de la cruz, sería la campaña más sangrienta de la Edad Media. Prácticamente, sus soldados inventaron la política de tierra arrasada. Por primera vez, provocaron la muerte sin hacer distinciones. Por cada crimen del que tenía noticia, Inocencio pedía más energía en el desempeño de la misión. El final justificaba todos los medios. Resultaba mucho más sencillo matar a los herejes que reformar la vida y costumbres de los clérigos.

La cruzada logró la adhesión de prácticamente toda la nobleza del norte de Francia, la cual acudió motivada por la promesa papal de que podrían apoderarse de las fértiles tierras de los nobles del sur que apoyaban a los cátaros y porque su participación en la contienda les granjearía el perdón de sus pecados. El negocio era redondo: se garantizaba el saqueo, no había que endeudarse como para viajar a Tierra Santa, ya que el campo de batalla estaba prácticamente a la vuelta de la esquina, los enemigos a combatir no eran feroces guerreros turcos sino pacíficos aldeanos y soldados aficionados en su mayoría, el clima era agradable, nada que ver con Palestina. Verdaderamente una provechosa excursión.

El rey Felipe II Augusto de Francia, ocupado en problemas internos, declina participar en la expedición, pero da libertad a sus súbditos para que acudan libremente.

El ejército cruzado debido a la gran afluencia de nobles franceses estaba compuesto por unos 30.000 hombres, un tamaño inmenso para la costumbre de la época. La dirección de la cruzada correspondía en su aspecto religioso al legado papal, el sanguinario abad Arnaud Amalric y en su aspecto militar estaba dirigida por Simón IV de Montfort, debido a la larga experiencia militar de este noble, que había participado en la Cuarta Cruzada y había peleado en Tierra Santa.

Sería largo y aburrido relatar detalladamente las operaciones de esta “guerra de exterminio” que duró 20 años. Entre los nobles atacados hubo resistencias desesperadas, traiciones, cambios de bando, negociaciones, y toda la complicada trama de la guerra medieval. Los cátaros profesos murieron en su casi totalidad, sin defenderse (su culto les prohibía la violencia). Los que no morían en los asaltos eran prolijamente asesinados o, como se empezó a acostumbrar, quemados vivos. Los eternos perdedores fueron los campesinos: sus viviendas destruídas, sus cosechas quemadas, aldeas arrasadas, hombres salvajemente asesinados por las turbas que acompañaban a los ejércitos, mujeres violadas y esclavizadas, no se les ahorró nada.

Algunas “acciones de guerra”:

Bézieres, rica ciudad. Plaza fuerte albigense. Bien fortificada, cayó por la inexperiencia de sus defensores que salieron a alardear frente al ejército cruzado. En ella se albergaban cerca de 200 albigenses profesos, “perfecti”. Los demás eran simpatizantes, sacerdotes católicos y habitantes sin relación alguna con albigenses.

Simón de Montfort atacó la ciudad, tomándola rápidamente y masacrando horriblemente a la población, sin importarle si eran cátaros o no. Alrededor de 8.000 personas murieron en la ciudad de Béziers, pasando a la historia la famosa frase (probablemente falsa):”Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos”, atribuida por la mayoría de fuentes al legado papal Arnaud Amalric. La gente era asesinada en las calles, las casas, las iglesias. Hasta los perros fueron exterminados.

Esta matanza deliberada sobrecogió a la población de la zona y tuvo un efecto devastador sobre los nobles defensores y sus tropas, capitulando sin resistencia la mayoría de fortalezas y ciudades que acogían a los cátaros.

Otro episodio: En Bram, tras apoderarse de su castillo, Monfort no mató a los prisioneros. Los muertos son malos mensajeros. Ordenó a su soldadesca que les cercenaran las narices y les vaciaran los ojos. Se dejó que un hombre conservase un solo ojo para que guiase a los demás. Cada uno de ellos puso su manos sobre el hombro del compañero que tenía delante y, como un gigantesco insecto ensangrentado y quejumbroso, se encaminaron a Cabaret para llevar el temor de Dios a los allí acampados. Por supuesto, Cabaret se rindió.

Junio de 1210. Monfort puso sitio a Minerve. Tras su rendición, Monfort ordenó que ciento cuarenta “perfecti” salieran de la ciudad y se reunieran en un prado. No los acusaron; no hubo juicio, ni sentencia. Se prendió fuego a un gigantesco montón de leña. La soldadesca obligó a los herejes a lanzarse sobre las llamas. Sin embargo, como diría un cronista: «No fue necesario que nuestros hombres los echaran a las llamas; de ninguna manera, todos fueron tan obstinados en su maldad que se arrojaron ellos mismos por su libérrima voluntad». Los herejes fueron al encuentro de su muerte con serenidad, en actitud orante. Esta fue la primera gran quema de herejes, ante los ojos de la Iglesia y con su anuencia.

La guerra terminó definitivamente con el tratado de París de 1229, un tratado mediante el cual, el rey de Francia asumió la mayor parte de los feudos en conflicto, pese a no haber participado directamente.

Uno de los principales núcleos cátaros que sobrevivieron a la guerra era el núcleo del Castillo Montsegur, una fortaleza que servia de refugio y templo de oración, En 1242, unos 60 soldados del noble Pierre Roger de Mirepoix, defensor de los cátaros, parten del castillo de Montsegur para asesinar al tribunal de la Inquisición que tenía sede en Avignonet, como venganza por sus iniquidades. Esta acción hará que al año siguiente, en 1243, el Concilio de Beziers decida la destrucción de Montsegur.

En el castillo se encuentran, además de “prefecti” no combatientes, 150 soldados y algunos aldeanos voluntarios. Los atacantes son 6.000.

El castillo, por su excepcional ubicación, resiste durante meses, hasta que finalmente es escalado por un grupo de montañistas y debe rendirse. Según las condiciones pactadas, la guarnición sale en paz, mientras los cátaros con su maestro Bertrand Marty a la cabeza se lanzan por si mismos a la hoguera. Finalmente 225 cátaros serán quemados vivos en la hoguera. Como de costumbre.

Reflexiones: no hace falta enfatizar las atrocidades, no sólo convalidadas, sino ordenadas por la Iglesia. Sin duda los tiempos eran sanguinarios y la Iglesia estaba en pánico ante un real peligro de desaparición o fragmentación.

En cuanto a los cátaros, no se preocupen. Ya no queda ninguno. Cada tanto reaparecen en las páginas de algún best seller, llenando el bolsillo de su imaginativo autor. Se los relaciona con los templarios, con los masones, con cualquier sociedad secreta que ande por ahí. Pura fantasía.

Buen comienzo de año. Hasta el 15 de enero. Les prometo algo más ameno, para tratar de suavizar esta vergüenza

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lunes, 15 de diciembre de 2008

EDIPO - UN MUCHACHO COMPLEJO


Estamos en Tebas, ciudad de Grecia (no confundir con Tebas de Egipto, ni de Asia Menor. Nada originales, los antiguos). Cerca de 1.000 años antes de Cristo, casi en la época de Troya, cuando la gente todavía se mataba con espadas de bronce, reinaba un tal Layo. Su casta esposa Yocasta (chiste muy malo) no quería descendencia (cosas de mujeres con problemas) pero Layo, como todo rey, necesitaba urgentemente un heredero. Allá fue Layo, preocupado, a consultar al Oráculo que funcionaba en Delfos.

Como este oráculo será uno de los protagonistas de esta historia, vamos a describirlo. Se llamaba Oráculo a un santuario donde los dioses daban respuesta, a través de sus sacerdotes o sacerdotisas, a las preguntas de los fieles. Había oráculos en varios parajes, siendo el más prestigioso de Grecia el que estaba en Delfos. La sacerdotisa de Delfos fue luego conocida como pitonisa, y sus sacerdotes/ ayudantes le formulaban las preguntas de los fieles. La pitonisa se inclinaba e inspiraba una nube de humo (que debería ser hierba de la buena, sin mezclar), entraba en trance (se “fumaba”, diríamos hoy) y comenzaba a farfullar cosas incomprensibles. Los sacerdotes interpretaban los balbuceos a gusto de los clientes, quienes pagaban todo lo que podían y se retiraban impresionados. Había hablado el Dios, y nada más que decir. Cada tanto, mandaban a la pitonisa a una clínica de rehabilitación de drogadictos.

Con Layo estuvieron trágicos: “Tu hijo te matará y se desposará con su madre”. Del susto, a Layo se le pasaron las ganas de acercarse siquiera al lecho conyugal, actitud deplorada por Yocasta, a quien justo entonces le dieron ansias de reproducirse. ¡Quién las entiende! Recurrió entonces a la química, convidando a Layo con un trago de bebedizo capaz de inspirar a las momias. Y lo inspiró nomás, pues a los nueve meses nació el que luego sería Edipo.

Ante lo irreparable, Layo decidió deshacerse del bebé, y se lo confió a un soldado de confianza para que lo estrellara contra cualquier cosa. El soldado, poco convencido, interpretó la orden abandonando al infante colgado de un árbol con un gancho que le atravesaba los pies, donde lo encontró un providencial pastor que paseaba por allí. Descolgó al niño y se lo llevó de regalo a los reyes de Corinto, Polibo y Merope, estériles ellos, que lo recibieron encantados y le pusieron por nombre Edipo, que significa algo así como pies hinchados, en vista del deterioro de la criatura por el trato recibido. Deterioro físico (presumiblemente quedó cojo de por vida, aunque la historia no lo dice) y psíquico (hijo no deseado, adoptivo sin saberlo, víctima de intento de filicidio. Como para no desarrollar complejos, el pobre Edipo)

Creció entonces en Corinto, hasta que un día un grupo de compañeros comenzó a fastidiarlo con el tema de que no se parecía en nada a Polibo ni a Merope. Vuelta a recurrir al oráculo. Otra vez la misma respuesta: “Si vuelves a tu patria, matarás a tu padre y te casarás con tu madre”. Otro susto, esta vez de Edipo, y otra decisión equivocada: alejarse de Corinto y de quienes creía su patria y sus padres. Y se fue justamente rumbo a Tebas, autoexiliado.

En el camino se topó con unos viajeros que casi lo atropellan con su carro tirado por caballos. Devolviéndoles la cortesía, Edipo les arrojó una gran piedra. En una clásica escalada de violencia, Layo, que iba en el carro, se bajó para pelear y resultó muerto a manos de Edipo, igual que todos sus acompañantes. Un incidente de tránsito de la antigüedad, debido a la congestión en las rutas.

Siguió Edipo su camino como si nada, creyendo haber liquidado a un grupo de salteadores. Y aquí interviene la esfinge. Otra digresión.



Era la esfinge un demonio con cabeza y pecho de mujer, cuerpo de león y alas de águila (no confundir con la conocida esfinge egipcia, que no tenía alas ni era un demonio). Fue enviada por un dios a las cercanías de Tebas para castigar ciertas fechorías de índole sexual cometidas por Layo (¿Y qué culpa tenían los pobres tebanos?) Desde ahí se dedicó a asolar la campiña destruyendo las siembras y matando a todos los que no fueran capaces de resolver sus enigmas, que proponía cantando.

El que estaba vigente en esos días era: “¿Qué ser provisto de voz es de cuatro patas, de dos y de tres?”
Los transeúntes contestaban cualquier cosa y morían como moscas. Edipo se encontró con esta calamidad y, como en el mejor quiz show, respondió sin dudar:

“Escucha, aun cuando no quieras, Musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez.”

Frustrada y furiosa, la esfinge se suicidó tirándose por un barranco. Mala perdedora.

En Tebas se enteraron al mismo tiempo de las muertes de Layo y de la esfinge. Juntando ambas cosas, decidieron nombrar rey a Edipo, que los había librado de esa peste y, para consolidar su reinado, propusieron el matrimonio del héroe con la reciente viuda Yocasta. Edipo aceptó el cargo de inmediato, pero lo de Yocasta lo pensó un poco. La diferencia de edad era significativa, y la novia ya no estaba para cocinarse de un hervor. Pero el destino estaba echado. Tenía que cumplirse lo dicho reiteradamente por el oráculo. Se casaron nomàs, y a su debido tiempo tuvieron dos nenas y dos nenes, con el consiguiente embrollo genealógico. Yocasta resultó abuela de sus hijos, éstos hermanos de su padre, y para complicar ¡tíos de sí mismos! Una familia imposible.

Pasaron los años. Asoló a Tebas una peste diezmando a la población. Como se recurre ahora a los médicos, los afligidos habitantes apelaron al todopoderoso rey Edipo. ¿Cuál fue el recurso? El habitual. ¡Al oráculo!

La pobre pitonisa, ya cansada de los problemas tebanos, contestó que la sangre de Layo estaba clamando venganza, y seguirían las defunciones mientras no se castigara al asesino.

Reducido a un simple problema policial, Edipo enfrentó las investigaciones “hasta las últimas consecuencias” y poco a poco, por declaraciones de testigos protegidos, va asomando la horrible verdad. Los diarios insinúan culpabilidad del poder ejecutivo, la primera dama comienza a desaparecer de los actos públicos, y finalmente el último en enterarse, el culpable, no puede negar la evidencia testimonial: ¡El de la encrucijada de caminos era Layo!

Cuando no le quedaron dudas, a Yocasta se le hizo un nudo en la garganta, es decir se ahorcó colgándose de una viga del dormitorio (Parece que el dormitorio le traía recuerdos desagradables). Edipo, que andaba a los gritos por los alrededores, al ver a su madre/ esposa colgada se acercó, le sacó un broche de la túnica y lo usó para pincharse los ojos con lo que, obviamente, quedó ciego, víctima de la maldición que al fin lo alcanzó.

La leyenda original termina aquí, con el problema de la sucesión presidencial y un tole tole cívico militar que lleva al poder al hermano de Yocasta, en perjuicio de los hijos de Edipo descartados por filiación complicada.

Con el paso de los años aparecieron varios aprovechados, como siempre. En primer lugar los grandes dramaturgos griegos, con Sófocles a la cabeza, que intentaron llevar agua para su molino inventando un desenlace donde Edipo, viejo y ciego, recorre el país como un mendigo guiado por su hija Antigona hasta que encuentra hospitalidad en Atenas, es juzgado por dioses y reyes, y alcanza por fin la paz, siendo sepultado, “casualmente” en Atenas (Sófocles era ateniense). Esta versión tuvo un éxito tremendo, sobre todo en Atenas.

Más de dos mil años después otro aprovechado contador de historias, un tal Freud, vio el filón y postuló que en todos los hijos varones de la humanidad se esconde un Edipo, con la conclusión de que todos los preadolescentes sueñan con liquidar a sus papás y practicar sexo intensivo ¡con sus mamás! Algunos (los menos) lo consiguen, otros se quedan con las ganas por el resto de su vida y otros se resignan o gastan fortunas en el psicoanalista. En los tres casos, el pobre varón se ve bien fastidiado, víctima del complejo de Edipo.

Incidentalmente, tanto Sófocles como Freud y sus seguidores se llenaron de oro con la explotación de la leyenda.




Perdonen que termine algo abruptamente, pero tengo cita con mi analista y estoy demorado. Nos veremos a fin de año, si mamá así lo permite. Un abrazo.

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