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histonotas: 1/12/07 - 1/01/08

lunes, 24 de diciembre de 2007

EL VIZCONDE DE BRAGELONNE - RESUMEN

En pasadas entradas, hemos resumido Los Tres Mosqueteros y Veinte Años Después. Le toca ahora al último y más voluminoso libro de la serie, lo que es mucho decir. Son dos tomos de aprox. seiscientas páginas cada uno, de modo que se pueden imaginar lo que queda al comprimirlo en una sola entrada.

Diez años después de los episodios del libro anterior, nuestros protagonistas andan por los cincuenta y cinco a sesenta años. Ya no son unos pibes, han perdido alegría y optimismo pero su afecto no ha disminuido. Andan cada uno por su lado: d’Artagnan sirviendo a regañadientes al pillo de Mazarino, ya que Luis XIV todavía es muy pichón y no levantó vuelo, aunque tiene ganas; Athos llevando vida rural en sus dominios, junto con Raúl, vizconde de Bragelonne, que ya está claro que es su hijo, de madre encubierta. Este Raúl va a dar mucho que hablar, así que les recuerdo que es más devoto del honor que Athos (lo que ya es demasiado), dulce y sincero, lleno de amor hacia su padre y hacia una vecinita (y lo dice a cada rato). Una monada de pibe; demasiado lleno de virtudes. Da asco de tan virtuoso.

Porthos también lleva vida apacible en sus tierras, cada vez más rico gracias a la herencia de su mujer difunta. Aramís está cada día más misterioso e intrigante; ahora se lo conoce como abate de Herblay y está próximo su obispado.

A la acción. Como recordarán, al rey de Inglaterra le habían hecho una revolución a resultas de la cual perdió la cabeza. Se la cortaron. Dirige el país un grupo de generales, ya que el regente Cromwell ha muerto, y en el fondo todos tienen ganas de que se restaure la monarquía para salir del enredo en que se metieron. El heredero exiliado, Carlos, está más pobre que una rata, y ya se sabe que sin dinero no se hacen restauraciones.

Aquí entran a tallar separadamente Athos y d’Artagnan. El primero recuerda que el difunto Carlos I le había encargado la custodia de un millón de libras (no sé a cuánto estaba la libra, pero era un montón de plata) y decide ir a Inglaterra a buscarlo para ayudar a Carlos (hijo). En cuanto a d’Artagnan, se le ocurre raptar al principal de los generales ingleses, llevárselo a Carlos, (no sé realmente para qué), y así favorecer la restauración.

Ambos tienen éxito, Carlos se hace del millón para reclutar soldados, libera al susodicho general y éste, de agradecido, lo repone en el trono. Pasa a ser Carlos II. Toda esta parte es muy interesante; está llena de entretelones que vale la pena conocer y es historia de la grande.

Siguiente aventura y cambio de escenario: En Francia muere Mazarino. Luis pretende empuñar la manija sin padrino, apoyándose en Colbert (un administrativo de hacienda recomendado por Mazarino en su lecho de muerte) y en d’Artagnan.

Se empieza a perfilar la corte obsecuente y rastrera alrededor de Luis (a él le gusta, naturalmente). Además de los dichos, los personajes que adquirirán protagonismo son: Fouquet, Superintendente de hacienda (Ministro de Economía, bah), hombre lleno de nobleza (hay mucha nobleza en este libro), riquísimo, como terminan siéndolo todos los ministros de Economía, protector de Aramís/Herblay, gastador, magnánimo, con corte propia y con un manejo de los negocios muy personal y secreto. Todo lo necesario para darle en el ojo a Luis y hacerlo sospechoso. Colbert, que es más bien repugnante pero con fines patrióticos, ve la oportunidad de hundir a Fouquet llenándole la cabeza a Luis.

Éste, además de mirar de reojo a Fouquet, empieza a hacerlo también con algunas señoritas agraciadas, entre ellas su cuñada (la cosa no pasó a mayores, pero hubo escaramuzas) y un día se entera casualmente que una de las camareras de ésta está enamorada como loca de él.

Con esto es suficiente para que Luis se entusiasme hasta el paroxismo y quiera aplicar inmediatamente algunas ideas acerca del futuro de la niña, o sobre la niña, para ser precisos. ¿Quién es la favorecida? Luisa Francisca de la Beaume le Blanc, hija del difunto marqués de La Valliere. Tras ese nombre se esconde la dulce noviecita de Bragelonne. ¿Ven adónde apunta la cosa?

A partir de aquí la novela se vuelve romántica sin remedio. Comenzó siendo histórica pero toda esta parte (la mayoría del libro) es Corín Tellado con espadas. Está muy bien narrado, y se basa en hechos y personajes reales, pero apunta hacia otro público (los escritores también tienen que vivir).

No puedo narrar todas las intrigas sentimentales, de todos con todos, el hermano de Luis con un “favorito”, su esposa Enriqueta de Inglaterra con Luis, luego con el duque de Buckingham y con otros, (entusiasta rompecorazones ella), condes y duques con doncellas de honor (de poco honor, en realidad); hasta Fouquet alterna la economía con lances del corazón. Es apabullante, créanme. Queda la duda de quién gobernaba Francia en medio de este tumulto pasional.

Para hacerla corta, el rey consigue tras algunos aparentes escrúpulos de la implicada sus objetivos erótico – sentimentales y se convierte en “protector” de Luisa de la Valliere.
Mientras tanto, Raúl de Bragelonne sufre como un perro apaleado y es el único en Francia que cree en la castidad de su noviecita, aún cuando Luis lo envía indefinidamente a Inglaterra para que cambie de aires y no estorbe, con la esperanza de que alguna inglesita le lave el cerebro. Ahí lo dejamos por un rato, casto como José.

Volvamos a Francia. Colbert sigue envenenando al rey contra Fouquet, y convence a Luis para que pida a su ministro sumas cada vez más astronómicas para sus gastos. Éste se está arruinando, y para procurarse el favor de Luis lo invita a una fiesta en su castillo. En ella Fouquet gasta sus últimos millones, y resulta tan increíblemente fastuosa que, como era de presumir, el rey revienta de envidia y a Fouquet le sale el tiro por la culata.

Aramís, que ya a esta altura es obispo y aspiraba a mucho más, maquina un temerario proyecto que, piensa, lo elevará increíblemente y también salvará a Fouquet.

¡Atención, que aquí entra el hombre de la máscara de hierro! Por indiscreciones de alcoba, Aramís sabía que la reina Ana de Austria en realidad había tenido mellizos, Luis y Felipe. Eran tan idénticos que a Felipe lo habían recluído en la Bastilla desde su adolescencia, ocho años ha. No se impacienten, todavía sin la máscara.

En posesión de ese secreto Aramís, que era miembro secreto de la orden jesuítica, se hace nombrar General de la Orden, máximo cargo, con un poder superior al de un rey. Valiéndose de él, planea sacar a Felipe de la Bastilla y reemplazar secretamente a Luis sin que nadie lo sospeche. A cambio, Felipe salvaría a Fouquet, hundiría a Colbert y presionaría para que Aramís fuera elegido Papa. Negocio redondo.

Lo lleva a cabo, encierra a Luis en la Bastilla y le cuenta todo a Fouquet, a la espera de su aprobación entusiasta. No fue así. Ya dijimos que F ouquet era un tipo derecho, y se aterró ante lo que lo estaban complicando. Corre a la Bastilla, suelta a Luis y lo presenta en la corte, donde ya estaba Felipe. Estupefacción general. Sólo d’Artagnan atina con el verdadero rey y detiene a Felipe. A la Bastilla, de nuevo. Luis, salvado por un pelo, ordena a d’Artagnan trasladar a Felipe a un castillo en la isla de santa Margarita, cerca de Cannes, con la consigna de “cubrirle el rostro con una visera de acero bruñido, soldada a un casco del mismo metal, que le cubra toda la cabeza”.

Dumas no aclara cuánto tiempo sobrevivió Felipe con la cabeza dentro de una cacerola, incomodísimo en extremo para cualquier menester, pero así no pudo durar mucho, o lo de la máscara fue un cuento.

Atemos los hilos sueltos. Aramís y Porthos, que lo había secundado inocentemente, escapan por un pelo a la furia de Luis y se encierran en una isla. Allí resisten a todo un ejército, pero Porthos sucumbe aplastado y Aramís consigue escapar a España.

A Fouquet no le sale una bien. El rey no le perdona la humillación, lo cree instigador de todo el complot, y ¡a la Bastilla! Preso y arruinado.

Raúl finalmente vuelve de Inglaterra tan virgen como a la ida, y ¡al fin! se da cuenta de sus cuernos, sólo porque se lo dice Athos. Enorme dolor de ambos, entrevistas con la indigna, cartas, despedidas, etc. Raúl se va a la guerra como Mambrú para hacerse matar. Lo consigue, y cuando Athos se entera por una especie de aparición de ultratumba muere también, de tristeza (se nota que a esta altura Dumas estaba tan ansioso como yo de terminar, y se apresuró a matar a todos, hasta a los fieles lacayos) A la Valliere, cuando se entera, le dan sucesivos ataque de llanto con desmayos, pero sobrevive gracias a los cuidados intensivos de Luis. Triste, eso sí.

Como epílogo, años después, aparece Aramís en Francia como embajador del rey de España para proponer alianzas contra Holanda, cosa que encanta a Luis, en onda guerrera últimamente, y perdona el rapto que había sufrido.

D’Artagnan se despide tristemente de Aramís y va a la guerra tras su bastón de mariscal. Allí, dirigiendo el sitio de una ciudad, lo obtiene finalmente, pero en ese momento es herido y muere.

Para dar una moraleja al cuento, cerca del final aparece Luisa de La Valliere postergada, casi dejada de lado por una nueva amante del versátil rey. El destino de Luisa es el de una clásica heroína de tango, sola, triste, abandonada y ya perdida la frescura. Además, aunque Dumas no lo dice, ya Luis le había obsequiado cuatro bebés. Se lo debería llamar “Luis, el descuidado”

Postdatas:

1 - Luisa de La Valliere se hizo monja, y así murió. Los que proyecten ir al paraíso, tienen la posibilidad de encontrarla.

2 – No mencioné para nada a Leonardo di Caprio. Observando las imágenes de Luis XIV, se darán cuenta de que no se parecían en lo más mínimo.

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miércoles, 5 de diciembre de 2007

VEINTE AÑOS DESPUES - RESUMEN

(MÀS EXTRACTO QUE RESUMEN)

Sí, no es un resumen porque, limitado por el espacio y la paciencia, son los huesos de la obra los que les ofrezco, pero ahí va:

D’Artagnan tiene unos cuarenta años, Porthos y Aramís algunos más, y Athos anda en los cincuenta. Se han vuelto, no más reposados, sino más calculadores, salvo el cabeza inocente de Porthos.

Richelieu y Luis XIII han muerto, su hijo aún no ha llegado a la mayoría de edad, y en su lugar gobierna el país como regente nuestra conocida Ana de Austria. Regente nominal, porque el verdadero poder lo ejerce otro cardenal, Mazarino. Según Dumas, el actual cardenal es, además de astuto diplomático, rastrero, cobarde, avaro, falso y otras virtudes por el estilo. Evidentemente, Dumas no tragaba a Mazarino.

Muchos franceses tampoco, entre ellos los burgueses, los miembros del parlamento y algunos nobles desposeídos o postergados. La única que lo sostenía era la reina, con quien (se deja traslucir) Mazarino se habría casado en secreto. La devoción a los reyes aún se mantenía, y eso era todo.

Aquí comienza Dumas una detallada trama de historia de Francia, donde se exponen las complicadas alianzas y conspiraciones de lo que se llamó la Fronda, protesta de los dichos nobles y burgueses contra Mazarino. Del otro lado están los defensores a ultranza de la monarquía, que también desprecian al Cardenal.

Situación de nuestros protagonistas: Athos y Aramís, por repulsión que sienten hacia Mazarino, son frondistas, o sea sordamente rebeldes. A d’Artagnan también le da asco Mazarino, pero por interés (Artagnan quiere ser capitán del regimiento de mosqueteros) y por devoción a la reina sirve al Cardenal y milita en sus filas, aunque gruñendo a cada paso.

Omito los detalles de la Fronda (en realidad hubo varias frondas, pero aquí Dumas se refiere a la primera, llamada de los parlamentarios) y sigo a los protagonistas. Mazarino tiene necesidad de gente valiente para sus misiones y repara en d’Artagnan, encargándole que reúna nuevamente a los cuatro mosqueteros. Artagnan convence al ingenuo de Porthos, prometiéndole el favor del Cardenal para obtener una baronía (su mayor deseo), pero no puede reclutar a Athos y a Aramís, que ya tienen tomado su partido.

Pasemos a Inglaterra. Otra clase de historia, pero más trascendental. Allí también hay dos partidos, peleados en serio y a muerte. El rey Carlos I, absolutista obcecado, es presentado por Dumas como el espejo de la nobleza y la caballería. El sabrá por qué. (A mí me parece un tonto; el rey, no Dumas.) El que no lo es en modo alguno es Cromwell, líder de la oposición puritana (los puritanos se toman la Biblia muy en serio, y están dispuestos a exterminar a quien no piense como ellos). Como Carlos I no es puritano en modo alguno, a liquidarlo se ha dicho.

Athos y Aramís, por pura conciencia de clase, corren a Inglaterra para tratar de salvar a Carlos. Allí van también d’Artagnan y Porthos enviados por Mazarino para negociar con Cromwell. En el camino se encuentran y sienten que su nobleza los impulsa a revivir la antigua unión y auxiliar al monarca inglés en serios apuros.

¿Pero quién aparece en estos momentos? ¡Mordaunt, hijo de la malvada Milady de Winter! (ver “Los tres mosqueteros”) y de no se sabe quién. Por consiguiente, hijastro de Athos.



Mordaunt es más malo que la madre, lo que es mucho decir, y se la tiene jurada a medio mundo. Es impresionante cómo odia este muchacho. Por de pronto, en plan de venganza, jura pasar a cuchillo a nuestros cuatro protagonistas por haberle ajusticiado a la mamá (de nuevo ver “Los tres mosqueteros”). De paso, también quiere sacar de en medio a Carlos I, quien le quitó el título y la herencia por los méritos maternos. También piensa matar a algunos más, pero esto ya se vuelve muy complicado.

Nuestros héroes hacen las mil y una en Inglaterra y casi logran salvar al rey, pero por un pelo no lo consiguen; a Carlos I le cortan la cabeza. Eso es histórico, y Dumas no lo puede modificar, aunque no le faltan ganas. De paso, toda esta parte es lo mejor del libro (a mi modo de ver) por lo apasionante del juicio y ejecución de Carlos y la personalidad de Cromwell. Históricamente, es mucho más relevante que los miserables embrollos de la Fronda y Mazarino.

Para hacerla corta, Mordaunt casi hace volar por los aires a los cuatro protagonistas, pero finalmente Athos lo apuñala y lo ahoga, para estar seguro, no sin sentir un gran remordimiento, tal vez por tratarse de un pariente político. A este tipo de parientes mejor es aplastarlos cuando son jóvenes, ¿verdad? Athos no estaba convencido, y lo mata a regañadientes. Este Athos se va volviendo cada vez más noble y ñoño con el tiempo. En la siguiente novela empeora llegando casi a la estupidez.

Para dar un final feliz a la novela, a la vuelta a Francia se vuelven a complicar las cosas con la política doméstica, hasta que los mosqueteros, en un episodio apasionante e inverosímil, raptan a Mazarino y como rescate obtienen: a) El fin de las hostilidades de la Fronda, con beneficios y mercedes para todos los implicados; b) El perdón de Athos y Aramís, también con concesiones; c) El cargo de capitán de los Mosqueteros y un montón de dinero para d’Artagnan; d) El título de barón para Porthos. Si esto no es un final feliz... El único que pagó el pato fue Carlos I, pero así es la historia.

Para hacer un enlace y dar pie a la obra siguiente (El Vizconde de Bragelonne) la reina Ana de Austria recomienda a su hijo, el futuro Luis XIV, que tenga en cuenta a d’Artagnan como un valiente y fiel servidor. Aparece también el vizconde de Bragelonne, un joven tan romántico y de buenos sentimientos que sus padecimientos oscilan entre lo lastimoso y lo risible. Es hijo de Athos y de una duquesa. Es el único que no lo sabe, a pesar de que es más que evidente y hay pistas a cada paso. En el próximo libro la completa, enamorándose como un borrico.

Para quienes se interesen por los hechos históricos a que se refiere esta novela, recomiendo los siguientes enlaces:


Las frondas:

http://www.fuenterrebollo.com/Heraldica-Piedra/guerras-fronda.html


Carlos I:

http://www.fuenterrebollo.com/Heraldica-Piedra/carlos1-inglaterra.html


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